Portada de la novela Ganar la eternidad

Ganar la eternidad

8.6 / 10.0
En Ganar la eternidad, Alana arriesga su vida en un torneo letal para recuperar el tiempo perdido. Esta fantasy novel sigue su transformación en una criatura nocturna entre desafíos mortales y un amor imprevisto, destacando entre los nuevos vampire romance books de acción.
Resumen de Ganar la eternidad
Alana decide abandonar su tediosa vida como contadora para participar en un peligroso torneo de vampiros. En esta competencia sangrienta, cada reto mortal busca convertirla en un ser de la noche, desafiando su moral y sus convicciones. Mientras lucha por sobrevivir y ganar la inmortalidad, un romance imprevisto surge para complicar su camino hacia el poder eterno. ¿Podrá superar las pruebas y alcanzar la eternidad que tanto desea tras años de frustración?
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Ganar la eternidad Capítulo 1

Dormir de día para poder mantenerse alerta durante la noche resultó ser más inconveniente de lo que había previsto.

Estaba casi segura de que antes de arrastrarla al inquietante dormitorio que compartía con tres desconocidas le habían inyectado algo para hacerla dormir, pero había abierto los ojos unas horas después, no tenía manera de calcular cuantas ya que no había ni relojes ni ventanas en esa habitación, y no había podido volver a conciliar el sueño.

¿Sería posible que llevara más de un día inconsciente en ese lugar? No, era muy improbable, no la habían llevado hasta ahí a dormir.

No sabía que esperar de las siguientes horas, no tenía ninguna estrategia para ganar ni tampoco le parecía que tuviera alguna cualidad en particular de la que pudiera servirse para asegurar su supervivencia, pero con todo, su cerebro había decidido obsesionarse con tonterías que le molestaban en vez de centrar su energía en algo útil.

Le inquietaba no saber cuanto tiempo tenía antes de que cayera la noche y con eso iniciara el grotesco espectáculo del que había decidido formar parte, no tenía idea de donde estaba y no había ninguna de sus pertenencias a la vista, ni siquiera la ropa que llevaba puesta cuando la trajeron.

Lo único que alcanzaba a ver eran cuatro muros simples de color blanco, cuatro camas iguales con sabanas del mismo color, una pequeña mesa de noche a lado de cada una y un pequeño baúl a los pies.

Seguramente no sería esa la única habitación ¿verdad? Había supuesto que llevarían a más personas y dudaba mucho que los juegos se llevaran a cabo ahí mismo porque tenía entendido que habría una audiencia y era imposible que pudieran acomodarla en el pequeño dormitorio, pero ¿Contaría el edificio con las instalaciones que los humanos necesitaban para sobrevivir al menos el tiempo que pensaran tenerlos ahí? ¿Se preocuparían si quiera por permitirles asearse, alimentarlos y cubrir sus otras necesidades básicas? ¿Cómo era posible que no hubiera pensado en eso hasta ese momento?

Bueno, la habían hecho dormir en una cama y una habitación que si bien era austera estaba muy lejos de poder compararse con una celda, así que esa era una buena señal.

¿Cuanto tiempo llevaba despierta? Nunca había tenido una buena noción del tiempo.

¿Debería intentar volver a dormirse igual que sus compañeras? ¿O ya faltaba poco para que fueran a buscarlas?

No pudo evitar resoplar, fastidiada. La espera y la incertidumbre eran insoportables. Ojala que, lo que fuera que estaba por suceder, empezara de una vez para que terminara cuanto antes.

Se quedó dando vueltas en la cama, suspirando molesta de vez en cuando, por quién sabe cuanto tiempo, hasta que se escucharon golpes en la puerta, cuya intención con toda certeza era despertarlas.

— Arriba. Tienen 10 minutos para estar listas.

Anunció en tono autoritario una voz masculina.

Se levantó con un suspiro y apenas se permitió darle un vistazo a la habitación, ahora iluminada por una potente lampara que acaban de encender.

Descubrió que había un pequeño lavabo en una de las esquinas, bastaría para lavarse la cara.

La ocupante de la cama contigua a la suya, una chica morena de cabello rizado, fue la primera que se aventuró a abrir el pequeño baúl que estaba a los pies de su cama.

Encontró una especie de overol color gris con el que remplazar el camisón blanco que tenía puesto y un par de zapatos deportivos negros, así como un modesto neceser de artículos personales.

Todas la imitaron, poniéndose el uniforme rápidamente.

A Alana le sorprendió que la chica se movía con tanta eficiencia que además le dio tiempo de sujetarse el cabello en una coleta, hacer su cama y doblar su camisón para dejarlo en el baúl. Sorprendente, sí, pero no estaba segura de que preocuparse por esos detalles fuera a servirle de algo.

¿A quién le importaba dejar su cama hecha cuando sabía que había una alta

probabilidad de que no volviera a ella.

Pasados lo que podría apostar fueron 10 minutos exactos, la puerta de abrió.

— Salgan y formen una fila.

Indicó la misma voz.

Se colocó detrás de las otras chicas, un tanto inquieta por lo mucho que esa rutina y las ordenes que les ladraban le recordaban una escuela.

Pudo comprobar que estaba en lo cierto, había otros dormitorios y de cada uno de ellos salían grupos ordenados para integrar una sola fila de unas treinta personas de largo.

Siguieron en completo silencio a un hombre, por llamarle de una manera, que llevaba un impecable traje negro en vez de un overol.

Los condujo por un pasillo largo y finalmente por unas escaleras de madera que crujían terriblemente cada que las pisaban.

Bajaron un par de pisos y luego se detuvieron en un pasillo, con una puerta abierta de cada lado.

— Izquierda. Derecha. Izquierda.

Gruñía señalando la puerta respectiva, de modo que quedaron divididos en dos grupos.

A Alana le tocó encontrar a la puerta de lado izquierdo.

“Tiene que ser una puta broma” Pensó al ver que, de hecho, la habían hecho entrar a una habitación con pupitres y un pizarrón al frente, como un salón de clases.

Los que habían entrado antes que ella tomaron asiento y ella los imitó.

Cuando el ultimo estuvo ocupado, la puerta se cerró con un sonoro azotón.

Por unos segundos el silencio reinó en esa parodia de un aula. Le pareció que el aire pesaba tanto que podría aplastarla.

Si hubiera podido prestar atención a lo que sucedía a su al rededor hubiera notado los signos que delataban que sus compañeros estaban experimentando, cada uno por su cuenta, la misma tensión: Las manos sudorosas, los tics, la postura rígida, la respiración agitada, el movimiento de los labios que susurraban en voz baja una oración; pero había tenido que concentrarse en quedarse quieta en su lugar y no empezar a hiperventilar.

Quería salir corriendo de ahí ¿En que mierda había estado pensando? Pero ya era demasiado tarde, ahora sólo le quedaba una manera de salir de ahí “viva”.

Cuando ya se encontraba al borde de un ataque de nervios, la pantalla se desenrollo, cubriendo parte del pizarrón, y el proyector colgado de alguna parte del techo se encendió.

Por obra y arte de una tecnología que estaba completamente fuera de lugar en ese edificio que parecía ser más viejo que los padres de sus abuelos, apareció la imagen de una mujer, por decirlo de alguna manera, con piel de nieve inmaculada, ojos azules y risos dorados que caían como una cascada hasta su cadera. La belleza de ese cadáver la había dejado sin aliento.

— Bienvenidos, mis queridos mortales. Al tratarse de la primera noche, decidimos que las reglas de esta ronda fueran lo más simples posible. Sólo tienen que responder a una pregunta con “Sí” o “No” ¿Debería matar a todos en el salón de enfrente? Si les sirve como pista, no podemos quedarnos sin jugadores en la primer ronda ¿Cierto? Así que tomaré en cuenta la respuesta del primer que la escriba en la pizarra. Tienen un máximo de 10 minutos para decidir.

Dijo la vampiresa con voz aniñada y una sonrisa aterradora en su rostro que parecía haber sido pintado por Botticelli.

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Tabla de contenidos de Ganar la eternidad

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Ch. 5
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