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Portada de la novela Lujuria Encubierta - Parte I

Lujuria Encubierta - Parte I

La vida de Trina, una talentosa arquitecta de Madrid, da un giro radical tras aceptar un encargo de lujo en una propiedad exclusiva. En este entorno, conoce a Alejandro, un influyente empresario que le plantea un acuerdo basado solo en el placer. A pesar de la intensa atracción, ella empieza a desentrañar los secretos de su amante. Entre el erotismo y el peligro, Trina descubre nexos con la mafia Volkov y la ruina de los Vargas en el sur español.
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Capítulo 2

La ama de llaves la guio por un pasillo largo y silencioso, hasta una puerta doble de madera maciza. La abrió con un gesto. —Adelante, por favor.

Trina entró en un salón vasto, inundado de luz natural que se filtraba por unos ventanales altísimos. La estancia estaba decorada con una elegancia sobria, dominada por una chimenea de mármol y una colección de libros antiguos. Había un hombre de espaldas a ella, de pie frente a uno de los ventanales, observando el paisaje. Su silueta era imponente, ancha de hombros, con una elegancia natural que trascendía la ropa que vestía.

Un escalofrío recorrió la espalda de Trina. Era la misma sensación que experimentaba antes de un gran desafío, una mezcla de nerviosismo y anticipación. El hombre no se movió de inmediato, como si quisiera prolongar el misterio. Trina se mantuvo en silencio, esperando.

Finalmente, él se giró.

Y en ese instante, el mundo de Trina se detuvo.

No era solo su atractivo físico, que era innegable: cabello oscuro y ligeramente desordenado, ojos de un color indefinible que parecían ver a través de ella, una mandíbula fuerte y unos labios que prometían tanto peligro como placer. Era la intensidad de su mirada, la forma en que la escudriñó de arriba abajo, como si estuviera desnudando su alma con una sola ojeada. Era la energía que emanaba de él, una mezcla de poder, control y una oscuridad latente que la atraía y la asustaba a partes iguales.

Era Alejandro.

No necesitaba que nadie se lo presentara. Su presencia llenaba la habitación, eclipsando todo lo demás. Trina sintió un calor inusual extenderse por su cuerpo, una respuesta visceral que no había experimentado en años. Sus defensas, tan cuidadosamente construidas, comenzaron a resquebrajarse.

Él dio un paso hacia ella, su voz profunda y resonante. —Señorita Trina. Es un placer.

Su voz era como un eco en el silencio del salón, una melodía grave que vibraba en su pecho. Trina se encontró luchando por encontrar las palabras. —Señor…

—Alejandro. Solo Alejandro.

Su mirada se clavó en la suya, un desafío silencioso. Trina sintió que estaba a punto de caer en un abismo, uno del que no estaba segura de querer escapar. Este hombre era el detalle. El detalle que lo cambiaría todo.

El aire en el vasto salón se volvió denso, cargado de una electricidad innegable. La mirada de Alejandro era un imán, arrastrando a Trina hacia una órbita desconocida. No era solo la intensidad de sus ojos, de un tono indescifrable entre el gris y el verde oscuro, sino la forma en que la escudriñaban, como si cada fibra de su ser estuviera siendo analizada, desmenuzada. Trina, acostumbrada a mantener el control en cada situación, sintió que sus defensas se tambaleaban.

—Alejandro —repitió ella, la palabra sonando extraña en su propia voz, un poco más ronca de lo habitual. Se obligó a extender la mano, un gesto profesional que buscaba anclarla a la realidad. —Trina. Es un placer conocerlo.

Él tomó su mano. Su piel era cálida, firme. El contacto fue breve, pero un escalofrío recorrió el brazo de Trina, un chispazo que la dejó sin aliento. Sus dedos se demoraron un instante más de lo necesario, una caricia apenas perceptible que la hizo consciente de cada centímetro de su piel.

—El placer es mío, Trina —dijo Alejandro, su voz grave y melódica, con un ligero acento que Trina no pudo ubicar de inmediato, pero que le resultaba extrañamente seductor. Sus labios se curvaron en una media sonrisa que no alcanzaba sus ojos, una expresión enigmática que prometía tanto como ocultaba. —He oído mucho sobre su trabajo. Su reputación la precede.

Trina retiró su mano, sintiendo el vacío que dejó su ausencia. —Gracias. Lo mismo digo, aunque su identidad ha sido un misterio hasta ahora.

Alejandro soltó una risa baja, un sonido que vibró en el pecho de Trina. —Me gusta la discreción. Especialmente en asuntos tan… personales como la creación de un santuario.

Señaló con un gesto hacia los ventanales, que ofrecían una vista panorámica de los extensos jardines descuidados. —Como puede ver, este lugar necesita su toque. Quiero algo más que un jardín. Quiero un refugio. Un lugar donde el mundo exterior no pueda penetrar.

Trina asintió, intentando recuperar su compostura. —Entiendo. He revisado los planos preliminares. Es un proyecto ambicioso.

—Me gustan los desafíos. Y sé que usted también.

Su mirada la atrapó de nuevo, y Trina sintió que él no solo hablaba del proyecto. Había un subtexto, una invitación silenciosa a un juego que ella apenas comenzaba a comprender.

—He preparado una presentación con mis ideas iniciales —dijo Trina, abriendo su maletín y sacando su tablet. Quería volver al terreno profesional, usar su trabajo como escudo.

Alejandro se acercó a una mesa de centro de madera oscura y le hizo un gesto para que se sentara. Él se sentó frente a ella, recostándose en el respaldo de su sillón de cuero, observándola con una intensidad que la hacía sentir expuesta.

Trina comenzó a hablar sobre sus conceptos, sobre la armonía entre la naturaleza y la arquitectura, sobre la importancia de la luz y la sombra, sobre la creación de espacios que evocaran emociones. Mientras hablaba, intentaba mantener la vista en la pantalla, pero sus ojos se desviaban una y otra vez hacia Alejandro. Él no la interrumpía, solo la escuchaba, sus ojos fijos en ella, a veces con una chispa de diversión, otras con una seriedad que la inquietaba.

—Para el área del estanque, propongo una cascada de agua que cree un sonido relajante, casi hipnótico —explicó Trina, deslizando el dedo por la pantalla para mostrar un boceto. —Y alrededor, una selección de plantas autóctonas que requieran poco mantenimiento, pero que ofrezcan una explosión de color en primavera.

Alejandro se inclinó ligeramente. —Hipnótico, dice. Me gusta la idea de la hipnosis. ¿Y qué hay de los caminos? ¿Serán de grava?

—Sí, pero con una base compactada para evitar el polvo. Y bordes discretos para guiar la vista hacia puntos focales, como una escultura o un pequeño cenador.

—Me interesa la privacidad —interrumpió Alejandro, su voz más baja ahora, casi un susurro que solo ella podía escuchar. —Quiero que sea impenetrable. Que nadie pueda ver lo que ocurre dentro.

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