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Portada de la novela Mi amante salvaje

Mi amante salvaje

María vive atrapada en un matrimonio asfixiante bajo el control de Héctor, un esposo despiadado que se niega a dejarla ir. Su realidad cambia al conocer a Pablo, un magnate que intenta huir de un pasado oscuro y de las complicaciones sentimentales. Pese a sus resistencias iniciales, la conexión entre ellos desata una atracción imparable. Ambos se verán envueltos en un torbellino de pasión y riesgos donde el peligro pondrá a prueba sus límites.
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Capítulo 2

Cuatro años después de aquel encuentro:

"Mami, mi hermana no me quiere dar de su yogurt"

"Ana, dale un poquito de tu yogurt a Luigi por favor"

"Mami, el es muy tonto siempre me está acusando"

"Ana, respeta a tu hermano."

"Ella es muy egoísta."

"Vayan a jugar con sus pelotas y cubos de colores ¿Si? Luego iremos por un helado. Mami está trabajando en algo aquí"

María José era madre de dos pequeños morochos. Tenían tres años. Aquellos que habían pasado tan rápido como cuando el viento hace correr una hoja.

María José seguía con Héctor. Siendo un feliz matrimonio que había tenido dos hermosos hijos, fruto de la fiesta de cumpleaños de María José.

Si. Héctor no era el padre de aquellos niños, y María lo sabía pero se quedó callada para mantener el equilibrio en su vida. Héctor por otro lado, había sido engañado desde el embarazo.

" Te tardaste demasiado"

"Cerramos la oficina un poco tarde, llegaron personas reclamando en contra de una constructora y fue un desastre."

Héctor se excusó llegando del trabajo, entró en la cocina y besó los labios de su esposa.

"¿Dónde están mis pequeños?"

"Papi, papi" los morochos corrieron hasta él para abrazarlo.

"Juguemos con las pelotas, y después a comer" la pequeña Ana pidió.

"Tus deseos son órdenes princesa."

Se fueron a jugar mientras María siguió en la computadora leyendo algunos contratos.

"Hoy un tipo bastante extraño estuvo en la oficina, con una jóven para hacer el papeleo y casarse por el civil. Se va a casar con una mujer más joven que el, debe estar emocionado pero es turbio."

"Que bueno, ojalá les vaya muy bien." Comento María desganada. El matrimonio era una esclavitud sin amor, y sin paga. Sabía que Héctor estaba lanzando indirectas sobre la edad de María. Al parecer a él no le agradaba la idea de que ella tuviese treinta y cuatro años.

"Encárgate del caso. Mañana no puedo ir a la oficina. Van a presentarse a las tres y media y tienes que estar presente para que los abogadas hagan bien su trabajo."

"¿Y tú qué harás?"

"Viajaré a Brasil, Contreras me está esperando para comenzar la demanda en contra de la sucursal y no puedo darle más vueltas. Nos pueden contra denandar y perderemos la delantera. Me ausentaré unos días aquí, seguro ustedes sobrevivirán sin mí."

Héctor besó la coronilla de ambos chiquillos y se levantó caminando hacia la habitación matrimonial.

María lo siguió enojada. No era posible que el estuviese echándola a un lado.

"¿Por qué irás solo? Quedamos en que ambos íbamos a estar allá, es preparación para los dos, experiencia."

"Quiero que te quedes con los niños."

"Mi madre puede cuidarlos, quiero ir!"

"¿En serio vas a hacer esto? ¿Quieres que me enfade otra vez María José?"

"Héctor, estoy cansada de esto, de que quieras controlar lo que hago..."

"¿Cansada de que eh? Cállate. Y ni vengas con tus lágrimas de cocodrilo, no sé que te ha pasado desde hace años que lo único que haces es comportarte como una ridícula."

Héctor empezó a hacer su maleta, poniendo toda su ropa en ella mientras María José se limpiaba las lágrimas en el marco de la puerta.

"Eres grosero."

"Y tú una inservible"

"¡No me digas así! Respétame! No hago más que estar en esta casa día y noche para que todos tengan lo que necesitan. ¿Que te ocurre? Te convertiste en alguien que no conozco y aún así te tomas la molestia de ofenderme. Quédate tú todos los días aquí y has lo que yo hago! Sé ama de casa y luego me cuentas como te va, Héctor!"

"Desde que los niños nacieron solo te has alejado de esta casa así que ni intentes manipularme con mentiras y te has enfocado en el trabajo, tu madre es quien cuida a los niños, y yo, a mí me has dejado solo sin sexo, solo porque estás cansada siempre!"

"A mis hijos los he criado yo! Mi madre los ha cuidado un par de veces, porque la situación me obliga. Amo mi trabajo, ¡¿Que es lo que quieres, que me esclavice por completo en esta casa?!"

María José gritó.

Héctor se llenó de furia y fué hasta ella tomándola con fuerza y zarandeandola.

"Cállate María, no quiero hacer algo de lo que me pueda arrepentir despues. Y Vístete decente, las mujeres ancianas no son sensuales con ropa corta."

"Me puedo vestir como quiera."

"¿De verdad quieres hacer esto?"

"Héctor, quería ir a ese viaje y ahora me lo estás quitando." María sollozó.

" Ten en cuenta que hago esto por tu bien y el de los niños. Todo lo que hago es por el bien de ustedes, tu no sabes nada."

"Nunca creí que te convertirías en un monstruo."

"Soy tu esposo, y tú eres necia." Le acarició la barbilla y pasó uno de sus dedos por los labios. "Hazme caso y estaremos bien."

"Quizá podamos divorciarnos."

María pensó en voz alta y se arrepintió de inmediato. Los ojos de Héctor se achicaron y su labio inferior tembló. A María le asustaba cuando el actuaba como un psicópata, solía ser muy agresivo cuando estaba así.

"Los abogados que se casan no se divorcian, sería un vergüenza."

Héctor acabó su maleta y salió del cuarto. Se despidió de sus hijos y se fué.

María recogió el chiquero que había dejado en la habitación y luego les dió de comer a los morochos. Se quedaron dormidos tranquilamente en la habitación de ambos.

La casa quedó en silencio y ella respiró hondo buscando la fuerza que le faltaba para terminar con su martirio.

Se dió un baño de burbujas en su bañera acompañado de un vino que la hizo recordar aquella noche en que un tipo de ojos negros le dió la noche más feliz de su vida.

Extrañaba esos tiempos, en los que aún podía cometer errores y olvidarnos con facilidad.

Quiso de repente, volver a encontrarse con ese hombre. Deseo poderle ver de nuevo y proponerle una noche de pasión. Esperaba verlo antes de morir, o luego de que al fin pudiese divorciarse de Héctor.

Se metió en la cama y apagó la lámpara que había en la mesita de noche, intentó capturar algo de sueño pero su cabeza aún revoloteaba en cuatro años antes.

S

u cuerpo se estremeció y su entrepierna se humedecio ligeramente de inmediato, dejando un calor entre su intimidad. Los músculos de las piernas se entumecieron y no se dió cuenta en el momento en que bajó su mano para tocarse y darse placer por si misma.

Recordar su pasado no la hacía sentir culpable, más bien ardiente y lujuriosa. Héctor no era más que un simple hombre intentando dominar a su esposa. No servía para nada más que pasa volver infeliz a María José. Ni un buen sexo sabía darle.

Ella quería acción en su vida, necesitaba pasión y que alguien la tomara como suya. Necesitaba sentir ese calor corporal y unos labios comiendola con fervor. Que el tiempo le sobrara mientras la atendían en una cama.

María José necesitaba un amante. Alguien con quién pudiese saciar sus necesidades carnales y le hiciera olvidar el infierno que vivía con Héctor.

Ella quería un amante, y uno muy salvaje.

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