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Portada de la novela Luz de Medianoche

Luz de Medianoche

Tras el colapso de la humanidad por su propia violencia, unas criaturas nocturnas idénticas a los humanos, pero con sentidos letales, han tomado el control. En medio de este horror, trato de sobrevivir con mi madre siguiendo normas rigurosas: portar siempre fuego, evitar las sombras y nunca correr. Entre el miedo y la determinación, enfrentamos a estos seres que nos acechan, conscientes de que cualquier fallo en la noche invernal significará un final inevitable.
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Capítulo 1

El sol hacía notar su presencia brillando cada vez con más fuerza mientras se alzaba en el cielo despejado, salí de casa sintiendo los rayos del sol sobre mí. Sonreí ante la calidez de ellos, cerré mis ojos inclinando mi cabeza a un lado, un día soleado en invierno era lo mejor. La nieve se encontraba intacta en el suelo, los árboles estaban bañados con capas blancas, dejé salir el aire de mi boca notando el vapor que salía de ella.

El invierno era mi estación favorita, pero a la misma vez la odiaba, traía muchos recuerdos, el frío parecía entrar en mi cabeza para encargarse de traer de regreso los buenos momentos de mi infancia. Suspiré sacudiendo la cabeza.

—¡Finalmente algo de sol! —exclamó mi prima Becca mientras extendía los brazos disfrutando de los rayos del sol. La reproché con la mirada y rodeó los ojos—No hay nadie cerca, Mía. Es de día, ¿Recuerdas?

Regresé adentro, la sala era nuestro lugar para dormir, cada noche solía quedarse despierto uno de nosotros para vigilar. Las criaturas nocturnas no lograban entrar a los hogares si estaba habitada por alguien y si llegaba a poner un pie adentro era con el permiso de una persona. Muy típico en las películas de vampiros que solía ver a los seis años, era muy curiosa.

Incluso sabiendo eso preferíamos tener alguien que pudiera avisar cualquier movimiento extraño, odiaba patrullar, pasaba todo el día con ojeras y durmiendo en cualquier lado.

Caminé hacia la esquina de la sala, justo al lado del televisor y del sofá, mi madre seguía durmiendo al igual que los demás. Éramos un grupo de ocho personas, demasiado grande en mi opinión, odiaba estar entre tantas personas, pero si quería seguir respirando tenía que hacerlo. Mi madre, Carmen y Lorenzo eran los adultos, luego seguían la hija de Carmen, Zara quien tenía 25, Mía Hall, ósea yo con 18 y mi prima Becca de 15 años. Éramos las tres chicas del medio, los dos más pequeños eran los gemelos Denis y Dany, tenían 12 años y eran huérfanos desde hace un año que los encontramos.

Carmen insistió en que no podíamos dejarlos solos. Revisando mi bolso noté las pocas galletas dulces que quedaban, algo de comida en lata, tres botellas de agua, fósforos, un cuchillo pequeño muy filoso que Lorenzo me había dado hace meses y la manta para la noche. Hice una mueca de desagrado, revisé los demás bolsos confirmando el hecho que debíamos ir por alimentos y quizás algo de ropa para el invierno.

—¿Qué sucede? —preguntó Becca al verme arrodillada en el suelo terminando de revisar el bolso de Denis.

—Debemos ir por más comida y agua—me levanté recogiendo mi cabello en un moño.

—¿Es necesario? —miró a los chicos durmiendo.

—Si fuéramos menos en el grupo entonces no lo sería.

La ciudad permanecía en silencio, los autos abandonados estaban en cada esquina o rincón de las calles, algunos edificios se mantenían en buen estado, pero otros comenzaban a perder su buena presentación. Recuerdo los gritos de los vecinos esa noche de hace trece años, recién había cumplido los seis años, mis padres estaban en la sala viendo televisión mientras que mi hermano y yo no podíamos dormir.

Escuchaba gritos desgarradores, sin soportarlo más, bajé con mi hermano encontrando a mi madre cerrando con seguro las ventanas y las puertas. Sus palabras fueron claras "Debemos irnos, rápido". Recuerdo haber subido rápidamente los escalones, miraba a mi hermano guardar todo en un bolso, intentaba imitarlo con la misma velocidad, mi corazón latía rápidamente con cada grito que parecía acercarse más.

—¿Qué está pasando afuera, papá? —pregunté mirándolo. Tenía un bolso más abultado que el mío. El televisor estaba encendido, podía escuchar a la mujer de las noticias decir que permaneciéramos en casa.

—No te preocupes, cariño—se acercó cargándome en sus brazos. Esa noche salimos de casa, el auto encendió sin ningún esfuerzo, cuando las ruedas se colocaron en marcha noté que la mayoría de los vecinos hacía lo mismo que nosotros...dejaba todo atrás.

No pudimos escapar ni alejarnos lo suficiente, el auto había perdido gasolina a los pocos minutos, el tanque estaba vacío por completo, siempre recuerdo el silencio incómodo que se hizo cuando bajé del auto. Todo pasó en cámara lenta y entonces entendí la razón de los gritos, sombras oscuras se abalanzaban sobre las personas devorando sus cuellos, nunca olvidé la sangre que corría y por eso ahora la aborrezco, el sólo verla me marea por completo.

Mi padre y mi hermano no sobrevivieron la primera noche del ataque, mi madre se encargó de mí aferrándose a lo único que le quedaba.

Normalmente no nos encontrábamos con otros grupos, cuando eso pasaba nadie parecía colocarle atención porque todos buscábamos algo: Comida, refugio, ropa y encontrar la forma de seguir viviendo.

—¿Estás bien, cariño? —susurró mi madre junto a mí.

—Sí, sólo pensaba—intenté alejarme antes de que preguntara. Al llegar a una de las tiendas cada uno tomó un pasillo, me apresuré en recoger más botellas de agua y algo de latas de refresco. Mientras guardaba todo en mi bolso, sentí odio hacia aquellas criaturas.

A mis dieciocho años nunca he tenido que asesinar una de esas cosas, mi madre se encargaba de protegerme y cuando quería correr no lo hacía. Era el error más grande que podía cometer. Lorenzo llegó al grupo cuando tenía diez años, él mismo me había dado cinco reglas que nunca he desobedecido:

La primera: Nunca salgas sola de noche y si es posible, nunca salgas de noche.

Aquellas criaturas eran ágiles en la oscuridad, a diferencia de los humanos, ellas adoraban todo lo oscuro y lo tenebroso.

La segunda: Tener cerca algo que provocara o ayudara a crear fuego.

El fuego era la mejor arma que hasta ahora es efectiva. Los puede acabar en un segundo.

La tercera: La oscuridad nunca es buena, sus ojos pueden verte a través de ella.

La misma Carmen lo había comprobado, cuando su esposo falleció por culpa de uno de ellos, se quedó quieta en un rincón controlando forzadamente la respiración, aquella criatura de la noche la veía con sus ojos brillantes, pero no la asesinó. Nunca supe si tuvo suerte de estar viva o mala suerte de ver a su esposo morir.

Cuatro: Comida y agua nunca debe faltar.

Y la última: Nunca debes correr o ellos te atraparán con facilidad, la solución a eso es...matarlos con fuego.

En ocasiones sentía curiosidad por ver uno de esos, incluso cuando mi padre y mi hermano murieron nunca pude verlo. Mi madre se encargaba de protegerme como siempre. Supongo que ahora era un poco más fría y escondía los sentimientos. Becca había llegado a nosotros por gran casualidad, me sorprendió que no la asesinaran, pero entonces recordaba algo: Ser fuerte y valiente no quiere decir que eres un experto en supervivencia.

Según Zara, ella no los llamaba criaturas, los llamaba como realmente eran: Demonios. A pesar de mantenerse en silencio la mayor parte del tiempo, su mente era interesante. Sé que tenía curiosidad por esos "demonios" como le dice, ella misma había dicho tener ganas de estar en el centro de ellos y saber cómo sobreviven si los humanos estamos en gran escasez. No sólo en este lugar, en todo el mundo. Algunos países están sin vida alguna.

Denis decía que esos demonios al vivir de la sangre no podían eliminar a toda la raza humana, debían tener un control con la alimentación si querían seguir viviendo, ahí era donde su hermano Dany intervenía añadiendo que sin sangre humana podían enloquecer y asesinarse unos con otros, tal como los humanos hacían cuando existía el "verdadero mundo".

Muchas veces pensaba que los humanos y esos demonios no eran diferentes a nosotros, ambos asesinaban por placer, asesinaban por necesidad, eran malvados, crueles, despiadados, destructores y amantes del poder. ¿Acaso los humanos no somos así? ¿Cuántas cosas no hemos destruido? ¿Ahora después de tantos años debemos seguir culpando a los demonios cuando en miles de años hemos hecho lo mismo?

Era una pequeña conexión que mi mente había hecho y que no me había atrevido a decir en voz alta.

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