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Portada de la novela Luz de luna.

Luz de luna.

Tras la misteriosa pérdida de su familia, Lydia encuentra refugio con unos enigmáticos hombres que acaban de llegar a su hogar. Sin embargo, este grupo oculta un secreto ligado a sus tragedias y a la luna. Mientras lidia con constantes amenazas, ella descubrirá un poder sobrenatural que ha habitado en su interior desde que nació. Este don es tan valioso como codiciado por fuerzas oscuras. ¿Lograrás descifrar el gran misterio de los Vadook?
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Capítulo 1

Chester Falle, 2017.

"Las calles están húmedas cuando corro por encima de ellas, llevo la vista sobre mi hombro con rapidez, ocasionando que mi cabello abofetee mi rostro, lo único que percibo son las manchas oscuras, grandes y borrosas que son mis perseguidores. Mis gafas se han caído en la carrera.

Aprieto el paso y llevo mi vista hacia el cielo, mis piernas se detienen de manera abrupta, así mi cerebro les ordene lo contrario, la luna está en lo alto y su luz maravilla a mis ojos, jadeo y caigo de rodillas sobre el asfalto, me falta el aliento, me siento eclipsada.

Es tan hermosa.

Grito cuando mis perseguidores me alcanzan y se abalanzan sobre mí, me debato debajo de ellos mientras mordiscos y rasguños mortales son esparcidos por mi cuerpo. Mi cabello obstruye mi visión cuando terminan conmigo, pero eso no impide que distinga un par de ojos sobrenaturales que me observan con desdén y ferocidad".

Abro los ojos de golpe, con la respiración agitada y el cuerpo tembloroso por la adrenalina que corre por mis venas, mi pijama, un sencillo camisón de algodón, regalo de mi madre de hace un año, se pega a mi cuerpo como si fuese una segunda piel gracias al sudor que emana de mis poros. Me incorporo con lentitud en la mullida cama y limpio las escasas lágrimas que escapan de mis ojos, empujo mechones de mi cabello detrás de mis orejas y enciendo mi lámpara en la mesita de noche, me pongo mis gafas y salgo de mi lecho.

La adrenalina recorre mi cuerpo, manteniéndome alerta a posibles, e inexistentes, peligros, por lo que voy hasta mi armario y saco un conjunto deportivo, lo coloco en mi cuerpo, ato mi cabello y las agujetas de mis tenis, y salgo de mi habitación, caminando de puntillas por el largo pasillo hasta salir de mi austero y solitario hogar, siendo recibida rápidamente por la tranquilidad del bosque y frescura que la noche ofrece.

Me adentro en el bosque, iluminando mi camino con la linterna que tomé de la mesa en mi hogar, y comienzo a estirar mis extremidades, y con ellas mis músculos, para evitar algún desgarre o esguince. Cinco minutos después mi coleta golpetea constantemente mis hombros y espalda al compás de mis pasos, siento mis mejillas comenzar a sonrojar ante el calor que de a poco va adoptando mi cuerpo conforme los minutos pasan mientras corro, la linterna sigue iluminando mis pasos, de manera intermitente, pero lo hace.

Cuando estoy cerca de llegar a la hora corriendo, eso equivaldría a estar cerca de Chester Lake, el lago del pueblo, el aletear repentino de una bandada de pájaros me hace mirar violentamente a mi derecha, encontrando a una sobra, masculina, corriendo a la par mía. Abro demasiado los ojos, alarmada, y miro hacia la izquierda, encontrando a otras dos sombras de la misma contextura, maldigo mentalmente y freno en seco, tropezando con mis propios pies y cayendo de bruces en el césped y lodo, gimo y escupo un poco de lo mismo, escucho a las sombras detenerse segundos después y pronto los tengo a mis costados, cierro los ojos, esperando lo peor, mientras tomo con dedos temblorosos una afilada roca.

— ¿Te encuentras bien?—Mi cuerpo entra en tensión apenas escucho la voz masculina que claramente se dirige a mí. No respondo.

—Qué golpe te has dado.

—No te vamos a hacer daño. —Interviene una tercera voz al notarme temblar como la copa de un árbol ante un huracán despiadado.

Bufo y me doy la vuelta lentamente, ocultando sabiamente la roca, y la silueta de una mano es extendida en mi dirección, la aparto y me levanto sola, frunciendo el ceño cuando la luz de una linterna me apunta directamente a los ojos, me alejo un paso y parpadeo continuamente, quintado el encandilamiento que ese acto ha dejado en mí, observo con asombro disimulado a tres adolescentes ante mí, calmando ligeramente mi terror al percatarme de su edad, dos de ellos parecen ser de la mía mientras que el tercer sujeto bien podría tener la edad de mi hermano mayor.

— ¿Por qué me seguían?—Es lo primero que sale de mis labios, enarco una ceja y cruzo mis brazos, ignorando olímpicamente su atractivo y manteniendo mis sentidos alerta.

—No lo hacíamos. —Enarco la otra ceja, dándole una mirada de obviedad, suspira. —Solo… vamos tarde al toque de queda.

—Y nuestro padre tiende a ser algo aterrador si llegamos, bueno, como a estas horas.

—Cuatro horas tarde. —Culmina la primera voz, que pertenece a un chico rubio oscuro de ojos Hazel, los cuales parece compartir con los otros dos.

— ¿Sí? Genial, ¿podrían decirme el apellido de toda su familia? Porque juro que jamás los he visto por aquí, y llevo mi vida entera en este pueblo.

—Somos nuevos en él. —Aclara el mayor de todos nosotros y esboza una media sonrisa matadora. —Puede que dentro de poco escuches de nosotros, así que nos presento: soy Jagger y ellos son mis hermanos, Shane y Tanner Smeed.

—De acuerdo, no los entretengo más, hasta pronto. —Me despido y les doy la espalda, una mano áspera al tacto me toma por el brazo, a lo que respondo por instinto.

Me giro con rapidez, la punta afilada de la roca entre los dedos, y hago un buen corte del pómulo a la mitad de la mejilla de Jagger, quien retrocede con sobresalto y me mira sorprendido, salto en mi lugar cuando me parece escuchar a sus hermanos gruñir.

— ¿Acabas de…?—No logro escuchar el final de la oración, ya que corro a toda velocidad de regreso a mi hogar, durante el camino vuelvo la vista a mis espaldas, verificando que el trío Smeed no me siga, lo cual no llega a suceder.

Cerca del amanecer llego a mi casa, entro con sigilo y me quito los tenis, borro con mis calcetines las huellas de lodo que había dejado, me quito estos también, y camino a mi habitación, tomo una toalla y me encierro en el baño, abriendo la regadera e introduciéndome en ella al instante. El agua corre por mi cuerpo mientras mi respiración agitada por la carrera se normaliza.

Minutos después, vestida y con el cabello goteando por mi espalda, humedeciendo con lentitud mi mochila, camino por el pasillo de mi casa hasta llegar a la cocina, donde sin mediar palabra alguna mi tío, hermano menor de mi padre, me tiende de mala gana una bolsa de papel marrón, dentro hay dos emparedados, uno de mantequilla de maní y jalea de cereza, y otro de queso rancio y jamón; junto a los emparedados hay una diminuta botella de jugo de naranja. Lo de siempre.

Salgo de mi morada y entro en la destartalada camioneta, antes perteneciente a mi padre, ahora de Adán, mi nefasto hermano mayor, quien pone en marcha el vehículo antes de que si quiera cierre la puerta, me lanzo contra el salpicadero, evitando caer fuera de la camioneta, y lo maldigo mentalmente mientras empujo por el puente de mi nariz mis gafas de armazón negro.

Disfruto de mi desayuno, el primer emparedado, mientras observo el camino hacia el instituto, al cual llegamos luego de quince minutos, bajo de la camioneta y sin mediar palabra con Adán, echo a andar hacia la entrada, fijando la mirada en el piso a mis pies, sintiendo las ya acostumbradas miradas indiscretas de todo el instituto, profesores incluidos, sobre mí.

Todo este silencio y aislamiento de parte de mis compañeros hacia mí empezó cuando las muertes de mis familiares se supieron por el pueblo, cuando ocurrió la primera muerte, la de mi madre, todos me dieron sus condolencias, pero para la tercera, la de mi padre, todos comenzaron a alejarse hasta llegar a ignorarme y esquivarme. Este pueblo es extremadamente supersticioso, por lo que todos creen que mi familia, o por lo menos los que quedamos en ella, somos portadores de la muerte. Estamos malditos en pocas palabras.

Bufo y sigo mi camino, llegando a mi casillero, donde introduzco mi almuerzo embolsado junto a algunos de mis libros, cambiándolos por otros, mientras los demás siguen con su rutina, cierro el casillero y me giro, todos vuelven a guardar silencio y me observan. Siempre están observándome.

— ¡Mejor amiga!—Sonrío de manera involuntaria al escuchar la voz de mi mejor amigo, Jameson Mason, quien me conoce desde los pañales y es el único que aún sigue a mi lado a pesar de todo.

—Hola. —Murmuro, él entrelaza su brazo con el mío y tira de mí a través del pasillo, comenzando a darme el reporte de chismes de la mañana.

— ¡Hay una familia nueva en el pueblo!—Exclama, con los ojos chispeantes de la emoción, inmediatamente pienso en el trío de hermanos que conocí anoche y mi corazón comienza a latir frenético en mi caja torácica debido al nerviosismo que me invade.

— ¿Sí? Qué bien.

— ¡Y lo mejor es que los menores de la misma estarán en nuestro instituto!

— ¿Dónde si no, Jameson?—Me mofo, recordándole con ello que Chester High es el único instituto en el pueblo, él pone los ojos en blanco, fastidiado, suelto una risa queda, la cual se ve interrumpida abruptamente cuando diviso a uno de los hermanos Smeed, quien mira directamente en mi dirección, prestando atención a cada uno de mis movimientos.

Trago con fuerza y me obligo a desviar la mirada de él, centrándola en mi mejor amigo, quien parece haber sido silenciado, sigo el camino de su mirada y me petrifico al notar la llegada de otros cinco chicos, entre ellos los Smeed faltantes, quienes saludan a Tanner, intercambian unas palabras entre ellos y luego viran su mirada hasta mi persona, me quedo sin aliento al observar el rostro de Jagger.

Está sin un rasguño.

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