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Portada de la novela Lujuria Encubierta - Parte I

Lujuria Encubierta - Parte I

La vida de Trina, una talentosa arquitecta de Madrid, da un giro radical tras aceptar un encargo de lujo en una propiedad exclusiva. En este entorno, conoce a Alejandro, un influyente empresario que le plantea un acuerdo basado solo en el placer. A pesar de la intensa atracción, ella empieza a desentrañar los secretos de su amante. Entre el erotismo y el peligro, Trina descubre nexos con la mafia Volkov y la ruina de los Vargas en el sur español.
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Capítulo 3

Trina levantó la vista de la tablet, sus ojos encontrándose con los suyos. La conversación había tomado un giro inesperado. -La privacidad es una de mis especialidades. Podemos usar setos altos, árboles de hoja perenne y un diseño de capas que impida la visibilidad desde el exterior.

-No me refiero solo a la visibilidad física, Trina. Me refiero a la intimidad. A la sensación de que este es un lugar donde uno puede ser... completamente libre.

La palabra "libre" en sus labios, pronunciada con esa voz profunda, hizo que el corazón de Trina diera un vuelco. Él no estaba hablando de jardines. Estaba hablando de algo más. De un tipo de libertad que ella había olvidado, o quizás nunca había conocido del todo.

-Los jardines pueden ser un reflejo del alma -dijo Trina, la frase saliendo de sus labios antes de que pudiera detenerla.

Alejandro sonrió, esa media sonrisa enigmática que la desarmaba. -Y la suya, Trina, parece un laberinto. Interesante.

La temperatura en la habitación pareció subir unos grados. Trina sintió un rubor ascender por su cuello. Se aclaró la garganta. -Volviendo al diseño, para la zona de la piscina, sugiero una pérgola con jazmines trepadores...

-No me hable de jazmines, Trina. Hábleme de lo que realmente quiere.

La interrupción fue abrupta, casi una orden. Trina lo miró, confundida. -¿A qué se Refiere?

-Usted y yo. Sabemos por qué está aquí. Y no es solo por los jazmines.

El aliento se le atascó en la garganta. ¿Cómo se atrevía? -¿Estoy aquí por un proyecto profesional, Alejandro. Y creo que es importante que nos enfoquemos en eso.

Él se rió, una risa suave y burlona. -Oh, Trina. Tan predecible y tan... encantadora. ¿Cree que no he visto el brillo en sus ojos desde que entró por esa puerta? ¿Cree que no he sentido la tensión entre nosotros?

Trina se levantó de golpe, sintiendo la ira y la humillación arder en su pecho. -No sé a qué se refiere. Si esto es una broma, no me parece graciosa.

Alejandro también se puso de pie, acortando la distancia entre ellos con unos pocos pasos. Su altura la empequeñecía. Su presencia la envolvía.

-No es una broma, Trina. Es una propuesta. Una que va más allá de los planos y los presupuestos.

Extendió una mano y rozó suavemente su mejilla. El toque fue eléctrico, enviando una descarga por todo su cuerpo. Trina se quedó inmóvil, paralizada por la audacia de su gesto y la intensidad de su mirada.

-Quiero que diseñe mi santuario -susurró Alejandro, su voz ahora más grave, casi una caricia. -Y quiero que sea mi... compañera en el proceso. En todos los sentidos.

Trina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus ojos se abrieron de par en par, incapaz de apartar la vista de los suyos. La propuesta era descarada, indecente, y sin embargo, una parte de ella, la parte más salvaje y reprimida, se sentía extrañamente tentada.

-No sé qué decir -murmuró Trina, su voz apenas un hilo.

-No tiene que decir nada ahora. Piénselo. La oferta está sobre la mesa. Y el proyecto, por supuesto, es suyo. Pero sepa que, si acepta, no será solo por los jardines.

Él retiró la mano de su mejilla, pero su mirada seguía fija en ella, una promesa de fuego y peligro.

-Quiero que sea mi amante, Trina. Durante el tiempo que dure este proyecto. Sin ataduras. Sin preguntas. Solo placer.

La audacia de sus palabras la golpeó con la fuerza de una ola. Trina sintió un escalofrío de excitación y miedo. Este hombre no era como nadie que hubiera conocido. Era un depredador, un seductor nato, y ella se sentía como su presa, extrañamente dispuesta a ser cazada.

-Eso... eso es inaceptable -dijo Trina, intentando sonar firme, pero su voz temblaba ligeramente.

Alejandro sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. -Inaceptable, pero tentador, ¿verdad? Lo veo en sus ojos, Trina. Esa chispa. Esa curiosidad.

Dio un paso atrás, rompiendo la burbuja de tensión que los rodeaba. -Piénselo. La oferta está sobre la mesa. Y el proyecto, por supuesto, es suyo. Pero sepa que, si acepta, no será solo por los jardines.

Trina se quedó allí, inmóvil, mientras Alejandro se alejaba hacia la chimenea, dándole la espalda. El silencio en el salón era ensordecedor, solo roto por el latido furioso de su propio corazón. Acababa de recibir la propuesta más indecente y fascinante de su vida. Y sabía, con una certeza aterradora, que su vida ya no sería la misma. La monotonía había sido erradicada por completo, reemplazada por un torbellino de deseo y peligro.

El eco de las últimas palabras de Alejandro resonó en el salón, atrapando a Trina en una red de asombro y una extraña excitación. La audacia de su propuesta era insultante, pero la forma en que sus ojos la habían mirado, la intensidad que prometían, había encendido una chispa en algún lugar profundo de su ser. Se sentía como si el aire mismo vibrara a su alrededor.

Alejandro, ajeno a su tormenta interna, se movió con una gracia felina hacia una mesa auxiliar donde una cafetera de diseño y una bandeja con pastas esperaban. -Café, Trina? ¿O prefiere té?

La pregunta, tan mundana, la sacó de su estupor. -Café, por favor -respondió, su voz aún un poco temblorosa.

Mientras él le servía, Trina intentó recomponerse. Este hombre era un maestro en el arte de desestabilizar. Había pasado de una propuesta de negocios a una proposición indecente en cuestión de segundos, y lo había hecho con una naturalidad que la dejaba sin aliento.

-Aquí tiene -dijo Alejandro, entregándole una taza de porcelana fina. Sus dedos rozaron los suyos de nuevo, y la electricidad volvió a recorrerla. Era como si cada roce fuera una confirmación silenciosa de lo que acababa de decir.

Trina tomó un sorbo de café, el amargor la ayudando a concentrarse. -Alejandro, con todo respeto, su propuesta es... poco convencional.

Él sonrió, apoyándose en el borde de la mesa, observándola con esa mirada penetrante. -Me gusta lo poco convencional, Trina. Y usted también. No finja que no lo siente.

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