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Portada de la novela Luz de luna.

Luz de luna.

Tras la misteriosa pérdida de su familia, Lydia encuentra refugio con unos enigmáticos hombres que acaban de llegar a su hogar. Sin embargo, este grupo oculta un secreto ligado a sus tragedias y a la luna. Mientras lidia con constantes amenazas, ella descubrirá un poder sobrenatural que ha habitado en su interior desde que nació. Este don es tan valioso como codiciado por fuerzas oscuras. ¿Lograrás descifrar el gran misterio de los Vadook?
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Capítulo 3

— ¿Estás sola, cariño?—Inquiere el alguacil con lentitud, asiento mordiéndome el labio inferior, él suspira. —Lo temía. —Vuelve a mirarme. —Tendrás que acompañarme.

— ¿P-para qué?—Murmuro, temiendo sus palabras.

—Tendrás que reconocer un cuerpo. —Sus palabras hacen estragos en mis nervios, por lo que pronto estoy en medio de un ataque de pánico que me cierra la tráquea, impidiéndome respirar, mientras puntos negros comienzan a invadir mi visión conforme el oxígeno escasea en mis pulmones, el alguacil se apresura a intentar hacerme reaccionar, pero no lo logra.

Golpeo mi propio pecho con un puño, desesperada, mientras siento mi cabeza pesar, al tiempo que mi cuerpo comienza a adormecerse, me estremezco y caigo en los brazos del alguacil, quien, luego de pedir ayuda, o consejo, por su radio, me da una bofetada con la fuerza suficiente para hacerme reaccionar, casi al instante mis pulmones vuelven a tener el material suficiente para hacer su trabajo, jadeo en brazos del hombre mientras él me sostiene contra su pecho, acariciando mi cabello en un intento de tranquilizarme, cosa que no está logrando en absoluto.

— ¿Estás mejor? —Inquiere con un dejo de preocupación, asiento con lentitud y él me ayuda a caminar hasta su auto, donde me deja en el asiento del acompañante antes de tomar su lugar y comenzar a conducir. —Iremos a la escena del crimen, pero antes te llevaré por algo dulce, estás demasiado pálida.

— ¿Por qué dulce? —Susurro, él me da una fugaz sonrisa.

—Porque el dulce hace mejor la vida. —Asiento ante esa respuesta y muerdo mi lengua cuando un comentario sarcástico y afilado pugna por ser pronunciado.

Veinte minutos después estamos de regreso en el bosque, en mi regazo descansa una caja de tamaño mediano con cuatro rosquillas de diferentes sabores de glaseados en su interior, dos son mías y las demás del alguacil; aparca detrás de la camioneta del forense y ambos bajamos, termino mi rosquilla de glaseado de vainilla y le paso la caja al alguacil, quien la toma y saca de su interior una de glaseado de fresa, camino detrás de él mientras se hace paso a través del mar que sus empleados, y compañeros, conforman hasta llegar a la escena final del crimen, siento mi estómago comenzar a agitarse antes de tener la rosquilla subiendo por mi garganta, pronto estoy doblada sobre mí misma mientras vomito sobre la maleza del bosque.

La desvencijada camioneta de mi padre se encuentra destrozada, parabrisas y ventanas rotas, los neumáticos parecen haber estallado, la puerta metálica del acompañante se encuentra colgando de las bisagras que la unen a la camioneta. Y lo peor, hay sangre por todas partes, dentro y fuera de ella.

Mis ojos se llenan de lágrimas al reconocer las gafas protectoras de mi tío destrozadas en el asiento del acompañante, rodeadas de sangre y parte del asiento, ya que este se encuentra desgarrado, sollozo e intento acercarme, pero dos oficiales me detienen mirándome con reprobación y desdén, no hay nada de compasión en sus miradas.

— ¿Qué ocurrió?—Inquiero entre sollozos, dirigiéndome a nadie en particular, el forense se acerca a mí con seriedad y cautela. Genial, este imbécil también teme de la maldición que acecha a mi familia, o lo que sea que quede de ella.

—Parece ser un ataque animal, tal vez un oso o dos lobos, no lo sabemos con exactitud.

— ¿Cómo? Imposible, no hay tales animales en este lado del país.

—El ADN que se ha encontrado en el cadáver dice lo contrario. Ahora, debe reconocer dicho cadáver.

—Está jodiéndome. —Suelto sin pensar, limpiando las lágrimas que corren por mis mejillas, me mira con desagrado, no me retracto. —N-no puedo hacerlo.

—Tendrás que hacerlo, es necesario para continuar con la investigación. —Hace una seña a los oficiales que aún me sostienen y ellos me arrastran en contra de mi voluntad hacia una esquina detrás de la destrozada camioneta de mi padre, donde una bolsa negra en forma de cuerpo nos espera.

Me dejan ante ella y el forense se inclina para abrirla, inmediatamente llevo la mirada al cielo, esperando ser recibida por el manto estrellado o la luz de la luna, llena, pero el cielo se encuentra extrañamente nublado, suspiro y bajo la mirada con los ojos cerrados, aterrada de lo que estoy por presenciar. Abro lentamente los ojos y fijo mi mirada en el cadáver dentro de la bolsa, siento una arcada, pero contengo al líquido que lucha por salir despedido en mi boca, sin embargo, no logro evitar que las lágrimas vuelvan a hacer acto de aparición, por lo que pronto estoy llorando de manera patética ante tres adultos inexpresivos y sin corazón.

—Es mi tío. —Lloriqueo, abrazándome a mí misma, el hombre asiente y vuelve a cerrar la bolsa, quitando de nuestra vista el cuerpo ensangrentado y desmembrado de mi tío, una alarma se enciende en mi cabeza. — ¿Y mi hermano?

— ¿Tu hermano?—Repite con confusión el forense, me levanto de un salto y miro a los oficiales, quienes niegan, desconcertados, con la cabeza.

—Adán McCoffin. —Intento, vuelen a negar, corro hacia el alguacil. — ¿Dónde está mi hermano?

— ¿Estaba con tu tío?—Asiento, nerviosa y con otro mal presentimiento invadiendo mi cuerpo. —Solo encontramos un cadáver, y la camioneta, además, no hay sangre de otra persona aquí.

—P-pero…

—Servicios sociales está aquí. —Informa una oficial, él asiente y me obliga a caminar junto a él hasta llegar a un auto con dos personas, la madre de Jameson y otro hombre, esperando fuera de él.

—Pueden llevársela, nosotros tenemos trabajo que hacer. —Se limita a decir el alguacil, prácticamente empujándome hacia ambos, lo miro con incredulidad y hostilidad, me ignora y se va.

—Lydia, tienes que venir con nosotros. —Me informa la señora Mason, asiento y entro en el auto, me imitan y pronto estamos regresando al pueblo, miro hacia la izquierda y me sobresalto al encontrar a Artie Stone mirando en dirección al auto con el ceño fruncido, cuando su mirada conecta con la mía da media vuelta y se pierde en el resguardo que el bosque proporciona.

…..

—Nadie quiere acogerte. —Musita con fastidio Amalia Mason en mi dirección, dos días después del asesinato, en los cuales estuve durmiendo en el frío piso del departamento de servicios sociales.

— ¿Y usted…?

—No. —Frunzo el ceño, desconcertada, aparta la mirada. —No te quiero cerca de mi familia, ni siquiera de Jameson, suficiente tengo con estar arriesgándome en estos momentos estando cerca de ti.

— ¿Qué carajos, Amalia?—Gruño, herida, parpadeo continuamente para ahuyentar las lágrimas. —Me conoces desde que estaba en pañales, ¡eras amiga de mis padres! ¿Cómo puedes decirme eso?

—Lo lamento, Lydia, pero primero está mi familia antes que amigos.

— ¿Qué va a ocurrir conmigo, entonces?

—Si nadie te acepta en su hogar en las próximas 48 horas te irás a la ciudad y vivirás en un orfanato.

—Pero… mi hermano…

—Está desaparecido, y no hay forma humana de que te vayas con un familiar cuando todos están muertos. —Se levanta de su lugar frente a mí y comienza a andar hacia la salida de la helada habitación. —Lo lamento, de nuevo.

Enloquezco apenas cierra la puerta tras de sí, maldigo a viva voz mientras lanzo los escasos objetos que hay en la habitación mientras lágrimas de frustración corren por mis mejillas, mis ojos se sienten hinchados de tanto llorar, pero no me importa, ya nada de lo que tenga que ver conmigo me importa.

—Quiero a mi hermano. —Lloro y pronuncio una y otra vez, estando más calmada, mientras abrazo mis piernas y mezo mi cuerpo en un rincón. Pareciera que la cordura ha abandonado mi cuerpo. —Quiero a mi hermano.

…..

—Buenas noticias, Lydia. —Aparto la mirada de mi insípida cena y la centro en Amalia, quien parece aliviada por alguna extraña razón. —La familia nueva en el pueblo se ha ofrecido para acogerte, así que sé buena niña y recoge tus pertenencias.

— ¿Qué?—Espeto y me levanto de mi lugar. — ¿Van a dejar que me vaya con los nuevos? ¡Son extraños!

—Ellos u Oregón, tú decide. —Aprieto los labios en una fina línea, hastiada. —Eso creí. Ahora, apresúrate, están esperándote fuera.

Blasfemo mentalmente y salgo de la habitación con las manos vacías, ya que no he traído nada conmigo a este lugar, todo se encuentra en mi casa; salgo del edificio y dos pares de ojos recaen en mi persona, detengo mis pasos y observo, incómoda, a los dos especímenes masculinos ante mí.

—Hola, Lydia. —Me estremezco de manera imperceptible al escuchar al hombre hablar, todo él es de color negro, incluyendo su piel. —Soy Kristoff Sheridan, y parece que soy tu padre de acogida.

— ¿Qué hay, Lydia?—Saluda en tono inexpresivo Jagger. — ¿Estás lista?

—Algo así, pero… ¿podemos hacer una parada en mi casa? Necesito ropa y… todas mis cosas.

—Por supuesto, sube. —Kristoff abre la puerta que da a los asientos traseros de su enorme camioneta y no tardo en subir, sintiendo la mirada de todos sobre nosotros y el acto osado de los nuevos en el pueblo.

—Esto les restará puntos. —Murmuro a ambos cuando emprendemos camino, me dan una mirada curiosa.

— ¿Con quién?

—Con el pueblo entero.

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