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Portada de la novela LOS TRILLIZOS DEL CEO VIUDO

LOS TRILLIZOS DEL CEO VIUDO

Tras la muerte de su madre y un parto prematuro, Lucía es rechazada por Adrián Valcourt, el jefe viudo y padre de sus trillizos. Decidida a proteger a sus pequeños, ella huye a Sicilia al descubrir el origen italiano de su propio padre. Años más tarde, un Adrián en la ruina viaja a Italia buscando a sus herederos para rescatar su imperio. En tierras sicilianas, ambos deberán enfrentar su pasado en una intensa travesía de redención, perdón y amor.
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Capítulo 1

POV LIA

El monitor marcaba el latido irregular de mi madre, un bip intermitente que ya no me inmutaba. Lo había oído tantas veces que se fundía con el aire estéril del hospital, igual que su voz ronca cuando levantó la vista hacia mí.

-Pensé que hoy no vendrías -dijo, con un hilo de esfuerzo.

-Claro que vengo.

Le ajusté la manta con movimientos prácticos, sin fingir ternura. No me salía, y ella lo sabía mejor que nadie.

-Estás peor que yo -murmuró, intentando una sonrisa que se quebró a medio camino.

-No digas tonterías -repliqué, sin apartar la mirada de sus manos delgadas, aferradas a la sábana como si temieran soltarse.

No insistió. Yo tampoco. Hablar era un lujo que ninguna podíamos permitirnos; gastaba fuerzas que escaseaban.

La cuenta del hospital crecía como una sombra inevitable. No necesitaba ver los números para sentir su peso: en el tono cortante de las enfermeras, en las miradas esquivas de los médicos, en cómo mi madre se disculpaba hasta por el aire que respiraba. Era una deuda que la mataría antes que la enfermedad, si no hacía algo.

Caminé de vuelta al apartamento sin pensar en nada, o al menos intentándolo. En cuanto cerré la puerta, el silencio me golpeó como un reproche. Encendí la computadora; un correo nuevo del trabajo parpadeaba en la bandeja.

"Mañana: entrevistas para el programa de gestación subrogada. Usted recibirá a las candidatas. Asisten Jorge y Camila Valdez."

No debería haberme impactado. Llevaba semanas oyendo rumores sobre eso en los pasillos de Valdez Enterprises. La pareja Valdez lo había probado todo: tratamientos, adopciones fallidas. Ahora buscaban un vientre de alquiler. El dinero no era un obstáculo para ellos. Nunca lo era.

Para mí, sí lo era.

Abrí el archivo con las deudas médicas. El total se había disparado de nuevo, un número rojo que me quemaba los ojos. Cerré la pestaña antes de que las manos me temblaran.

El pago que ofrecían por la subrogación era suficiente para borrarlo todo. Lo había visto de reojo en un borrador de contrato mientras preparaba documentos. Suficiente para tratamientos, rehabilitación, incluso para un respiro. No lo pensé más de tres segundos. O eso intenté.

Pero la idea se clavó, como una astilla.

Llegué temprano al día siguiente. La sala de entrevistas era fría y simétrica, como todo en Valdez Enterprises: paredes de vidrio inmaculado, muebles minimalistas que gritaban poder. Coloqué carpetas, botellas de agua, bolígrafos alineados. Revisé la lista de candidatas. No tuve tiempo para más.

Camila Valdez entró primero, sus tacones marcando un ritmo preciso contra el suelo pulido.

-Gracias, Lía. Lo necesitábamos listo hoy -dijo, escaneando la habitación como si buscara grietas en la perfección.

-Está preparado -respondí, neutra.

Asintió, pero no sonrió. Últimamente, sus labios eran una línea tensa, marcada por años de decepciones.

Adrián llegó detrás, alto e imponente, con esa mirada que evaluaba, diseccionaba y descartaba en un parpadeo.

-¿Puntuales? -preguntó, sin preámbulos.

-Ya están en el pasillo -confirmé.

-Perfecto. No quiero perder tiempo.

Camila se volvió ligeramente hacia él.

-Tampoco queremos tratarlo como un trámite frío.

-Es un proceso -corrigió él, sin mirarla-. No un duelo interminable.

Ella inspiró hondo, un suspiro que él ignoró. Yo no. Vi el dolor en sus ojos, el abismo entre ellos que crecía con cada intento fallido.

La primera candidata entró: una mujer robusta, con mirada tensa y hombros cuadrados por la vida.

-Tengo dos hijos -dijo, antes de que le preguntaran, como si eso la definiera.

Adrián revisó sus papeles con frialdad.

-¿Motivo?

-Deudas. Necesito empezar de nuevo.

-Entiendo -dijo él, aunque era obvio que no. Jorge Valdez nunca había tocado fondo.

Camila la observó con una mezcla de empatía y recelo.

-¿Está segura? Esto es duro, física y emocionalmente.

La mujer levantó la barbilla, desafiante.

-Más duro es verlos pasar hambre.

Jorge cerró la carpeta con un chasquido.

-Siguiente.

No hubo despedidas. Solo la puerta cerrándose tras ella.

La segunda era joven, demasiado joven, con manos entrelazadas y una determinación febril en los ojos.

-Estoy lista -afirmó, como un mantra.

-La pregunta no es esa -replicó Adrián sin levantar la vista-. Es si aguantarás los nueve meses, los chequeos, la entrega.

-Sí.

-Bien. Si mientes, lo sabremos. Hay cláusulas para eso.

Camila intervino, su voz suave pero firme:

-Basta, Jorge. No estamos interrogando criminales.

-Estamos eligiendo quién llevará a nuestro hijo -contraatacó él-. No pienso equivocarme otra vez.

La chica tragó saliva, visiblemente. Yo sentí el nudo en mi propia garganta, como si fuera mío.

Mientras ellos debatían, algo crecía en mí. No un impulso romántico, no un sueño heroico. Un cálculo frío. Las mujeres que entraban tenían razones reales, vidas rotas que yo podía entender, aunque las mías fueran distintas. Pero ninguna tenía a una madre atada a un monitor, con una factura que la asfixiaba más que el cáncer.

Cuando me quedé sola unos minutos, fui por más formularios. Toqué el papel; estaba frío, impersonal.

Podría ser yo.

No quería pensarlo. Pero era verdad: saludable, sin hijos, disponible. Y desesperada.

Guardé un formulario vacío en mi bolso, sin saber si era valentía, estupidez o pura locura. O todo a la vez.

Pasé por el hospital al final del día. Mi madre dormía, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo. Me senté a su lado, en la penumbra.

Saqué el formulario, lo miré un segundo bajo la luz tenue, y lo guardé de nuevo.

-Voy a sacarte de aquí -susurré.

No supe si se lo decía a ella... o a mí misma.

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