Portada de la novela CENIZAS DE UNA LUNA OLVIDADA

CENIZAS DE UNA LUNA OLVIDADA

9.2 / 10.0
En CENIZAS DE UNA LUNA OLVIDADA, Lyra sirve a la élite para costear la salud de su madre. Al entrar en la sala SVIP-01, esta romance novel revela secretos de su pasado. Un mystery story de poder y ambición que destaca entre los mejores billionaire romance books del momento.
Resumen de CENIZAS DE UNA LUNA OLVIDADA
Bajo las luces del club L’Éclipse, el rincón más exclusivo de Costablanca, Lyra oculta un pasado de riqueza tras su uniforme de empleada. Siete años después de una tragedia que desmoronó su mundo, la joven sirve a la élite para salvar la vida de su madre. El destino la obliga a entrar en la sala SVIP-01, donde los secretos del poder chocan con su antigua realidad. Es un reencuentro peligroso con un abismo de lujos que una vez le perteneció.
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CENIZAS DE UNA LUNA OLVIDADA Capítulo 1

El club L'Éclipse no era un edificio de ladrillos y cemento; era un mausoleo de seda, mármol y pecados dorados. En el corazón de Costablanca, donde el mar susurraba secretos que nadie quería oír, el club se alzaba como el último refugio de aquellos que tenían demasiado dinero para sentir y demasiada oscuridad para dormir. Allí, el aire no se respiraba, se consumía, saturado con el aroma del tabaco de importación, perfumes que costaban el salario de un año y el rancio sudor de la ambición.

Yo, Lyra, me encontraba en la periferia de esa opulencia, una sombra entre las luces estroboscópicas. Mi uniforme de camarera, una prenda de tela rígida y barata que me irritaba la piel, era mi armadura y mi condena. Mientras ajustaba el delantal, mis dedos -ásperos por el agua helada y el trabajo incesante- recordaron por un breve instante la suavidad de las sábanas de hilo que alguna vez me cobijaron. Pero esos eran recuerdos de otra vida, una vida que murió bajo una tormenta hace siete inviernos.

-Lyra, deja de mirar al vacío. La sala SVIP-01 ha sido abierta. Es una reserva de sangre azul -la voz del Sr. Sterling, el gerente, me sacó de mi letargo. Sus ojos, generalmente fríos, mostraron una grieta de compasión-. Si el peso es demasiado, puedo enviar a otra. Sé que ese círculo... solía ser el tuyo.

-El orgullo no alimenta a los enfermos, señor Sterling -respondí, y mi voz sonó como el roce de dos piedras secas-. Mi madre necesita su tratamiento y el casero no acepta nostalgias como pago. Iré yo.

Cargué la bandeja de plata con el decantador de cristal. El peso del metal en mi brazo era un recordatorio físico de mi descenso. Caminé por el pasillo alfombrado, cada paso era un latido sordo en mis sienes. Al llegar a la puerta de caoba tallada, el corazón se me encogió. No era miedo a la servidumbre lo que sentía, sino el presentimiento de que el pasado, ese monstruo que había enterrado con tanto esfuerzo, estaba esperando al otro lado con los colmillos afilados.

Cuando las puertas se abrieron, el mundo se detuvo.

La sala estaba sumergida en una luz ámbar, cálida y asfixiante. En el centro, presidiendo el caos de risas y humo, estaba él. Alistair Blackwood.

El tiempo es un mentiroso. Dicen que cura, pero solo oculta las cicatrices bajo capas de olvido. Alistair ya no era el joven de mirada fiera y camisas raídas que me prometió la luna en un campo de trigo. Ahora era un Alpha Billonario, una deidad de la guerra moderna envuelta en un traje de tres piezas que costaba más que mi libertad. Su presencia era un agujero negro que devoraba toda la luz de la habitación; su mandíbula, tallada por la soberbia, y sus ojos... esos iris dorados que una vez me miraron con adoración, ahora eran dos pozos de desprecio absoluto.

A su lado, como un parásito de alta costura, estaba Seline. La antigua reina de belleza, la mujer que siempre tuvo el don de convertir la seda en veneno. Llevaba un vestido blanco que ofendía a la pureza y un collar de diamantes que parecía una soga de hielo alrededor de su cuello.

-¡Oh, Alistair, mira quién ha venido a servirnos! -la voz de Seline cortó el aire como una cuchilla de afeitar envuelta en terciopelo.

Alistair no se movió. Su mirada se clavó en la mía, y sentí que mis pulmones se llenaban de ceniza. El aire se volvió denso, cargado con el olor de un bosque bajo la lluvia, su esencia de Alpha que todavía, después de tantos años, hacía que mi instinto buscara su refugio. Pero yo ya no tenía hogar.

-Sirve el vino, camarera -ordenó él. Su voz no era una invitación, era un decreto. Un sonido bajo, gutural, que vibró en el fondo de mi columna vertebral.

Me acerqué a la mesa con la cabeza gacha, mis ojos fijos en el mármol para no perderme en los suyos. El silencio en la sala era sepulcral; nuestros antiguos "amigos", ahora herederos y magnates, observaban la escena con la morbosidad de quienes ven un accidente ocurrir en cámara lenta.

-Un Burdeos de la orilla izquierda, Alpha. Veinte minutos de reposo -susurré, mientras vertía el líquido carmesí.

El vino cayó en la copa de cristal, pero mi mano, traicionera y humana, flaqueó. Una gota roja saltó y manchó el mantel de lino blanco. El pecado estaba cometido.

-Eres tan torpe como pobre, Lyra -siseó Seline, dejando escapar una risita-. Alistair ha vuelto a Costablanca para celebrar nuestro compromiso, no para ver cómo una mesera arruina la mesa. ¿Acaso el dinero que le robaste a su amor no te alcanzó para aprender modales?

Alistair extendió su mano, pero no para tomar la copa. Cerró sus dedos alrededor del cristal con una fuerza inhumana. El sonido del estallido fue como un disparo en la pequeña habitación. El cristal se hizo añicos, y el vino, mezclado con la sangre real de un Alpha, comenzó a gotear desde su palma, manchando su camisa blanca, su herencia, su orgullo.

Él no se inmutó por el dolor físico. Sus ojos amarillos, encendidos por la furia de su lobo interno, se clavaron en los míos, buscando una lágrima, un ruego, una señal de la Lyra que él creía que lo había traicionado por ambición.

Con una calma que nació del agotamiento absoluto de mi alma, saqué una servilleta de mi delantal y se la ofrecí.

-Alpha, las manchas pueden limpiarse -dije, y mi voz fue un hilo de seda en medio de la tormenta-. Pero un cristal roto... nunca vuelve a estar entero.

Alistair se puso de pie. Su altura era abrumadora, su sombra me envolvió, reclamando un espacio que ya no le pertenecía. El olor a ozono y rabia que emanaba de él era casi insoportable.

-¿Limpiarse? -repitió él, y su risa fue un sonido roto-. Hay manchas que se filtran hasta el hueso, Lyra. Siete años esperé este momento. Siete años imaginando qué palabras usarías para justificar que me dejaras morir de frío mientras tú buscabas un mejor postor. Y aquí estás... sirviendo a los mismos que despreciabas.

-El destino tiene un sentido del humor retorcido, ¿no crees? -intervino Seline, acariciando el brazo de Alistair con una posesividad enfermiza-. Pero no seas duro con ella, amor. Ella es solo una recordatoria de que algunas lunas nacen para ser olvidadas en el barro.

Me arrodillé en el suelo para recoger los fragmentos del cristal roto. El dolor agudo de un pedazo clavándose en mi yema del dedo fue casi un alivio; al menos ese dolor era real, tangible, no como la agonía abstracta de ver al hombre que amé convertido en mi verdugo.

-Lárgate -dijo Alistair, su voz temblando con una emoción que no supe descifrar-. Antes de que mi lobo olvide que una vez fuiste mi compañera y decida terminar lo que la lluvia empezó.

Salí de la habitación con la espalda recta, aunque sentía que mis vértebras estaban hechas de cristal molido. Al cerrar la puerta, me apoyé contra la pared fría del pasillo. El mundo seguía girando, la música del club seguía retumbando, pero para mí, el tiempo se había detenido de nuevo en esa noche tormentosa de hace siete años.

Lo que Alistair no sabía, lo que su rabia le impedía ver, era que yo nunca lo dejé. Él no sabía que mientras él dormía en la ignorancia del "lárgate", yo estaba bajo la lluvia, gritando su nombre hasta que mis cuerdas vocales se rompieron, suplicando por una ayuda que nunca llegó porque los mensajes habían sido interceptados por la misma mano que ahora acariciaba su brazo.

Regresé a la barra, mi dedo sangrando en silencio sobre el trapo sucio. Sabía que la noche no había terminado. Sabía que el juego de "Verdad o Reto" que acababa de empezar en la sala SVIP era la mecha de una explosión que nos consumiría a todos. Porque en el reino de los Blackwood, la verdad nunca era un regalo, era un arma. Y yo, Lyra, la luna olvidada, estaba dispuesta a dejar que el fuego me consumiera, con tal de ver las cenizas del imperio que se construyó sobre mis mentiras.

La noche apenas comenzaba, y el aroma a sangre y Burdeos todavía flotaba en mis manos, como una promesa de que la redención, aunque oscura y dolorosa, estaba finalmente en camino.

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Tabla de contenidos de CENIZAS DE UNA LUNA OLVIDADA

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