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Portada de la novela Mellizos secretos para el Magnate

Mellizos secretos para el Magnate

Elena fue la leal asistente de Christopher Vance hasta que una noche de pasión bajo máscaras la llevó a escapar. Tras tres años de ausencia, el magnate recurre al influyente Grupo Volkov para salvar su imperio, ignorando que su líder es la misma Elena, ahora revelada como una rica heredera. El reencuentro impacta a Vance al ver a dos pequeños mellizos cuya mirada delata el vínculo que los une y el secreto que ella protegió tras su huida.
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Capítulo 3

-Tengo que irme de aquí -balbuceó Elena, con la voz quebrada por un terror absoluto.

La revelación de su embarazo, sumada a la vulnerabilidad de llevar dos vidas creciendo en su vientre, la dotó de una fuerza desesperada. Con un movimiento brusco y ciego, se arrancó la vía intravenosa del dorso de la mano. Un hilo de sangre roja y viva manchó la blancura de las sábanas de la clínica.

-¡Señorita, no puede hacer eso! ¡Está muy débil! -exclamó la enfermera, abalanzándose para intentar retenerla en la cama.

Pero antes de que Elena pudiera poner un pie descalzo sobre el suelo frío de baldosas, un estruendo ensordecedor provino del pasillo. Gritos ahogados del personal médico, el eco seco de pasos pesados y coordinados de botas tácticas, y el sonido violento de varias puertas abriéndose de golpe sacudieron las paredes del modesto hospital.

El médico se asomó alarmado por la puerta, pero fue empujado hacia un lado con una fuerza brutal y quirúrgica.

La pequeña habitación se llenó de pronto con seis hombres gigantescos, vestidos con trajes oscuros hechos a medida, rostros imperturbables y auriculares transparentes en los oídos. Parecían un ejército privado. Elena retrocedió arrastrándose contra el cabecero de la cama, protegiendo su vientre bajo con ambas manos por mero instinto maternal. El corazón le golpeaba las costillas. Estaba convencida de que los cobradores de su padre adoptivo finalmente habían venido a saldar la deuda con su vida.

Sin embargo, los imponentes guardaespaldas se abrieron paso rápidamente, alineándose a los lados para dejar entrar a una figura que robó al instante todo el oxígeno del lugar.

Era un hombre mayor, de unos setenta años, con el cabello completamente blanco peinado hacia atrás y un traje de tres piezas de un valor incalculable. Se apoyaba en un bastón de madera oscura con una empuñadura de plata pura tallada en forma de cabeza de león. A pesar de su edad, su postura era tan recta, depredadora e imponente como la de un rey a punto de reclamar un territorio conquistado.

El anciano clavó sus penetrantes ojos grises directamente en ella. La miró con una intensidad sobrecogedora que la dejó paralizada. Las manos arrugadas del hombre temblaron visiblemente al observar el rostro demacrado de Elena, deteniéndose específicamente en la curva de sus pómulos y en el inconfundible tono esmeralda de sus ojos aterrados.

-Déjenos solos. Ahora -ordenó el hombre con un acento extranjero, grueso y cargado de una autoridad absoluta que no admitía réplica.

Los guardias expulsaron al médico y a la enfermera de la habitación casi a empellones, cerrando la puerta tras de sí con un clic definitivo. El silencio que quedó fue denso, asfixiante.

-¿Quién diablos es usted? -exigió Elena, elevando la barbilla y forzando a su voz a no temblar-. No tengo dinero. No sé qué demonios le debía mi padre adoptivo, pero yo no tengo nada que ver con sus negocios sucios...

-Tu padre adoptivo era un gusano miserable e insignificante que te robó de tu cuna hace veinticuatro años para intentar venderte al mejor postor -la interrumpió el hombre. Su voz se rompió por un segundo, traicionando una mezcla de ira milenaria y un dolor incalculable-. El análisis de sangre de rutina que este patético hospital de pueblo acaba de ingresar en la base de datos nacional, activó una alerta roja de máxima prioridad en nuestro servidor de inteligencia privado. Tu código de ADN es inconfundible, niña.

El anciano dio un paso vacilante al frente, apoyando ambas manos sobre el bastón de plata. Por primera vez, Elena notó que los ojos del temible hombre estaban completamente empañados en lágrimas contenidas.

-No tienes que volver a huir de nadie, pequeña. Te juro por mi vida que la escoria que te perseguía ya ha sido borrada del mapa y nadie volverá a atreverse a tocar un solo cabello de tu cabeza -dijo, dejándose caer pesadamente en la silla de plástico junto a la cama, como si el peso de dos décadas de búsqueda hubiese desaparecido de sus hombros-. Mi nombre es Viktor Volkov. Soy el presidente del Grupo Volkov, el patriarca de la dinastía más rica y poderosa de este país... Y tú, mi querida Elena, eres la hija de mi difunto primogénito. Eres mi única nieta viva. Mi heredera absoluta.

Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones de forma permanente. Las piezas de su fracturada vida colisionaron en su mente, destruyendo todo lo que creía saber sobre sí misma.

-¿Una... Volkov? -susurró, mirando al hombre que lloraba sin perder su porte de gobernante.

-La única -afirmó Viktor, extendiendo una mano temblorosa hacia ella-. El imperio Volkov te pertenece, Elena. Tu tiempo de esconderte en la miseria y limpiar los escritorios de hombres insignificantes ha terminado. Es hora de que regreses a casa y reclames tu trono.

Elena miró la mano del anciano y luego bajó la vista hacia su vientre. Hace apenas cinco minutos, el futuro de sus mellizos era la clandestinidad, el hambre y el miedo constante a un padre sin rostro y a unos mafiosos sin piedad. Ahora, el destino acababa de reescribir su historia con letras de oro.

Una chispa de acero, una determinación fría y feroz que nunca antes había sentido, se encendió en sus ojos verdes. Colocó su mano sobre la de su abuelo, sellando el pacto. Sus hijos no crecerían en las sombras. Nacerían en la cúspide del mundo, protegidos por el apellido más temido del país.

Christopher Vance la había echado de su oficina como si fuera basura reemplazable, y el misterioso hombre de la máscara de lobo la había dejado a su suerte. Pero la próxima vez que el mundo supiera de ella, tendrían que arrodillarse. El juego acababa de cambiar, y la Reina de Hielo estaba a punto de nacer.

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