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Portada de la novela Los secretos que nos separan

Los secretos que nos separan

Mara y Dairon disfrutaban de una intensa relación hasta que un misterio oculto la empujó al exilio. Sola y embarazada, buscó refugio en un pueblo remoto para reconstruir su vida. Sin embargo, una inesperada dolencia la obliga a regresar y enfrentar su pasado. Dairon, que aún la ama y desconoce la verdad, le propone un matrimonio de conveniencia. Mara se debate ahora entre revelar su secreto o permitir que el silencio destruya su última oportunidad.
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Capítulo 3

— Sabía que estabas en la ciudad y no podía perder esta oportunidad de verte, de saber qué te ha sido de ti... — 

— Te lo agradezco, pero no es necesario que te preocupes por mí — replicó ella dispuesta a cerrarle la puerta en las narices. 

— Espera — añadió Dairon plantando la mano en el cristal, impidiéndole cerrar. —No tiene por qué ser así..... Mara, me atrevo a decir que todavía te quiero....  —  

— No lo entiendes, no es tan simple....  

— Mamá... — la interrumpió el pequeño, tirando de su vestido rojo. 

— ¿Mamá? — Dairon reaccionó confuso. 

— Sí... — respondió Mara, levantando al pequeño en brazos. 

Dairon no pudo evitar reconocer cierta familiaridad en los grandes ojos negros del niño, que lo miraba atentamente. 

—¿Cuántos años tiene?—, preguntó.

—No veo por qué es asunto tuyo.... Vete ya. —replicó ella intentando de nuevo cerrar la puerta, pero se encontró con la fuerza del fornido joven impidiéndoselo una vez más. 

—Dime cuántos años tiene... —, insistió. 

El niño, reconociendo las palabras tan insistentemente repetidas por su madre para enseñarle a decir sus años, levantó tres dedos en el aire y sonrió orgulloso. La madre le cogió la manita y se la besó, intentando disimular su nerviosismo. 

— ¿Quién es el padre?—, dijo Dairon casi en un susurro. 

— ¡Estás completamente fuera de lugar! — protestó Mara y volvió a empujar la puerta, esta vez consiguiendo cerrarla. 

Alice, que había escuchado toda la conversación, se dirigió hacia su amiga. Cogió al niño de sus brazos y lo dejó en la alfombra donde estaban todos sus bloques y camiones. 

—No puedes esconderlo, Mara. —, le dijo. 

—No está bien... tú lo sabes mejor que nadie. —  discutió la joven limpiándose una lágrima que corría por su mejilla.

— Él también es una víctima, además en estos últimos años también ha tenido su buena ración de desgracias...quizás esto alivie su dolor..... —  

— ¿Dolor?— preguntó Mara arqueando una ceja. 

— Su madre murió el año pasado, y su padre..... bueno, tu padre... — bajó la voz. — falleció hace unos meses. —  

— Entiendo... — dijo Mara. — pero no hay nada que pueda hacer para cambiar eso, además no quita el hecho de lo que ya sabemos... él no puede saber, no puede saber nunca. — 

— Amiga, no estás pensando bien, tal vez no tenga que saberlo todo... pero le estás quitando la oportunidad de conocer a su hijo y al niño, la oportunidad de tener un padre. — 

— Pero es una aberración. — continuó Mara, reviviendo lentamente las palabras de su madre. 

—Pero lo peor ya ha pasado... Míralo... — señaló al niño que jugaba feliz. — Es perfectamente normal, no te digo que te acuestes con él, sólo dale a tu hijo la oportunidad de tener un padre que se preocupe por él. —  

— Siento mucho que se haya quedado solo... pero ese no es mi problema. — sentenció Mara.

—Eso no es todo... — continuó Alice.  —Según los rumores, su empresa no va bien y puede perderlo todo.... —  

—No me vengas con chismes  Alice, lo que sea que esté pasando en su vida es su problema, y eso es todo lo que quiero oír al respecto. 

El estado de salud de la madre de Mara empeoraba. Cada día, necesitaba más cuidados y los médicos le recetaban más medicamentos. Entre las facturas del hospital y los pagos de la farmacia, Mara pronto se quedó sin dinero. 

La prolongada ausencia hizo que la despidieran de su trabajo, y Alice se vio obligada a volar a otro país para atender las demandas de su propio trabajo como arqueóloga de un museo de antropología. 

Sola, con su hijo, su madre enferma, en la misma casa, en el mismo pueblo donde creció, Mara se asfixiaba, incapaz de ver una salida a su precaria situación. 

Pasaron unas semanas antes de que Dairon se atreviese a intentarlo de nuevo. La duda y las matemáticas en su cabeza le obligaron, más que el amor, a volver a su puerta. Necesitaba saber si aquel niño era su hijo. 

Acababa de arropar al pequeño cuando sintió sonar el timbre de la puerta principal. Bajó corriendo las escaleras temiendo que el ruido le despertara y abrió la puerta sin pararse a pensar quién podría estar llamando a su puerta a esas horas de la noche. 

—¿Qué haces aquí?—, protestó al verle. 

— Tienes que decirme la verdad.

— ¿Qué verdad? — Mara tembló, cruzando los brazos sobre el pecho. 

— Ese niño es mi hijo, ¿verdad?

— Estás loco—, replicó y se dio la vuelta para volver a la casa. 

Dairon la agarró de la mano y tiró de ella hacia sí, estrechándola contra su pecho por primera vez en muchos años. El corazón de Mara amenazaba con estallar en cualquier momento y el aroma varonil de su cuerpo la embriagaba, nublando sus pensamientos. 

—Suéltame. —susurró débilmente mientras le miraba la boca entreabierta. 

— Te he echado tanto de menos... mi cuerpo te echa de menos... mi alma te echa de menos... vuelve a mí... No he podido encontrar en ninguna mujer el deseo y la pasión que tuve contigo.  —

— Suéltame... — susurró de nuevo casi débilmente, bebiendo el cálido aliento que escapaba de sus labios. 

— Dime que no me amas.

— No te amo. — susurró ella. 

—No te creo. Dime que no me deseas. —acercó sus labios a los de ella.

—No... no te deseo...— tartamudeó Mara.

—¿Entonces por qué tiemblas?— preguntó él y la envolvió en un beso ardiente. 

Por un segundo, Mara se entregó por completo a aquel beso. Sintió el calor de sus manos acariciándole la espalda y la humedad de su boca, pero el instante se desvaneció por completo cuando la realidad volvió a atraparla. 

Se separó bruscamente de él, empujándolo hacia atrás. 

— Lo siento... No puedo hacer esto...

—¿Qué pasa? Dime la verdad de una vez. —Dairon exigió colérico.

No tengo nada que decirte...— .... Sólo vete de aquí.

— Dime la verdad. ¿Es o no es mi hijo?

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