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Portada de la novela Matrimonio por error, amor inesperado

Matrimonio por error, amor inesperado

Tras ser humillada y abandonada en el altar frente a todos sus invitados, Camila busca consuelo en los brazos de un enigmático desconocido. Lo que comenzó como una noche de despecho se convierte en un vínculo peligroso cuando él, consumido por una obsesión implacable, decide perseguirla sin descanso. Atrapada entre el miedo a una nueva traición y la intensa atracción por este hombre poderoso, ella deberá decidir si huir o arriesgar su corazón de nuevo.
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Capítulo 3

Tras recibir la dirección, Camila contestó: "Entendido".

"Y Mila, no le cuentes a nadie y no hagas preguntas innecesarias. Solo concéntrate en atender al paciente, ¿entendido?", añadió Forrest.

"Está bien", contestó la joven y, tras colgar, tomó un taxi hasta la dirección.

Era un barrio de lujo con seguridad de alto nivel.

El portero le impidió la entrada, así que ella, siguiendo las instrucciones, le dijo que venía a ver al señor Calderón, y el hombre llamó para confirmar antes de dejarla pasar.

No tardó en encontrar la casa, y, tras respirar hondo, llamó al timbre.

Al poco rato se abrió la puerta.

Al ver que no era Forrest quien estaba en la puerta, Willie frunció el ceño y preguntó: "¿Y usted quién es?".

Por el tono de Forrest en el celular, Camila dedujo que el paciente valoraba mucho su privacidad, y, como no quería involucrarse, se puso una mascarilla antes de salir.

"El doctor Forrest Walters me pidió que viniera en su lugar".

Al ver el botiquín que llevaba, Willie la miró con los ojos entornados y preguntó: "¿Sabe lo que tiene que hacer?".

"Sí, el doctor Walters me puso al tanto. No se lo diré a nadie".

Willie supuso que Forrest no le pediría a alguien poco fiable que viniera, así que dejó entrar a la joven.

La condujo a través de la amplia sala, subieron las escaleras hasta la segunda planta y se detuvo frente a la puerta de una habitación, que estaba muy poco iluminada. Mirando a Willie, la doctora preguntó: "¿Cómo puedo tratar al paciente sin luz?".

Cuando Isaac oyó que era la voz de una mujer, se echó el abrigo por encima de la cabeza para taparse la cara y dijo con frialdad: "Está bien. Puedes encender la luz".

El asistente obedeció y encendió la luz.

La habitación se iluminó al instante.

La voz le resultaba familiar a Camila, pero no le dio demasiada importancia. Se acercó al herido, quien yacía en la cama. La sangre de su camisa blanca se había secado, dejando una desagradable mancha de color rojo oscuro.

Intentó no mirar su rostro cubierto. Después de todo, estaba allí para atenderlo, no para curiosear.

Evidentemente, el paciente no quería que nadie supiera quién era, así que lo correcto era respetar su privacidad.

Puso el botiquín sobre la mesa y lo abrió, y después sacó unas tijeras de uso médico para cortar la tela de la herida.

En cuanto quitó el apósito, vio que el hombre tenía dos heridas y que solo las habían vendado con gasas.

Dejó las tijeras y se dispuso a limpiar las lesiones.

Cada movimiento era elegante y eficiente.

"¿Es alérgico a la anestesia?", preguntó.

Después de limpiar las heridas, comprobó que no eran tan profundas y que no había signos de hemorragia interna, pero aun así había que suturarlas.

Ese procedimiento requeriría anestesia.

Su voz era tranquila, completamente diferente a la de la mujer asustada de la noche anterior.

Por lo tanto, aunque Isaac había oído su voz, no tenía ni idea de que esta doctora era la persona con la que se había acostado.

Por dentro, estaba impresionado por su habilidad y calma, pero por fuera se mantuvo frío y contestó: "No".

Camila asintió y se puso a preparar la anestesia. Enseguida inyectó la sustancia en un punto cercano a sus heridas.

Dos minutos más tarde, el fármaco hizo efecto y ella empezó a suturar las heridas.

Al cabo de una hora, ella terminó.

Era increíblemente eficiente.

Al ver que tenía las manos manchadas de sangre, se disculpó y dijo: "Necesito ir al baño".

"Hay uno abajo", dijo Willie.

La joven salió y siguió sus indicaciones.

Cuando ella se fue, Willie cerró la puerta y se acercó a su jefe.

"Según la investigación, parece que quien contrató a esos sicarios fue su tía Audrey. Como se deshizo de todos sus espías en la empresa, ella se desesperó e intentó matarlo".

Isaac se incorporó en la cama. Debería estar débil por sus heridas, pero, por el contrario, sus ojos brillaban con agudeza y alerta.

Miró a Willie y preguntó en voz baja: "¿El matrimonio concertado tenía algo que ver con ella?".

Tras una pausa, Willie respondió: "Sí, descubrí que estaba en contacto con su suegro. Me pareció extraño que pidiera que su hija se casara con usted y no con el hijo de Audrey. Evidentemente, su tía tuvo algo que ver con eso".

"Se ha esforzado mucho por mí. Sería de mala educación que no hiciera nada a cambio". Acababa de irse al extranjero unos días por negocios, pero alguien le había causado muchos problemas.

Estaba completamente inexpresivo, pero la frialdad de sus ojos era innegable. "He oído que su hijo dirige un club llamado Charm en la calle Cavern".

Al oír esto, Willie comprendió al instante lo que pasaba por la mente de su jefe. "Como ya no tienen un lugar en la empresa, ese club es su única fuente de ingresos. Si lo pierden...".

"Hazlo", dijo Isaac en un tono peligrosamente bajo, con los ojos brillando con malicia.

Willie asintió y se dispuso de inmediato a hacer lo que le ordenaron. De camino a la planta baja, se encontró con Camila, que estaba a punto de subir.

Willie sabía que Forrest ya le habría dicho que mantuviera la boca cerrada, pero pensó que valía la pena recordárselo. "Si le cuentas a alguien lo que pasó hoy, tendrás una muerte horrible".

Si Audrey y su hijo se enteraban de las heridas de Isaac, sin duda aprovecharían la oportunidad para hacer leña del árbol caído.

"No se preocupe, no lo haré". Con la cabeza gacha, Camila añadió: "Me iré en cuanto recoja mi botiquín".

Cuando volvió a la habitación, vio que el hombre estaba de espaldas a la puerta. Se había quitado la camisa ensangrentada, dejando al descubierto los músculos bien definidos de su espalda.

"¿No sabes que es de mala educación quedarse mirando?". El hombre no se dio la vuelta, pero pareció haber notado su mirada fija. Su voz sonaba perezosa, mezclada con un toque de burla.

Camila volvió en sí y bajó la cabeza a toda prisa.

Con la cabeza gacha, se acercó a recoger sus cosas. Con voz suave, le recordó: "No deje que sus heridas se mojen por el momento. Desinféctelas una vez al día y use camisas holgadas para evitar infecciones".

Cuando terminó de guardar sus cosas, sacó un frasco de pastillas y un tubo de pomada, diciendo: "Le dejo estos medicamentos".

Isaac no se dio la vuelta y respondió con un gruñido.

Camila no tenía nada más que decir, así que se marchó.

Salió con el botiquín, llamó a un taxi y regresó al hospital. Era casi la hora de comer cuando llegó, así que fue a la cafetería del hospital para comer. En cuanto regresó a su despacho, la llamaron a la oficina del director.

"Voy a enviar a Debora al Hospital Central Militar para las prácticas", dijo el director con seriedad. Parecía tener sus razones inconfesables.

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