Portada de la novela Luna Roja: El instinto de la carne

Luna Roja: El instinto de la carne

9.4 / 10.0
Aurelia viaja a San Lupo en busca de calma, pero halla un pueblo marcado por ritos de sangre y tributos a licántropos. Al conocer a Dante, un hombre de ferocidad latente, una atracción inevitable surge bajo la luna roja. Durante una tensa festividad, la verdadera forma de Dante se revela, despertando en Aurelia instintos viscerales que desconocía. Entre el peligro y el deseo, ambos se ven envueltos en una transformación que alterará sus destinos para siempre.

Luna Roja: El instinto de la carne Capítulo 1

Aurelia había viajado durante horas, atravesando montañas y valles, hasta llegar al último tramo de su viaje. La carretera que la llevaba a San Lupo serpenteaba a través de un espeso bosque que parecía envolverlo todo en un silencio pesado. Cada vez que miraba por la ventana del coche, veía cómo las sombras de los árboles se alargaban y se entrelazaban, como si la naturaleza misma quisiera ocultar algo. A lo lejos, una neblina espesa comenzaba a descender, cubriendo las colinas y el horizonte.

Se detuvo frente a una señal que indicaba la entrada al pueblo. "San Lupo", decía en letras doradas, pero lo que más le llamó la atención no fue el nombre en sí, sino la sensación de inquietud que la invadió al mirarlo. Algo en el aire parecía distinto, y no era solo por la naturaleza salvaje que rodeaba el lugar. Era como si el pueblo estuviera impregnado de una energía antigua, casi mágica, que la hacía sentirse fuera de lugar. Pero, a pesar de la extraña sensación que le invadía, Aurelia no podía evitar sentirse atraída por la belleza sombría del lugar.

El coche avanzó lentamente, cruzando el puente de madera que parecía crujir con cada movimiento. La niebla se espesaba a medida que se adentraba en el pueblo, dándole un aire aún más místico. Las casas de madera y piedra, construidas de forma irregular, se alineaban a lo largo de las estrechas calles empedradas. El pueblo, aunque pequeño, parecía estar detenido en el tiempo. Las luces de las farolas titilaban tenuemente, iluminando la calle principal con una luz amarillenta que parecía a duras penas penetrar la oscuridad.

Aurelia se sentó erguida, observando todo con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Había escuchado historias sobre este lugar, rumores oscuros que hablaban de pactos secretos y antiguas tradiciones. Pero no creía en cuentos de viejas ni en supersticiones. Sin embargo, el aire pesado que envolvía San Lupo parecía desafiar esa lógica. Cada rincón, cada sombra, parecía esconder algo. Era como si el pueblo mismo estuviera respirando, como si tuviera una vida propia.

El coche finalmente se detuvo frente a una casa de fachada gris, con un pequeño jardín cubierto de musgo. La puerta principal estaba ligeramente entreabierta, y Aurelia pudo ver a través de la ventana una figura que se acercaba a abrir. Una mujer de rostro suave y ojos cálidos la recibió con una sonrisa que, por un instante, disipó la sensación de inquietud que la había acompañado todo el viaje.

-Bienvenida, Aurelia -dijo la mujer, su voz profunda y reconfortante-. Soy Nora, la encargada de la casa. Sé que esto puede ser un cambio grande, pero aquí todo es... tranquilo, todo se mueve a su propio ritmo.

Aurelia asintió, aunque en su interior algo le decía que "tranquilo" no era lo que sentiría en ese lugar. Agradeció a Nora mientras recogía su maleta del asiento trasero y salía del coche. La neblina ya comenzaba a envolver el pueblo por completo, sumiendo todo en una oscuridad que no parecía tener fin.

Mientras seguía a Nora hacia la casa, Aurelia no pudo evitar mirar atrás, como si algo la llamara. En un instante, la figura de un hombre se recortó entre la niebla al final de la calle. No era más que una sombra, pero algo en su postura, erguida y tranquila, hizo que su pulso se acelerara. De alguna manera, su presencia parecía estar vinculada a la atmósfera misma de San Lupo, tan enigmática y distante.

Nora notó su mirada y siguió su línea de visión.

-No te preocupes, Aurelia. Es solo el alcalde, Alejandro. Es una buena persona, pero un poco... serio. Todos en el pueblo lo respetan, pero casi nadie lo conoce realmente -explicó con una leve sonrisa.

Aurelia asintió, aunque algo en la figura de ese hombre le parecía extrañamente familiar, como si ya lo hubiera visto en algún lugar, en alguna otra vida. Pero, al igual que con el pueblo, no podía precisar qué era lo que le provocaba esa sensación. Sin decir nada más, Nora la condujo al interior de la casa.

La casa estaba oscura, con muebles de madera envejecida y una chimenea apagada que aún conservaba el eco de una calidez olvidada. Aurelia dejó su maleta en el pasillo y miró a su alrededor, buscando una sensación de hogar. Sin embargo, todo en la casa parecía estar cubierto por una capa invisible de antigüedad. Las paredes de piedra parecían susurrar secretos, y la madera crujía con cada paso, como si la casa estuviera viva y consciente de su presencia.

-Tu habitación está en el segundo piso. Es pequeña, pero cómoda -dijo Nora, guiándola por las escaleras de madera.

Aurelia subió lentamente, observando cada detalle de la casa. Cuanto más caminaba por ese lugar, más notaba la presencia de algo extraño, algo que no podía poner en palabras. El aire estaba cargado de una energía misteriosa que se asentaba sobre su piel como una capa. Parecía un lugar donde el tiempo se había detenido, un lugar donde las sombras jugaban a esconder lo que realmente sucedía.

Cuando Nora la dejó en la habitación, Aurelia se acercó a la ventana. Desde allí, el pueblo se veía diferente. La niebla cubría todo el paisaje, pero a lo lejos, las colinas parecían extenderse interminablemente, como un mar oscuro que se perdía en el horizonte. En esa quietud, pudo escuchar algo más allá de sus pensamientos, algo que se movía entre los árboles, algo que respiraba, como si el bosque en sí estuviera aguardando.

Se acercó más a la ventana, buscando el origen de ese sonido, pero no vio nada. Solo la oscuridad y el murmullo lejano del viento entre los árboles. Sintió una ligera presión en su pecho, como si la atmósfera del lugar la estuviera envolviendo, empujándola a permanecer alerta, a estar atenta.

-Es solo el viento -se dijo a sí misma, aunque las palabras sonaron vacías.

Nora apareció en la puerta de la habitación.

-Es tarde, quizás debas descansar. Mañana será un día largo -dijo, sonriendo con suavidad.

Aurelia asintió, aunque sabía que no podría dormir aún. Algo en ese lugar la mantenía despierta, una mezcla de miedo y fascinación que no podía explicar. Mientras Nora cerraba la puerta tras ella, Aurelia volvió a mirar por la ventana. La figura del hombre que había visto antes ya no estaba allí, pero algo dentro de ella sentía que él, al igual que el pueblo, siempre estaría presente. En San Lupo, nada desaparecía realmente.

La oscuridad crecía afuera, y Aurelia se sintió pequeña, como una intrusa en un mundo que no comprendía. Pero al mismo tiempo, había algo en esa oscuridad que la atraía, algo que la llamaba desde el mismo fondo del bosque.

Con una última mirada a la ventana, Aurelia se tumbó en la cama. Cerró los ojos, pero sabía que el sueño no llegaría fácilmente esa noche. San Lupo ya había dejado su marca en ella.

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