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Portada de la novela LOS TRILLIZOS DEL CEO VIUDO

LOS TRILLIZOS DEL CEO VIUDO

Tras la muerte de su madre y un parto prematuro, Lucía es rechazada por Adrián Valcourt, el jefe viudo y padre de sus trillizos. Decidida a proteger a sus pequeños, ella huye a Sicilia al descubrir el origen italiano de su propio padre. Años más tarde, un Adrián en la ruina viaja a Italia buscando a sus herederos para rescatar su imperio. En tierras sicilianas, ambos deberán enfrentar su pasado en una intensa travesía de redención, perdón y amor.
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Capítulo 2

POV Lía

La sala de reuniones estaba igual de fría que el día anterior, pero la tensión había cambiado: se filtraba en los gestos pequeños, como Camila frotándose las manos como si intentara borrar una mancha invisible, o Camila paseando de un lado a otro, revisando carpetas que ya conocía de memoria. Era el segundo día de entrevistas, y ninguno de los perfiles encajaba. Todos insuficientes para el estándar implacable de Jorge.

Llevaba horas viendo entrar y salir a candidatas: todas correctas en el papel, todas marcadas por una desesperación que reconocía en mí misma, todas descartadas con un gesto de cabeza. Ni una sola había traspasado esa barrera invisible que él erigía sin esfuerzo.

Coloqué otra carpeta sobre la mesa, con movimientos automáticos.

-Próxima candidata en diez minutos -informé, mi voz neutra como siempre.

-Que entre ya -ordenó Jorge, sin mirarme.

-No puede. Aún estamos esperando los informes médicos -repliqué, firme. Parte de mi trabajo era frenar sus impulsos, evitar que todo se desmoronara.

Camila me lanzó una mirada agotada, casi agradecida.

-Gracias, Lía. Sin ti, esto sería un caos total.

Asentí, pero mi mente estaba en otra parte. No del todo allí.

Apenas podía mantenerme en pie. Desde la madrugada, el cuerpo me pesaba el doble, como si llevara plomo en las venas. Y no era por las entrevistas.

La llamada del hospital había llegado a las tres de la mañana, un timbre que cortó el silencio como un cuchillo.

"Su madre ha sufrido otra crisis. Necesitamos que venga de inmediato."

Corrí por las calles desiertas, el frío mordiéndome la piel, las luces borrosas por el pánico. Cuando llegué, mamá jadeaba, aferrada a la cama, a la vida, a mí. Sus ojos abiertos, suplicantes, pidiendo algo que no podía articular. Los médicos la estabilizaron por un milagro precario. Yo aún temblaba cuando el amanecer tiñó las ventanas de gris.

Ahora estaba aquí, sirviendo agua, ordenando papeles, escuchando cómo Adrián rechazaba a la décima candidata del día con un veredicto seco.

-No está preparada -sentenció, cerrando la carpeta de golpe.

-Jorge, no podemos descartar a todo el mundo -replicó Camila, su voz quebrada por el agotamiento.

-No voy a confiar nuestro último intento a cualquiera.

La palabra "último" flotó en el aire como una sentencia. Camila parpadeó rápido, conteniendo lágrimas que amenazaban con derramarse. Los entendía más de lo que quería admitir: su dolor era un espejo distorsionado del mío.

Pero mientras ellos hablaban de su desesperación, yo solo pensaba en la mía. En el formulario que había guardado en mi bolso el día anterior. En el contrato que había visto de reojo: el adelanto, la cirugía, la posibilidad de que mamá respirara sin máquinas. El pago que podía salvarla.

Mi mano se cerró en un puño bajo la mesa. La garganta me ardía. Algo se rompió dentro de mí, algo que ya no podía contener.

-Hay otra candidata -dije de pronto, rompiendo el silencio.

Ambos se volvieron hacia mí.

-¿Quién? -preguntó Jorge, su voz afilada como una hoja.

Tragué saliva, el corazón latiéndome en los oídos como un tambor desbocado.

-Yo -respondí.

Camila abrió los ojos de par en par, sorprendida.

Adrián se enderezó, como si no hubiera oído bien.

-Repite eso.

-Quiero postularme -insistí, manteniendo la voz firme, aunque por dentro me desmoronaba-. Cumplo con cada requisito: no tengo hijos, estoy sana, y conozco el proceso mejor que nadie.

El silencio fue brutal, casi tangible, como un peso sobre el pecho.

Jorge reaccionó primero, su expresión endureciéndose.

-No. Trabajas aquí. No es apropiado. Podría complicar todo: legalmente, éticamente.

-No hablo de apropiado -contraataqué-. Hablo de capacidad. Sé lo que implica, y sé que lo necesito tanto como ustedes.

Camila me observaba con una mezcla de desconcierto y compasión, sus manos temblando ligeramente.

-Lía... ¿por qué harías algo así? ¿Por qué ahora?

Ahí estuvo la grieta. El momento en que dejé de sostenerme.

-Mi madre no tiene tiempo -confesé, la voz quebrándose por primera vez-. Anoche tuvo otra crisis. No puedo pagar la operación. Lo único que puede salvarla... es esto. Este pago.

Camila se cubrió la boca con una mano, ahogando un suspiro. Jorge frunció el ceño, procesando.

-Eso no garantiza nada -objetó, su tono clínico-. Es un embarazo: riesgos, obligaciones, consecuencias emocionales. No puedes tratarlo como un intercambio simple.

-No es simple -admití, las palabras saliendo como veneno-. No lo es para nadie en esta habitación. Pero sé que puedo hacerlo. Y sé que ustedes necesitan a alguien confiable. Yo no puedo perderla, Jorge. No puedo.

Él me sostuvo la mirada: fuerte, incómoda, filosa como un bisturí. Evaluándome, diseccionándome.

-¿Sabes lo que implica cargar a un hijo que no es tuyo? ¿Entregarlo después, como si nada?

-Sé que duele -respondí sin vacilar-. Pero duele más verla morir por falta de dinero.

Camila miró a su esposo, su voz suave pero urgente.

-Jorge... por favor. Escúchala.

Él no respondió de inmediato. Caminó unos pasos, pensativo, midiendo los riesgos como si fueran cifras en un balance.

-Quiero que la evalúe el médico hoy mismo -dijo al fin-. Si algo no encaja, queda descartado. Sin excepciones.

-Lo acepto -afirmé, el alivio mezclándose con el terror.

Camila se levantó y me tomó las manos, sus dedos fríos contra los míos.

-Lía... gracias. No sé si esto es valentía o locura. Pero gracias.

No supe qué decir. Solo sabía que, por primera vez en días, sentía una salida. Una sola, frágil, pero mía.

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