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Portada de la novela Los secretos de familia se ocultan en casa

Los secretos de familia se ocultan en casa

Helena Cabral, heredera de un prestigioso legado médico, enfrenta la asfixiante exigencia de su familia. Su mundo se transforma al iniciar un vínculo prohibido con Mirta Zavala, una paciente que carga con profundas heridas del pasado. Mientras Helena protege su amor en secreto, descubre que la impecable fachada filantrópica de su padre oculta crímenes y misterios letales. Entre la tragedia y el peligro, ambas deberán luchar por liberarse de sus oscuras raíces.
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Capítulo 1

CONFESIONES

Helena Cabral estaba haciendo su residencia en el Hospital Clínico Leonardi, para completar sus estudios como médico residente. Al mes de su estadía abrieron un departamento de apoyo para pacientes con problemas psicológicos y los que participaran obtendrían un diplomado en Psicología.

A Helena le pareció una excelente oportunidad, se inscribió y al terminar su turno matutino, pasaba al área de consultas en el horario de una a cuatro de la tarde. Llevaba alrededor de seis meses, el diplomado duraba un año. Incluso gracias a eso, decidió hacer su especialización en Psicología en vez de Cardiología, como su madre quería.

Una mañana salió del área de emergencia y se fue a almorzar al cafetín, allí la estaba esperando su amiga inseparable y colega, Natalia.

—Disculpa la demora Nat, llegó un ingreso de emergencia. ¿Qué me pediste?

—Arroz con filete de atún, se acabó la pasta bolognesa.

—¡Demonios! Con las ganas que tenía de comerla hoy. Y cuéntame. ¿Qué harás esta noche?

—Pues me embriagaré, ¡Hoy es viernes Helenita y mi cuerpo lo sabe y lo ansía!

—Ay Nat no cambias —soltando una carcajada— no piensas en otra cosa.

—Por Dios Helena, no todo es estudiar, deberías de venir también. No sólo van chicos, te vas a embobar cuando veas las mujeres que van allí.

—Quiero enfocarme en ser un buen médico, Nat y en este momento no pienso en eso —se sonrojó— Me toca quedarme a las consultas del nuevo departamento, recuerda que me inscribí y tengo que cumplir las horas para que me den el diploma.

—Oh claro el diploma… Además, hoy viene a consulta la rubia que te idiotiza.

—Natalia —dijo Helena susurrando y sonrojándose nuevamente— baja la voz. Cualquiera que te escuche creerá que es verdad.

—¿Y no lo es? ¿No es verdad que te gusta la chiquilla? Es muy linda en verdad... Sabes que a mí no me puedes mentir, te conozco.

—Cállate Doral, deja de decir tonterías. Ella es mi paciente y yo soy su doctora. Va contra el código de ética.

—Por favor Cabral, no me vengas con esas bobadas. ¿Recuerdas a Nicolás Lazo, el de la habitación 10-A? Salí con él ayer y mañana iremos al cine.

—Pues yo pienso un poco las cosas, Natalia. Recuerda que nuestra carrera se puede ir al diablo por algo como eso. Hazme el favor y ten cuidado.

—Tranquila pelirroja aburrida, soy muy cuidadosa. Además, de la puerta para afuera somos como cualquier mortal, tenemos una vida fuera de esto. Me voy Helenita —dijo levantándose— tengo que arreglarme para esta noche.

—Sí, vete y déjame comer en paz —Natalia le sacó la lengua— Adiós Nat.

Helena terminó de almorzar y se fue al consultorio. Estaba pensando en las palabras que le dijo Natalia cuando oyó el intercomunicador.

—Doctora Cabral, la señorita Zavala se encuentra aquí.

—Ok, licenciada Cabrera. Dígale que puede pasar y no me pase llamadas.

—Buenas tardes, doctora Cabral —dijo tímidamente la chica.

—Buenas tardes Mirta. ¿Cómo te encuentras? Ya te he dicho que en nuestras consultas me puedes llamar Helena, detesto las formalidades.

—Bien… Helena. Me he sentido mejor. El tratamiento que me prescribiste me ha ayudado mucho. Las otras pastillas me aletargaban demasiado y me producían más ansiedad.

—Me alegro que estemos avanzando. ¿Cómo vas con los ataques de ansiedad?

—Son menos frecuentes y la música que me recomendaste me ha ayudado bastante con eso. Por primera vez en mucho tiempo siento que tengo el control de mi vida. Todo ha mejorado gracias a ti.

La chica levantó la vista y como Helena la estaba mirando, sus miradas se cruzaron. Sin duda Mirta tenía unos ojos azul cielo hermosos, lo cual derretía a la pelirroja. Mirta se sentía exactamente igual con los ojos verdes grises de Helena. Al percatarse de lo que estaba ocurriendo, Helena rompió el contacto y bajó a su libreta de anotaciones, simulando escribir algo y volvió a hablar.

—¿Te has vuelto a lastimar desde que comenzamos las consultas?

—No. La verdad mis ganas de hacerme daño han desaparecido. Poco a poco las memorias erróneas las he ido sacando de mi psique.

Helena comenzó a escribir en su libreta en silencio. Las sesiones duraban de veinte minutos a media hora como máximo, ya que era un proyecto gratuito y se buscaba ayudar a la mayor población de bajos recursos posible.

—Bueno Mirta, nuestro tiempo terminó. Te veo el viernes, qué estés bien.

—Helena am… me preguntaba si… si tú… aceptarías tomar un café conmigo hoy.

Helena no esperaba esa propuesta, por lo cual no tenía una respuesta preparada. Generalmente se le hacía fácil rechazar a sus compañeros, pero cómo se trataba de una chica, esto era algo nuevo para ella y no sabía cómo reaccionar. Su corazón latía como burro sin mecate.

—Escucha Mirta es muy amable de tu parte en verdad, pero…

—Qué tonta soy —le interrumpió sonrojándose— una hermosa chica como tú jamás aceptaría salir con alguien como yo. Perdona, no te quito más tu tiempo…

Mirta se paró de la silla para huir despavoridamente, pero se detuvo ante el llamado de la doctora.

—Espera, Mirta… Lo que iba a decir es que no puedo en este momento, me desocupo como a las cuatro de la tarde… Escríbeme más tarde ¿Sí?

—De acuerdo —dijo totalmente emocionada— te veo más tarde —se despidió y salió.

Helena se quedó pensando un poco antes de recibir al siguiente paciente.

“Dios sé que esto no es correcto, pero en verdad me gusta. Ella es tan linda y tierna. Cómo es posible que su propia madre la haya destruido al punto de que se sienta indigna de cualquier gesto amable. Ella merece ser amada y cuidada como cualquiera”.

Ya estaba despidiendo al último paciente de la tarde cuando su teléfono vibró.

M: “Hola ¿Interrumpo? Quería saber si seguía en pie lo del café hoy…”

H: “No, justamente estoy por salir. ¿Dónde nos vemos?”

M: ¿Sabes dónde queda el Scrambler Café?”

H: “Sí sé. Ve apartando la mesa, voy para allá.”

M: “De acuerdo, te espero entonces.”

Helena llegó al café, pidieron dos mokaccinos y dos brownies. Pasaron la tarde de lo más agradable conversando que se les escapó el tiempo.

—Gracias por el café en verdad Mirta, la pasé muy bien contigo.

—Me alegra oír eso Helena. Gracias por aceptar mi invitación.

—Escucha, no debes comentar esto porque ya sabes… recuerda que soy tu doctora y…

—Si tú no dices nada, yo tampoco —sonriendo— No te preocupes por eso.

Helena quedó embobada con su sonrisa, tenía unos dientes perfectos.

—Escucha Helena am... me gustas mucho, eres muy agradable.

La pelirroja no dijo nada, en respuesta sólo se sonrojó. Nunca se imaginó que la atracción fuera mutua. Mirta aprovechó la pasividad de la pelirroja, se acercó lentamente y rozó sus labios. Fue un beso lento y Helena no pudo evitar corresponderle. Luego, al caer en cuenta, se separó apenada.

—No quise ponerte incómoda —se disculpó— es que tenía que decírtelo.

—No lo has hecho, no te preocupes —miró su reloj nerviosa— deberíamos irnos.

Vacilaron un poco y se levantaron para salir del café.

—Que tengas buenas noches hermosa —le dijo Mirta dándole un beso cerca de la comisura de los labios.

Se despidieron en la entrada del café y cada quién tomó su rumbo. Helena se fue a su apartamento y al llegar llamó a Natalia.

—Cuéntame cariño.

—Demonios Nat, tenías razón. Me encanta la chica. ¿Qué voy a hacer?

—Te lo dije pelirroja —soltó una risa— ahora me harás compañía en el infierno. Has pasado a mi lado oscuro.

—Maldición Nat, no es un juego. ¿Sabes que es lo peor? Que yo le gusto. Vengo de tomarme un café con ella y acaba de confesármelo. Me besó y le correspondí. ¿Sabes lo que eso significa? Si mi madre se entera me quitará la cabeza.

—¿Por qué tiene que enterarse? Eso es un asunto de dos. La chica sabe que no debe hablar porque te perjudicaría. Lo bueno es que mis pacientes se dan de alta y me los puedo ligar, en cambio tú con ese empeño de estar entre loquitos. Te deseo suerte amiga.

—Vete al diablo —bufó— deberías de regañarme en vez de incentivarme.

—Ay no, Helenita. Eso de la amiga aburrida y sermonera es tarea tuya. La vida se hizo para vivirla, no para triunfarla. Vive un poco nena. Te dejo, me espera una fiesta. ¿Segura que no quieres venir? Estás a tiempo.

—No Nat, ve y diviértete. Yo me quedaré a ver un maratón de Criminal Minds que van a transmitir en una hora.

—¡Looooseeeerrrr!

Helena colgó sonriendo al teléfono. Ella y Natalia tenían ese trato agridulce, pero eran las mejores amigas. Aprovechó de ir a la cocina, preparó unas palomitas y se trajo un six pack de cerveza que tenía en la nevera para estos casos. Se dio una ducha, se empijamó y se metió a la cama a ver su maratón.

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