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Portada de la novela Luna rechazada: destinada a un Alfa Maldito

Luna rechazada: destinada a un Alfa Maldito

Elena, una Omega huérfana y marginada, soñaba con hallar consuelo en su pareja predestinada. Sin embargo, su esperanza se desmorona cuando el Alfa Caleb la rechaza públicamente para elegir a la ambiciosa Natalie. Tras la humillación, Elena encuentra a Davis, un Alfa temido por una supuesta maldición. Él le brinda el valor y respeto que nunca tuvo, poniéndola ante una encrucijada: sanar sus viejas heridas o arriesgarse a un futuro incierto a su lado.
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Capítulo 2

Vivir sin padres nunca había sido fácil para mí. El Alfa anterior, padre de Caleb, me dijo que murieron en una batalla entre manadas rivales.

No era un hombre amable, pero aun así me acogió por pura compasión. Incluso me permitió estudiar en la escuela para miembros de bajo rango de la manada y, por un tiempo, creí que podría vivir como los demás.

Esa ilusión se desvaneció por completo tras su muerte.

Desde que Caleb asumió el liderazgo, mi vida dio un vuelco, y lo primero que hizo fue obligarme a dejar la escuela.

Luego, me rebajó a sirvienta y me asignó las tareas más desagradables. Su advertencia todavía resonaba en mi mente: si quería seguir viviendo bajo su techo, debía ganármelo con mi trabajo.

Casi siempre me miraba con asco. Su mirada albergaba una frialdad que me ponía tensa. Intenté no cruzarme en su camino ni mirarlo a los ojos, pero nada cambió. Por más que hiciera, me seguía tratando como a la basura.

Desde que nací, tenía una extraña marca en la espalda. No era grande, apenas del tamaño de un limón pequeño, pero resaltaba en mi piel.

Era una luna dorada envuelta en espinas negras, como cadenas que la sujetaban.

Años atrás, el chamán me advirtió que la marca albergaba una maldición. Por eso debía mantenerla oculta. Si la persona equivocada la veía, podrían pensar que no merecía vivir.

De repente, un fuerte golpe retumbó en la habitación e interrumpió mis pensamientos.

Enseguida me sequé las lágrimas, pero no fui lo bastante rápida, porque Natalie ya había entrado. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Su mirada dejaba claro que disfrutaba atrapándome en ese estado.

"¿En serio?", dijo con una risa burlona mientras se acercaba. "¿Otra vez estás aquí sentada llorando? Qué vergüenza".

No logré articular palabra. Mantuve la cabeza baja mientras el miedo me invadía. En mi interior, Maryse gruñó con furia, luchando por liberarse. Quería despedazar a Natalie, pero el terror me dejó clavada en el sitio.

Se acercó aún más, hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del mío, y el fuerte aroma de su perfume casi me asfixió.

"Conque esa es la razón por la que te has estado comportando así", murmuró, y cada palabra cortó hondo. "¿En serio pensaste que ser la compañera de Caleb te hacía importante? Qué gracioso. Todo el mundo lo sabe, Elena. El problema es que a nadie le importa. No eres nada para él. Ni siquiera te quiere cerca. Tarde o temprano, te rechazará frente a todos y, cuando eso suceda, desearás no haber llegado nunca a esta manada".

Me temblaron los labios al intentar contener las lágrimas.

Ella bajó la voz, y la amenaza en sus ojos me oprimió el pecho. "No le digas a nadie lo que te acabo de decir, o te arrepentirás".

No pude responder. Solo logré asentir débilmente.

Con aire satisfecho, Natalie retrocedió y se sacudió la falda con asco.

"Así me gusta. Límpiate la cara de una vez. Verte llorar es muy molesto. Y si la gente se entera del motivo de esas lágrimas, créeme, las cosas se pondrán mucho peor para ti".

Sin esperar respuesta, salió de la habitación. Sus rizos castaños rebotaban a su espalda mientras la puerta se cerraba de un portazo.

Incluso después de que se marchara, sus palabras siguieron reptando en mi cabeza como veneno. Lo que más me inquietaba no era la amenaza, sino el hecho de que ya sabían que Caleb era mi mate.

Se suponía que los compañeros debían apoyarse mutuamente. Se suponía que debían protegerse sin importar lo que sucediera.

Justo cuando salí de la lavandería, con la esperanza de escapar un poco de la tensión sofocante, Hannah me cerró el paso cerca de la entrada de la cocina. "A partir de hoy te encargarás de limpiar los baños", anunció con brusquedad, sin darme tiempo a reaccionar. "Y no esperes que eso cambie pronto".

La confusión me invadió de inmediato. "¿Qué? Esa es la peor tarea de la manada".

Me dio una bofetada antes de que pudiera decir nada más.

El impacto me hizo tropezar y caer al suelo, mientras el dolor me ardía en la mejilla.

"¡No te pedí tu opinión! ¡Levántate y haz tu trabajo!". Soltó una risita cruel al verme intentar ponerme en pie.

Me temblaba todo el cuerpo, pero aun así me obligué a obedecer. En el fondo, sabía que esa no había sido una decisión de Hannah. Natalie estaba detrás de todo eso.

A partir de entonces, mis días se volvieron insoportables.

Cualquier cosa que saliera mal en la casa, de alguna manera, terminaba siendo culpa mía. Si se rompía un jarrón, Natalie me echaba la culpa. Si alguien derramaba una bebida o rasgaba una tela, me señalaba de inmediato, como si hubiera estado esperando la oportunidad. Nadie cuestionaba sus acusaciones. Los demás solo se reían y susurraban a mis espaldas mientras me miraban con desprecio.

En medio de todo aquello, Caleb se mantenía en silencio.

Lo veía todo, pero nunca intervenía para detenerlas.

Varios días después, corrí hacia la cocina a primera hora de la mañana tras escuchar a Hannah gritar a los sirvientes. En cuanto entré, una costosa pieza de cubertería se estrelló contra el suelo justo frente a mí.

El estruendo resonó por toda la cocina.

Poco después, Natalie entró con expresión sombría, aunque su mirada delataba que toda la escena estaba ensayada.

"Hannah, no te quedes ahí parada y permitas que ella se salga con la suya", ordenó con frialdad. "No nos ha traído más que problemas".

Hannah asintió de inmediato. Antes de que pudiera alejarme, las dos me acorralaron contra la pared de la despensa. La angustia me oprimió el pecho al darme cuenta de que algo terrible estaba a punto de suceder, pero ya no tenía adónde huir.

"Quizá esto por fin te enseñe cuál es tu lugar", escupió antes de golpearme.

Grité y les rogué que se detuvieran, pero nadie vino a ayudarme.

De repente, un profundo gruñido interrumpió el caos. "¿Qué demonios está pasando aquí?".

En el instante en que escuché la voz de Caleb, la esperanza me invadió con tanta fuerza que hasta dolió. Por un estúpido momento, creí que por fin había venido a protegerme.

Natalie reaccionó antes de que yo pudiera mover un músculo. Con voz temblorosa y llena de falsa inocencia, corrió hacia él y levantó una mano herida.

"Alfa Caleb", lo llamó con suavidad. "Elena me atacó con un trozo de cristal. Mira esto. Estoy sangrando por su culpa".

"¡Eso es mentira!", grité. "¡No la he tocado!".

"¡Suficiente!", bramó él, mirándome con una furia que le ardía en los ojos. "¡Arrójenla al sótano oscuro!".

Me quedé paralizada.

Él era mi compañero, pero ni siquiera prestó atención a los moretones que me cubrían. No le importé lo suficiente como para escuchar mi versión. Caleb nunca iba a salvarme.

Todo esto había sido planeado desde el principio, y la sonrisa de satisfacción de Natalie no hizo más que confirmarlo.

Las dos me agarraron con brusquedad y me arrastraron escaleras abajo. El sótano parecía más una tumba que una prisión. La humedad cubría las paredes y el moho se extendía sobre la piedra como podredumbre. Una antorcha agonizante parpadeaba con debilidad en un rincón, y el olor fétido del aire me revolvió el estómago.

"Te quedarás aquí hasta que consideremos que has sufrido lo suficiente", sentenció Natalie con frialdad.

Antes de irse, me dedicó una última mirada con el triunfo dibujado en el rostro.

"Qué criatura tan patética".

Luego, la puerta se cerró de un portazo.

Los días en ese lugar se volvieron borrosos.

El frío de la piedra se me clavaba en la espalda cada noche, mientras el hambre me drenaba poco a poco las fuerzas. La oscuridad se volvió insoportable, pero Maryse permaneció a mi lado a pesar de todo. Incluso estando herida, intentaba consolarme cada vez que sentía que iba a desmoronarme.

Al séptimo día, la puerta del sótano por fin volvió a abrirse.

Hannah estaba allí, esperándome con una expresión indescifrable.

"Levántate", ordenó con sequedad. "El Alfa Caleb pregunta por ti".

Una pequeña chispa de esperanza se encendió en mi interior a pesar de todo.

Sin embargo, Hannah destruyó esa ilusión con sus siguientes palabras.

"Vas a ser entregada al Alfa Davis", anunció con una sonrisa cruel. "Y ya sabes lo que les pasa a las mujeres que le envían. Ninguna de sus esposas ha vivido más de un año".

Sentí que me quedaba sin aire.

"¿Qué? No... él no me haría algo así".

Hannah estalló en carcajadas.

"¿Todavía sueñas con que Caleb te elija? La señora Natalie consiguió exactamente lo que quería. Lo convenció para que se deshiciera de ti. Ninguna mujer quiere al Alfa Davis. Todos saben que está maldito. Pero Caleb gana poder con este acuerdo, y tú eres el precio que decidió pagar. Eso es todo lo que serás. Un sacrificio por la alianza".

Lo último que vi fue la sonrisa burlona de Hannah antes de que me agarrara del brazo y me sacara a rastras de allí.

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