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Portada de la novela Mi Anillo, Tu Traición

Mi Anillo, Tu Traición

Tras un percance laboral, Luna termina en el hospital, donde es abandonada por su prometido, Ricardo. Mientras ella aguarda sola una operación, descubre mediante redes sociales que él la engaña con Sofía, su mejor amiga, quien incluso presume su propio anillo de compromiso. Ante el descaro y la deslealtad de quienes más amaba, el afecto de Luna se torna en una sed de justicia. Con el corazón roto pero firme, planea su desaparición definitiva.
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Capítulo 2

El dolor agudo en mi tobillo era lo único real en medio del caos de la oficina, los gritos ahogados de mis compañeros y el sonido distante de una sirena que se acercaba. Me había caído de una pequeña escalera mientras ajustaba un cartel para la presentación de mañana, un proyecto en el que había invertido meses de mi vida. Ahora, todo se reducía a este dolor punzante y a la humillación de estar tirada en el suelo.

Mientras los paramédicos me subían a la camilla, mi primer y único pensamiento fue para Ricardo, mi prometido. Saqué mi celular con manos temblorosas, ignorando el rostro preocupado de mi jefa.

"Amor, tuve un accidente en el trabajo. Me rompí el tobillo. ¿Puedes venir a recogerme al hospital? Voy para allá" , le escribí.

La respuesta tardó una eternidad en llegar, una eternidad que pasé dentro de la ambulancia, mirando las luces de la ciudad pasar como manchas borrosas. Finalmente, mi teléfono vibró.

"Qué mala onda, Luna. Justo hoy no puedo. Tengo la noche de chicos con los de la prepa, no puedo cancelarles. Pide un Uber, ¿no? Nos vemos al rato. Cuídate."

Leí el mensaje una, dos, tres veces, la frialdad de sus palabras me calaba más que el aire acondicionado del vehículo. Noche de chicos. Una tradición sagrada que incluía a sus amigos de toda la vida y, por supuesto, a Sofía, su "mejor amiga" .

Llegué sola al hospital, llené los papeles sola, y esperé sola en un cubículo frío mientras los doctores confirmaban la fractura. Necesitaba cirugía. Sola, firmé el consentimiento.

Mientras esperaba a que me prepararan para el quirófano, la anestesia comenzando a hacer efecto, abrí Instagram por inercia, buscando una distracción. Lo primero que vi fue una historia de Juan "El Gallo" Ramírez, el más escandaloso del grupo de Ricardo.

Era un video ruidoso, lleno de risas y brindis en un bar caro. En el centro de la imagen estaba Ricardo, riendo a carcajadas, con el brazo rodeando los hombros de Sofía. Ella, una bloguera de moda divorciada y con un hijo, le sonreía con una familiaridad que me revolvió el estómago.

Entonces, la cámara hizo un zoom torpe. Y lo vi.

En el dedo anular de la mano de Sofía, la misma mano que descansaba sobre el pecho de Ricardo, brillaba mi anillo de compromiso. El diamante que Ricardo me había dado hacía seis meses, la promesa de nuestro futuro. Estaba en el dedo de otra mujer.

Mi mundo se detuvo. El ruido del hospital, el pitido de las máquinas, todo se desvaneció. Solo existía esa imagen, grabada a fuego en mi mente. La traición no era una sospecha, era un hecho descarado, publicado para que todos lo vieran.

Justo en ese momento, mi teléfono sonó. Era Ricardo.

"¿Qué onda, mi amor? ¿Ya te checaron? ¿Todo bien?" , su voz sonaba despreocupada, incluso un poco fastidiada.

Me quedé en silencio, incapaz de formular una palabra. El hombre que debía estar a mi lado, sosteniendo mi mano, estaba de fiesta con la mujer que usaba mi anillo.

"¿Luna? ¿Estás ahí? ¿Por qué no contestas? No te pongas de malas, ya te dije que hoy no podía."

"Me van a operar" , dije finalmente, mi voz un susurro helado.

"Ah, bueno. Pues que todo salga bien. Me marcas cuando salgas. Te quiero."

Y colgó. No preguntó más. No ofreció ir. Nada.

Me quedé mirando el techo blanco, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por mis sienes, mezclándose con mi cabello en la almohada del hospital. La "noche de chicos" era una farsa. Mi relación era una farsa.

Sofía Torres. Siempre había sido Sofía. La amiga de la infancia, la que conocía todos sus secretos, la que su madre, Doña Elena, adoraba abiertamente. Doña Elena nunca me había querido, siempre me miraba con desdén, comparándome con la "encantadora" y "adecuada" Sofía. Para ella, yo era la intrusa, la arribista que le había robado a su hijo.

Recordé todas las parrilladas familiares, las reuniones donde me sentía como una espectadora. Los chistes internos entre Ricardo, Sofía y su círculo cercano. Las miradas cómplices. Las veces que Ricardo minimizaba mis celos diciendo: "Es como mi hermana, no seas paranoica."

Ahora entendía. Yo no era la paranoica. Era la tonta.

Cuando Ricardo finalmente apareció en el hospital, ya era pasada la medianoche y yo estaba saliendo de la anestesia, con la pierna envuelta en un pesado yeso. Entró a la habitación oliendo a cerveza cara y a un perfume floral que no era el mío.

"Uf, qué día" , dijo, dejando caer su saco en una silla. "¿Cómo te fue?"

Ni siquiera se acercó a la cama. Miró mi pierna enyesada como si fuera un inconveniente menor.

"Me rompí el tobillo en tres partes" , dije, mi voz ronca.

"Híjole, qué mala suerte. Pero bueno, ya estás bien, ¿no? Mañana te dan de alta y nos vamos a la casa."

No hubo un "lo siento" , no hubo un abrazo, no hubo una pizca de remordimiento en su rostro. Solo el cansancio de alguien que había tenido una noche muy divertida y ahora tenía que cumplir con una obligación.

Cerré los ojos, fingiendo que la anestesia todavía me afectaba. No quería verlo. No quería hablar con él. En la oscuridad de mis párpados, la imagen del anillo en el dedo de Sofía brillaba con una claridad dolorosa. Mi relación no se había roto esa noche, simplemente me había dado cuenta de que nunca había existido.

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