
Más Allá del Manuscrito
Capítulo 3
Mateo se fue de nuevo, esta vez sin decir a dónde. Simplemente dio media vuelta y salió, dejándome sola con el silencio, el desastre y el dolor punzante en la mejilla.
Era pasada la medianoche. La ciudad dormía, pero mi departamento era un campo de batalla en miniatura.
Me levanté del sofá, mis movimientos lentos, como si me moviera bajo el agua. El agotamiento era físico. Me dolía la espalda, el cuello, la cabeza. Cada músculo de mi cuerpo protestaba.
Fui a la cocina por una escoba y un recogedor.
Mientras barría los pedazos del jarrón de mi abuela, cada fragmento de cerámica azul parecía un pedazo de mis propias esperanzas rotas. Lo hacía en silencio, metódicamente, porque era lo único que podía hacer. Poner orden en el caos externo para intentar calmar el interno.
Mateo nunca limpiaba. Él creaba el desastre y yo lo recogía. Era una dinámica no escrita en nuestra relación. Él explotaba, yo reparaba. Él hería, yo sanaba.
De repente, sonaron tres golpes secos en la puerta.
Me sobresalté, el corazón dándome un vuelco. ¿Sería Mateo, de vuelta para otra ronda de gritos y culpas?
"¿Sofía? ¿Hija, estás bien?"
La voz era grave y tranquila. Era Don Carlos, mi vecino de al lado. Un señor de unos setenta años, viudo, que siempre estaba regando sus plantas en el pasillo.
Abrí la puerta con cautela.
Don Carlos me miró con sus ojos amables, pero su ceño estaba fruncido. Su mirada pasó de mi cara al desorden en el suelo.
"Se escuchó un golpe muy fuerte" , dijo, su voz baja. "Y luego gritos. ¿Ese muchacho te hizo algo?"
Su tono inicial de queja por el ruido se había suavizado al verme. Vio el pequeño corte en mi mejilla y su expresión se endureció.
"No, Don Carlos, estoy bien" , mentí, forzando una sonrisa que se sintió como una mueca. "Se me cayó un jarrón, eso es todo. Soy muy torpe" .
Él no me creyó. Sus ojos sabios vieron a través de mi mentira barata.
"Si necesitas algo, lo que sea, solo tienes que tocar mi puerta. A la hora que sea, ¿entiendes? Puedo llamar a la policía si quieres" .
La oferta me golpeó con la fuerza de una ola. Alguien, una persona externa, veía lo que estaba pasando y me ofrecía una salida. Una parte de mí quería gritar, llorar y aceptar su ayuda. Quería correr a su departamento y esconderme hasta que todo esto pasara.
Pero otra parte, la parte que había sido condicionada durante años, se negó.
"No, de verdad. Muchas gracias, Don Carlos. Solo fue un accidente" .
Él suspiró, una mezcla de tristeza y resignación.
"Bueno, hija. Pero la oferta sigue en pie. No tienes que aguantar cosas que no te mereces" .
Asentí, incapaz de decir más. Le di las gracias de nuevo y cerré la puerta suavemente.
Me apoyé contra la madera, sintiendo una punzada de vergüenza. ¿Por qué no había aceptado su ayuda? ¿Por qué seguía protegiendo a Mateo?
Las letras doradas aparecieron de nuevo, esta vez con un tono burlón.
[¿La policía? Qué exagerado el viejo. Las parejas discuten, es normal.]
[Mateo solo tiene un temperamento fuerte porque es un artista apasionado. No es un criminal.]
[Sofía hizo bien en no hacer un escándalo. Solo empeoraría las cosas. Un hombre como Mateo necesita que lo entiendan, no que lo acusen.]
Me froté la cara, cansada. La narrativa seguía ahí, implacable, defendiendo lo indefendible, normalizando el abuso. Y yo, por alguna razón, seguía atrapada en su red.
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