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Portada de la novela Luz de luna.

Luz de luna.

Tras la misteriosa pérdida de su familia, Lydia encuentra refugio con unos enigmáticos hombres que acaban de llegar a su hogar. Sin embargo, este grupo oculta un secreto ligado a sus tragedias y a la luna. Mientras lidia con constantes amenazas, ella descubrirá un poder sobrenatural que ha habitado en su interior desde que nació. Este don es tan valioso como codiciado por fuerzas oscuras. ¿Lograrás descifrar el gran misterio de los Vadook?
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Capítulo 2

Tiro de mi mejor amigo con insistencia ante su renuencia de abandonar el pasillo donde se encuentran los nuevos, y los posibles chismes que su llegada conlleva, y nos encamino hacia las escaleras, subimos los tres pisos correspondientes y llegamos a la azotea, nuestro lugar secreto, y prohibido, desde que entramos al instituto.

— ¿Los has visto? ¡Sus padres sí que los hicieron con amor!—Bufo, poniendo los ojos en blanco, acostumbrada ya a sus comentarios bisexuales.

— ¿No tenías chismes que contarme?

— ¡Cierto!—Sus ojos adquieren un brillo de emoción mientras comienza a darme el informe de la mañana con lujo de detalles, finjo impresión, pasmo y desconcierto en algunas partes, aburrida.

Minutos después la campana suena y ambos bajamos corriendo hasta el segundo piso, correspondiente a los de segundo, donde nos despedimos con un guiño y entramos a nuestras respectivas aulas, ocupo mi lugar habitual, al fondo y al lado de la ventana que da hacia el bosque, y espero reclinada sobre mi silla, esperando la llegada del profesor, tío de Jameson, quien aparece instantes después.

—Capítulo 6, página 96. —Ordena dejando sus cosas en su respectivo lugar, mientras nosotros tomamos nuestro libro, él toma una tiza y comienza a escribir en la pizarra a su izquierda. — Jacobo, claro y de pie, por favor.

Empujo el armazón de mis gafas sobre el puente de mi nariz y sigo la lectura nasal de Jacobo de manera distraída, entendiendo a medias lo que el texto quiere decir, es cuando menciona a hombres lobo que frunzo el ceño, me enderezo en el asiento y leo con confusión el título del capítulo “Folclor y mitología”, enarco una ceja y me encojo de hombros, buscando el párrafo en el que Jacobo va.

—Se dice que esos seres, los licántropos, son hombres malditos, ya que en el momento en el que son sometidos al encanto de la luna llena pierden todo racionamiento y se vuelven bestias incontrolables, sedientas de carne fresca, humana. —Me estremezco ante eso y aparto la mirada de la lectura, ocultando mi rostro del señor Mason, odio sus amonestaciones, enfoco la mirada en el cristal de la ventana y mi reflejo me devuelve la mirada.

Una sombra entra en el campo de mi visión, por lo que dejo de enfocarme y miro a través del cristal, entrecierro los ojos y fijo mi mirada en la persona, o por lo menos su silueta, que está parada justo frente a los inicios del bosque, me sobresalto cuando alza la cabeza y un par de ojos azules, extremadamente brillantes, me devuelven la mirada inquisitiva, parpadeo de manera continua, intentando desprender la ligera alucinación que mi cerebro transmite a mi canal ocular, y aparto de manera definitiva la mirada cuando una voz interrumpe a mi compañero de clase.

—Esas son estupideces. —Todos miran con sorpresa al intruso, quien resulta ser uno de los nuevos, mientras el señor Mason lo mira con molestia.

—Está prohibido expresarse de esa manera, señor…

—Stone, Judhead Stone.

—Supongo que es uno de los nuevos, la falta será pasada por alto debido a ello. Ahora entre y tome asiento. —Señala al único asiento vacío en el aula, el cual está frente al escritorio del profesor, el nuevo asiente y obedece. —Jacobo, continúe, por favor.

Vuelvo mi mirada hacia la ventana ante esas palabras y me sorprendo al encontrar a un chico vestido de negro observarme desde la primera planta, me da una escalofriante sonrisa ladina y se va corriendo en dirección al bosque. Lo pierdo de vista después de eso y sigo escuchando la voz nasal de Jacobo.

…..

— ¡Tengo a los Smeed conmigo!—Exclama Jameson dando saltitos en su lugar con emoción mientras sacude mi brazo, asiento y comenzamos a seguir a la corriente de estudiantes escaleras abajo, mezclándonos con los de último, todos teníamos el mismo propósito: asaltar la cafetería. — ¿Y tú? ¿Tienes a Judhead contigo?

— ¿Cómo sabes que es solo él?

—Porque los demás van en último, duh. —Separo los labios para preguntar cómo es que sabe eso, pero vuelvo a juntarlos al instante, restándole importancia, es Jameson. —Espero que haya pastel de carne.

—Yo no, creo que ni siquiera es carne lo que nos dan. —Finjo un escalofrío y ambos tomamos lugar en la fila para recibir nuestro almuerzo, pero, al ser yo, todos se hacen a un lado y me dejan pasar, bajo la mirada, tomando mi bandeja, y la cocinera me sirve lo prometido con desconfianza y temor, empujo el armazón de mis gafas por el puente de mi nariz y camino hasta una mesa vacía al fondo de la cafetería.

Comienzo a comer con la vista fija en la comida mientras los demás recuperan el bullicio que mi presencia les había quitado, bufo para mis adentros mientras mastico con lentitud, en la espera de mi hermano y Jameson, pero, para mi sorpresa, la mesa se ve invadida por seis individuos nuevos, tanto en el pueblo como en el instituto. Levanto la mirada con lentitud y miro cada rostro alrededor de mí, con seis pares de ojos fijos en mi rostro. Incómodo.

— ¿Se les perdió algo?—Inquiero, desconfiada, mientras toda la cafetería queda en silencio sepulcral, hasta los profesores han guardado silencio mientras observan hacia acá.

—Hola, creo que no nos conocemos, me llamo Artie Stone y él es mi hermano, Scott, a los demás ya los conoces. —Habla un rubio cobrizo de ojos mieles, sus hermanos y él son idénticos, a excepción de los ojos, Judhead los tiene verdes mientras que los del denominado Scott son castaños.

—Eh, sí. —Parpadeo, desconcertada, y enarco una ceja. —Lo que me pregunto es…

—Uff, demasiada fila para una cosa como esta. —Comenta mi mejor amigo, interrumpiéndome, haciendo referencia al almuerzo, hago una mueca cuando me empuja hacia la derecha, dejándome cerca de Jagger, mientras él se pega al costado de Scott, quien le sonríe de manera forzada.

—Hola, Artie. —Saluda mi hermano, dejándose caer entre él y Shane. —Jagger, Scott.

Ellos responden el saludo y yo sigo en silencio, observando el intercambio de palabras, también denominado como conversación, entre los nuevos y mis conocidos, suelto un suspiro silencioso y comienzo a comer, absorta del desarrollo de dicha conversación, consciente de las miradas de todos sobre nosotros. Termino mi almuerzo y me levanto en silencio, le doy una mirada a Jameson, quien asiente, y tomo mi bandeja, la dejo en su lugar correspondiente y salgo de la cafetería, bajo al primer piso, llego hasta mi casillero y saco de él la bolsa marrón con el emparedado restante, salgo de la institución y me adentro ligeramente en el bosque, encontrando en el lugar de siempre a una perra con sus cachorros, a la cual ayudé a dar a luz luego de que un auto la golpeara e hiciera que su fuente se rompiera.

—Hola, Darla. —Saludo, acariciando su cuello y lomo, ella lame mi mano que sostiene la bolsa marrón. —Traje algo. —Canturreo, sacando el emparedado, para luego dárselo, comienza a comer con lentitud mientras sus cachorros, cinco en total, comienzan a lloriquear, clamando por comida por igual. —Calma, pequeños, mamá está comiendo, después les tocará a ustedes. —Murmuro, acariciándolos a todos mientras la perra disfruta del emparedado. —Veamos, creo que su almuerzo está listo.

Ayudo a los cachorros a pegarse al costado de su madre, donde comienzan a comer de él por medio de los ductos mamarios, Darla me mira con agradecimiento mientras sus cachorros comen, me dedico a acariciar su pelaje en silencio, disfrutando de la calma que el bosque me proporciona. Diez minutos después estoy de regreso en el instituto, ocupado mi lugar habitual en el aula, con una sonrisa interior en mis labios.

…..

Los días pasan con la habitual neutralidad de mi vida, el revuelo en el pueblo, e instituto, por la llegada de los forasteros, ahora residentes, ha disminuido gradualmente hasta el punto en el que los residentes más antiguos han dejado de vigilar cada movimiento de la familia, cosa que parece tenerlos más relajados.

Luego de una larga jornada en el instituto mi hermano y yo regresamos a casa, Adán me deja en la entrada y mi tío sustituye mi lugar en el asiento del acompañante de la camioneta con dos hachas para cortar madera, cosa que es el oficio de ambos, los despido con un ademán de manos y una diminuta que no es correspondida por ninguno de los dos, y los observo adentrarse al bosque. En cuanto desaparecen de mi campo de visión un extraño presentimiento me envuelve.

Me adentro en mi solitario hogar y dejo mi mochila sobre un sofá, voy a mi habitación y cambio mi vestimenta por ropa deportiva y gastada, vuelvo a hacerme la coleta y voy a la habitación de lavado, donde tomo una escoba, cubo para agua y trapeador, junto a sus respectivos jabones y detergentes, dispuesta a hacer el aseo del lugar, hace semanas que no lo hago y la suciedad comienza a hacerse notar.

Termino al anochecer, guardo todo y tomo mi mochila, me encamino a mi habitación y me tumbo sobre la cama, esparciendo libros y cuadernos en su superficie, dispuesta a terminar los deberes, pero la sensación de que algo está por ocurrir me lo impide, frunzo el ceño y corro hasta mi calendario, palidezco al percatarme del día, hoy hay luna llena.

El timbre retumba por las austeras paredes que conforman mi casa, haciéndome sobresaltar, el mal presentimiento se instala en mi cuerpo, formando un nudo en mi garganta que me imposibilita respirar con normalidad, y comienzo mi travesía a través del pasillo iluminado únicamente por la luz natural de la luna que entra por el amplio ventanal a mitad del pasillo, me detengo ante él, intentando tomar coraje, y levanto la mirada hacia la luz con los ojos cerrados, disfrutando de la energía que me transmite, abro con lentitud los ojos y los fijo en su figura en el cielo, el hechizo es instantáneo.

Mi boca se seca mientras que mi pulso se acelera, siento a mi corazón golpetear contra mi caja torácica con frenesí, al tiempo que mis ojos se nublan mientras un sentimiento contradictorio de calma se va acentuando en mi cuerpo, este se relaja y comienzo a caer hasta que mis rodillas impactan con fuerza contra el concreto, pero apenas siento el golpe.

Jadeo en busca de aire y caigo de espaldas, haciendo que el hechizo se rompa, un dolor punzante ataca mis sienes cuando el timbre vuelve a retumbar por mi hogar y me arrastro hasta la puerta, evitando mirar al ventanal, me levanto con ayuda de un sofá y abro la puerta, encontrando la mirada compasiva, pero desconfiada, del alguacil del pueblo, una que me ha dado anteriormente. Y, entonces, lo sé.

Sé que, mañana llegando al instituto, o el viernes, tendré el doble de atención que la habitual. Sé que las cosas van a complicarse aún más con los residentes supersticiosos del pueblo. Y sé que uno de los escasos sobrevivientes en mi familia ha muerto.

Lo que no sé es si solo fue una muerte, o si definitivamente mi familia ha quedado reducida a mi insignificante existencia.

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