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Portada de la novela Mellizos secretos para el Magnate

Mellizos secretos para el Magnate

Elena fue la leal asistente de Christopher Vance hasta que una noche de pasión bajo máscaras la llevó a escapar. Tras tres años de ausencia, el magnate recurre al influyente Grupo Volkov para salvar su imperio, ignorando que su líder es la misma Elena, ahora revelada como una rica heredera. El reencuentro impacta a Vance al ver a dos pequeños mellizos cuya mirada delata el vínculo que los une y el secreto que ella protegió tras su huida.
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Capítulo 2

El traqueteo incesante del autobús nocturno era el único sonido que acompañaba el caos absoluto en la mente de Elena. Apoyó la frente contra el cristal frío y empañado, observando cómo las luces de neón de la metrópolis -y con ellas la imponente y afilada silueta de la Torre Vance- se desvanecían en la distancia bajo una lluvia torrencial. Había escapado. Sin equipaje, sin despedidas y con el corazón latiendo a una velocidad que amenazaba con fracturarle las costillas.

Habían pasado exactamente tres semanas desde su abrupta renuncia en aquella oficina asfixiante. Tres semanas viviendo en la sombra, ocultándose bajo un nombre falso en un pequeño y lúgubre cuarto de pensión en San Miguel, un pueblo olvidado a cientos de kilómetros de su antigua vida. Cada sombra en la calle le parecía un matón enviado por los peligrosos acreedores de su padre adoptivo; cada coche negro con lunas tintadas, una alucinación de que Christopher Vance había venido a buscarla para hacerla pagar por su insolencia.

Aunque sabía que eso último era una fantasía patética. El implacable CEO de ojos grises la había desechado con la misma frialdad quirúrgica con la que firmaba un despido corporativo. Para él, ella nunca fue más que una máquina eficiente.

-Señorita, ¿se encuentra bien? Pareces más pálida que un fantasma -la voz de doña Carmen, la dueña de la modesta cafetería donde Elena había conseguido trabajo como mesera, la sacó de sus tormentosos pensamientos.

Elena asintió rápidamente, intentando equilibrar la vieja bandeja de aluminio que cargaba tres tazas de café humeante y un plato de pan dulce.

-Sí, doña Carmen. Solo fue un mareo pasajero, no dormí muy bien.

Mintió. No era solo un mareo. Llevaba más de una semana sintiendo que el propio cuerpo le pesaba una tonelada. Un sabor metálico y amargo invadía su boca cada mañana desde que salía el sol, y los olores más simples, como el del café tostado que antes amaba profundamente, ahora le revolvían el estómago con una violencia inusitada.

Avanzó un par de pasos hacia la mesa del rincón, pero de pronto, la habitación entera comenzó a girar sobre su propio eje. El zumbido punzante en sus oídos ahogó el ruido de las conversaciones de los clientes y el repicar de los cubiertos. Lo último que vio antes de que el suelo de baldosas se precipitara hacia ella fue la bandeja resbalando de sus manos temblorosas y el oscuro líquido derramándose por todas partes como una mancha de tinta imborrable.

El inconfundible olor a antiséptico barato y el rítmico pitido de un monitor cardíaco la obligaron a despertar. Elena abrió los ojos con enorme pesadez, parpadeando ante la cruda luz fluorescente, para encontrarse con el techo blanco y descascarado de la clínica local. Tenía una vía intravenosa conectada al dorso de su mano derecha.

El pánico la asaltó como una fiera. Hospitales significaba registros oficiales. Registros significaba sistema nacional. Y eso significaba que podían rastrearla.

Intentó incorporarse de golpe, pero una enfermera de rostro amable entró apresuradamente en la habitación, acompañada por un médico de expresión muy seria que sostenía una carpeta metálica entre sus manos.

-Tranquila, señorita Fuentes. Sufrió un síncope severo por deshidratación y un cuadro de agotamiento extremo -indicó el doctor, acercándose a los pies de la cama metálica-. La dueña de la cafetería la trajo de urgencia. Hemos logrado estabilizarla con fluidos, pero los resultados de sus análisis de sangre nos han revelado la causa principal de su estado de colapso.

Elena tragó saliva, sintiendo que el oxígeno de la pequeña habitación se evaporaba.

-¿Tengo alguna enfermedad grave? -preguntó, con la voz quebrada y las manos aferradas a las sábanas blancas.

El médico suavizó un poco la dureza de su mirada, negó lentamente con la cabeza y esbozó una leve sonrisa profesional que a Elena le pareció totalmente fuera de lugar ante su angustia.

-No está enferma, Elena. Está embarazada. Tiene aproximadamente siete semanas de gestación.

El mundo se detuvo por completo. El sonido del monitor pareció silenciarse, reemplazado por un eco sordo en su cabeza.

-¿Embarazada? -susurró, como si la palabra estuviera pronunciada en un idioma alienígena-. Eso... eso es clínicamente imposible. Yo no tengo pareja.

Pero mientras formulaba la negación, el recuerdo censurado de aquella noche de máscaras en el club Élite la golpeó con la fuerza destructiva de un huracán. La máscara de lobo plateado. La piel ardiente contra la suya. El aroma a madera de cedro y bergamota.

-Y eso no es todo -añadió el doctor, revisando la segunda página de su informe-. Sus niveles de hormona hCG son inusualmente altos para su tiempo de embarazo. Hicimos una ecografía rápida mientras usted estaba inconsciente para descartar cualquier anomalía. Felicidades, señorita. Son mellizos. Dos sacos gestacionales perfectamente sanos.

¿Mellizos?

El mundo se detuvo por completo para Elena. Las lágrimas acudieron de inmediato a sus ojos mientras sus manos bajaban instintivamente a su vientre aún plano. Aquello era una bendición, pero también su mayor sentencia de muerte en la situación en la que se encontraba.

Trató de hacer memoria, desesperada. Solo había una opción. Una única noche en los últimos tres años en la que se había permitido ser débil: la noche del baile de máscaras en el club Élite, hacía siete semanas.

Recordó el calor abrasador de aquellas manos posesivas, el aroma embriagador a madera de cedro y bergamota, y la intensa voz ronca del hombre de la máscara de lobo plateado que la había tomado con una urgencia salvaje en la penumbra del área VIP. Nunca vio su rostro. Nunca supo su nombre. Había sido un encuentro entre dos extraños que buscaban escapar de sus propias cárceles por una sola noche.

Y ahora, ese lobo sin rostro le había dejado el regalo más grande y peligroso de su vida.

Elena tragó saliva, llena de terror puro. Si los mafiosos que perseguían a su padre adoptivo la encontraban, sus bebés pagarían el precio. Tenía que huir más lejos, desaparecer del mapa corporativo y del mundo entero. Tenía que proteger a sus hijos de todo... incluso del recuerdo de ese misterioso hombre que jamás sabría que se había convertido en padre.

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