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Portada de la novela Matrimonio AA: La Farsa

Matrimonio AA: La Farsa

Con tres meses de embarazo y sin empleo, mi realidad se derrumbó. Mateo, lejos de apoyarme, me obligó a dividir cada gasto bajo una supuesta equidad que solo ocultaba su desprecio. La llegada de su madre, Carmen, empeoró todo al exigir un sueldo por su supuesta ayuda doméstica. Ante la avaricia extrema y la traición del hombre en quien confiaba, he decidido dejar de sufrir. Si quieren basar nuestra vida en dinero, aprenderán lo caro que les costará mi venganza.
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Capítulo 2

La noticia cayó como un balde de agua helada en un día caluroso, inesperada y brutal.

"Sofía, lo siento mucho, pero con los recortes de personal, y bueno... tu situación, la empresa ha decidido terminar tu contrato."

Las palabras de mi jefe resonaban en la sala de juntas, un espacio que hasta ayer había sido mi segundo hogar, el lugar donde mis diseños cobraban vida. Tenía tres meses de embarazo. Y ahora, estaba desempleada. La prestigiosa casa de diseño en el corazón de la Ciudad de México, donde había invertido años de mi vida, me desechaba como si fuera un trozo de tela sobrante.

Llegué a mi departamento, el que heredé de mis abuelos, sintiendo un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con las náuseas matutinas. El coche que manejaba, un modelo reciente que pagué con mi propio esfuerzo, se sentía extrañamente ajeno en el estacionamiento. Todo lo que había construido con tanto trabajo parecía desmoronarse.

Mi novio, Mateo, llegó más tarde esa noche. Era un chef en ascenso, su rostro aparecía ocasionalmente en revistas gastronómicas y su ambición era tan grande como su talento en la cocina. Cuando le conté lo del despido, su primera reacción fue abrazarme.

"No te preocupes, mi amor. Saldremos de esta. Juntos."

Sus palabras, en ese momento, fueron un bálsamo. Me aferré a él, buscando consuelo y seguridad. Pero esa sensación de alivio duró poco. Los días siguientes, Mateo se volvió distante, pasaba horas en su computadora, con una hoja de cálculo abierta y una expresión de intensa concentración que nunca antes le había visto. No era la preocupación de un futuro padre, era algo más, algo frío y calculador.

La atmósfera en el departamento se sentía pesada, cargada de una tensión que podía cortarse con un cuchillo. Cada vez que intentaba hablar del futuro, del bebé, de nosotros, él desviaba la conversación hacia temas triviales o se encerraba en su estudio. La calidez que una vez nos unió se estaba evaporando, reemplazada por un silencio incómodo.

Finalmente, una noche, después de una cena silenciosa, Mateo cerró su laptop y me miró con una seriedad que me heló la sangre.

"Sofía, tenemos que hablar."

Mi corazón empezó a latir con fuerza. Esperaba una propuesta de matrimonio, una discusión sobre nombres para el bebé, cualquier cosa menos lo que vino después.

"He estado pensando mucho en nuestra situación," comenzó, con un tono que sonaba ensayado. "Un bebé es una gran responsabilidad financiera. Y ahora que no tienes trabajo, tenemos que ser muy inteligentes con nuestro dinero."

Asentí lentamente, sin entender a dónde quería llegar.

"Así que he hecho un plan," continuó, girando la pantalla de su laptop hacia mí. "Para que todo sea justo y equitativo. Propongo que dividamos todos los gastos. Un acuerdo 'AA'."

Miré la pantalla. Era una hoja de cálculo detallada, con columnas para "Comida", "Servicios", "Renta (simbólica)", "Gastos del bebé". Mi nombre y el suyo encabezaban dos columnas, con porcentajes y cifras a un lado.

"¿AA?" repetí, la palabra se sentía extraña en mi boca. "¿Te refieres a 'Alcohólicos Anónimos'?"

Él sonrió, una sonrisa tensa que no llegó a sus ojos.

"No, tontita. AA de 'a mitades'. Mitad y mitad. Cincuenta-cincuenta. Así nos aseguramos de que ambos contribuimos de manera justa a nuestro nuevo proyecto de vida: el bebé."

Me quedé en silencio, tratando de procesar lo que estaba escuchando. ¿Dividir los gastos del embarazo? ¿Las consultas prenatales? ¿El parto? La idea era tan absurda, tan carente de la más mínima empatía, que sentí un vacío en el pecho. Él, mi pareja, el padre de mi hijo, estaba convirtiendo nuestro futuro en una transacción comercial.

"Mateo, no entiendo," dije, mi voz apenas un susurro. "Acabo de perder mi trabajo. Estoy embarazada de tu hijo. ¿Y me estás pidiendo que paguemos todo a la mitad?"

"Exacto," dijo él, con un entusiasmo que me revolvió el estómago. "Es la forma más moderna y justa de hacerlo, Sofía. El feminismo se trata de igualdad, ¿no? Pues esto es igualdad. No quiero que sientas que dependes de mí. Quiero que seamos un equipo de iguales."

Usó la palabra "feminismo" como un arma, una justificación perversa para su egoísmo. El hombre del que me había enamorado, el que me susurraba palabras de amor y me prometía un futuro juntos, se había transformado en un contador frío, un socio de negocios evaluando una inversión riesgosa.

La sorpresa inicial dio paso a un dolor profundo. Era como si me hubiera abofeteado. Cada palabra que decía era como echarle sal a la herida abierta de mi despido y mi vulnerabilidad. Me sentí increíblemente estúpida, ingenua, por haber creído en su fachada de hombre cariñoso y solidario.

Pero en medio del dolor, una pequeña llama de ira comenzó a encenderse. Vi la avaricia en sus ojos, la manipulación en su sonrisa "razonable". Y supe que no podía derrumbarme. No frente a él.

Respiré hondo, forzando una calma que no sentía.

"De acuerdo, Mateo," dije, mi voz sonando sorprendentemente firme. "Hablemos de tu plan 'AA'. Explícame los detalles."

Decidí seguirle el juego. Necesitaba ver hasta dónde era capaz de llegar. Necesitaba entender la profundidad de su egoísmo y su falta de amor. Si quería jugar a los negocios, íbamos a jugar. Pero íbamos a jugar con mis reglas.

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