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Portada de la novela Luna Roja: El instinto de la carne

Luna Roja: El instinto de la carne

Aurelia viaja a San Lupo en busca de calma, pero halla un pueblo marcado por ritos de sangre y tributos a licántropos. Al conocer a Dante, un hombre de ferocidad latente, una atracción inevitable surge bajo la luna roja. Durante una tensa festividad, la verdadera forma de Dante se revela, despertando en Aurelia instintos viscerales que desconocía. Entre el peligro y el deseo, ambos se ven envueltos en una transformación que alterará sus destinos para siempre.
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Capítulo 3

El día había sido largo, y aunque Aurelia había intentado sumergirse en la calma de la rutina diaria del pueblo, algo seguía perturbándola. San Lupo, con su belleza extraña y su atmósfera densa, no dejaba de susurrar secretos que se negaban a ser revelados. Incluso el aire, cargado de humedad, parecía estar lleno de murmullos que no podía escuchar, pero que sin duda podía sentir. La sensación de que algo grande estaba por ocurrir se aferraba a su pecho, pesada y constante.

Esa tarde, mientras paseaba por el pueblo, decidió dirigirse hacia la plaza central. Los antiguos edificios de piedra rodeaban el espacio abierto, que en otros tiempos probablemente había sido un lugar de encuentro y celebración. Ahora, la plaza parecía estar vacía, desierta, pero la ausencia de gente no le dio una sensación de tranquilidad. Al contrario, la quietud le provocaba una incomodidad creciente. El pueblo, tan detenido en el tiempo, parecía estar esperando algo, pero no sabía qué.

Fue entonces cuando vio a Nora, la mujer que la había recibido en la casa. Nora caminaba hacia la iglesia del pueblo, una estructura antigua de piedra que se alzaba sobre una colina en el extremo opuesto de la plaza. Aurelia decidió seguirla, por curiosidad y porque sentía que en algún lugar dentro de ella, la necesidad de entender más sobre ese lugar estaba creciendo.

A medida que se acercaba a la iglesia, Aurelia notó que varios habitantes del pueblo también se dirigían en esa dirección. Aunque no había muchos, la gente parecía estar apresurada, como si algo importante estuviera por suceder. Los rostros de las personas eran serios, algunos incluso con una expresión casi temerosa, como si todo lo que hicieran dependiera de lo que ocurriría dentro de ese edificio.

Nora, al ver que Aurelia la seguía, se detuvo y le hizo un gesto para que se acercara.

-¿Qué está pasando? -preguntó Aurelia, sin poder contener la curiosidad que la consumía.

Nora la miró con una ligera sonrisa, pero sus ojos no reflejaron la calidez que la acompañaba normalmente. En cambio, había una mirada cautelosa, como si no quisiera revelar demasiado.

-Es... algo que tenemos que hacer. El pueblo lo hace cada mes, pero con la luna llena... es diferente -respondió Nora, mirando hacia la iglesia con una reverencia contenida. Aurelia percibió el leve temblor en su voz.

Intrigada, Aurelia no dijo más y siguió a Nora hasta el umbral de la iglesia. Los habitantes del pueblo se dispersaban, entrando en el edificio uno a uno, sin hacer ruido. Dentro, la iglesia estaba oscura, iluminada solo por algunas velas que parpadeaban tenuemente. La atmósfera era pesada, cargada de una energía palpable que hizo que Aurelia se sintiera como si estuviera invadiendo un espacio sagrado, un lugar donde no pertenecía.

Nora la guió hacia uno de los bancos del fondo. Aurelia se sentó en silencio, observando todo con atención. El aire estaba impregnado de un aroma a incienso que no alcanzaba a disipar la sensación de tensión que llenaba cada rincón. Los murmullos de la gente se desvanecían en el eco de las paredes de piedra, y cada paso parecía amplificado. Poco a poco, la congregación se fue reuniendo en silencio, y la puerta de la iglesia se cerró con un suave y pesado crujido.

Fue entonces cuando el sacerdote, un hombre de aspecto austero, se acercó al altar. Aurelia lo observó detenidamente. Su rostro era severo, con una expresión de concentración casi obsesiva. A medida que se acercaba al altar, los habitantes del pueblo se levantaron en un susurro colectivo, reverenciando su presencia. Aurelia hizo lo mismo, aunque no entendía completamente por qué.

El sacerdote comenzó a hablar en un tono bajo y solemne, sus palabras resonando en el silencio de la iglesia. Aunque no entendía todas las palabras, Aurelia pudo captar fragmentos de lo que decía. Había algo en su voz que era casi hipnótico, como si estuviera pronunciando un antiguo conjuro, una invocación.

-... la luna roja se acerca, como lo hace cada ciclo. Con ella llega la purificación, el cambio, la transformación... el equilibrio -dijo el sacerdote, mirando a los reunidos con ojos penetrantes-. Debemos ofrecer nuestros sacrificios para asegurar que la sangre de la luna nos proteja una vez más.

Un escalofrío recorrió la espalda de Aurelia. Aunque no entendía completamente lo que estaba sucediendo, las palabras del sacerdote tenían un peso que la inquietaba. Era como si esas palabras no fueran solo oraciones religiosas, sino algo mucho más profundo, algo que implicaba el destino de todos en ese lugar.

Aurelia miró a su alrededor, buscando alguna pista en los rostros de los demás. Los habitantes del pueblo estaban todos con la cabeza inclinada, como si la mención de la luna roja les produjera un miedo reverente. Sus ojos mostraban una mezcla de temor y aceptación, como si estuvieran listos para recibir lo que estaba por venir, sin cuestionarlo.

Nora, a su lado, susurró con voz baja.

-La luna roja no es solo una fase. Es... algo que nos une a todos. Es el momento en que todo se renueva, pero solo si ofrecemos lo que se nos pide. Si no... el pueblo sufriría.

Aurelia no pudo evitar mirarla, sorprendida por la intensidad de sus palabras. ¿Qué quería decir con "ofrecer lo que se nos pide"? ¿Y qué pasaba si no lo hacían? La sensación de estar atrapada en una historia que no entendía creció dentro de ella, pero, por alguna razón, no pudo apartarse de la escena que se desplegaba ante sus ojos.

El sacerdote levantó las manos al cielo, y la luz de las velas pareció intensificarse, bañando la iglesia en una luz rojiza. Los habitantes del pueblo comenzaron a murmurar en voz baja, como si estuvieran repitiendo una oración ancestral. Aurelia los observó con una creciente sensación de alienación. No podía comprender la devoción que parecía envolver a todos los presentes, pero sabía que había algo en esta tradición que era mucho más que un simple rito.

De repente, la puerta principal de la iglesia se abrió, y un viento helado hizo que las velas titilaran con fuerza. Aurelia se giró rápidamente, y en ese instante, vio una figura de pie en el umbral de la puerta. Era Dante.

Él no entró, pero su presencia era tan poderosa que parecía llenar la iglesia por completo. Los murmullos cesaron inmediatamente, y todos los ojos se volvieron hacia él, como si su aparición hubiera sido el punto culminante de la ceremonia. Aurelia, aunque sorprendida por su llegada, sintió una extraña conexión con él, como si, de alguna manera, él fuera parte de este ritual que no comprendía.

Dante miró a su alrededor, y luego sus ojos se encontraron con los de Aurelia. Fue una mirada breve, pero cargada de algo profundo, algo que solo ella podía sentir. Había algo en él que no encajaba con el resto de los habitantes del pueblo, algo que lo hacía diferente. No era miedo lo que provocaba en ella, sino una inquietante fascinación.

El sacerdote hizo un gesto con la mano, y el viento cesó de inmediato. Dante asintió una sola vez y luego se dio media vuelta, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Pero su presencia, como la de la luna roja, no desapareció tan fácilmente.

Aurelia se quedó en su lugar, observando cómo el sacerdote comenzaba a recitar una plegaria final, y cómo los habitantes del pueblo, uno a uno, se acercaban al altar para hacer su ofrenda. Algunos colocaban flores marchitas, otros parecían murmurar algo bajo el aliento antes de marcharse.

Cuando todo terminó, Aurelia se levantó, confundida y más inquieta que nunca. Nora, que había estado en silencio todo el tiempo, se acercó a ella.

-La luna roja es un momento de renacimiento... pero también de sacrificio. Debemos vivir con ella, y si no lo hacemos, las consecuencias serán terribles -dijo Nora, su voz apenas un susurro.

Aurelia no respondió. La iglesia, que antes le había parecido un lugar sagrado, ahora le parecía un sitio lleno de sombras y secretos oscuros. El miedo reverente que sentía el pueblo ante la luna roja no era solo superstición. Era algo mucho más profundo, algo con lo que Aurelia tendría que lidiar, aunque aún no entendía cómo.

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