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Portada de la novela Los secretos de familia se ocultan en casa

Los secretos de familia se ocultan en casa

Helena Cabral, heredera de un prestigioso legado médico, enfrenta la asfixiante exigencia de su familia. Su mundo se transforma al iniciar un vínculo prohibido con Mirta Zavala, una paciente que carga con profundas heridas del pasado. Mientras Helena protege su amor en secreto, descubre que la impecable fachada filantrópica de su padre oculta crímenes y misterios letales. Entre la tragedia y el peligro, ambas deberán luchar por liberarse de sus oscuras raíces.
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Capítulo 2

DERRITIÉNDOME

Helena estuvo en la emergencia toda la mañana. Por fortuna había sido un día de pocos pacientes. Después de almorzar, se digirió al área de consultas. No dejaba de pensar en ese beso que había recibido de Mirta. Sus labios eran tan suaves y su tacto tan delicado. No es que no hubiera besado antes, pero la sensación era indescriptible. De hecho, recordaba de vez en cuando con gracia que fue su mejor amiga Natalia quien la enseñó a besar.

No sabía qué hacer: por un lado quería volver a verla, pero no se atrevía a contactarla. Su fuerte concepto de la moral no le permitía hacer eso. Apenas era lunes y su consulta era hasta el viernes, así que tendría que esperar. Soltó un suspiro pesado y se resignó.

Al entrar al consultorio, encontró una nota junto a una rosa blanca en su escritorio. No estaba firmada, pero al leerla supo perfectamente de quien era, ya que estaba escrita a mano en una hermosa caligrafía.

“Te obsequio esta rosa, aunque tu belleza la supera. No creo poder esperar hasta el viernes, el tiempo es una tortura para mí. Me arriesgaré de nuevo. Scrambler Café: hoy, cuatro de la tarde. Piénsalo y si decides aceptar sólo llega, te estaré esperando. No me avises, déjame saborear la incertidumbre…”

Helena suspiró y cerró los ojos, acariciando sus labios con sus dedos. La sensación era tan vívida que le hizo acelerar el corazón. Salió de su ensoñación de forma brusca, cuando la licenciada Cabrera le anunció a través del intercomunicador que su primer paciente había llegado.

La verdad, esa tarde Helena fue bastante autómata. Dejó a los pacientes hablar y hablar, y ella respondía con monosílabos. Inició con las típicas preguntas “¿Cuéntame cómo te has sentido?” y “¿Eso cómo te hace sentir?”, las cuales por ser preguntas abiertas permitían cualquier tipo de respuesta.

Llegó la hora de irse, colgó su bata y fue al baño a retocarse el maquillaje. Estaba nerviosa y a la vez ansiosa. Se dirigió al Scrambler Café y pudo divisar al entrar a Mirta en una mesa al fondo, de espaldas a la entrada. Se acercó con cautela y la sorprendió, tapándole los ojos con sus manos.

—Viniste… —le dijo con visible emoción mientras sonreía.

—Así es, aquí me tienes —respondió Helena con obviedad.

—Por favor siéntate —le invitó a tomar asiento y Helena lo hizo a su lado— ¿Qué quieres ordenar?

—Lo mismo de la semana pasada, si estás de acuerdo.

Mirta le hizo una seña a uno de los meseros y al llegar le pidió dos mokaccinos y dos brownies. El chico se alejó y en breve ya tenían su orden sobre la mesa.

El Scramber Café tenía las típicas hileras de mesas que estaban pegadas a las paredes, con asientos acolchados donde podían sentarse máximo cuatro personas. El pasillo estaba libre para que los meseros y cualquier persona al entrar, se pudiera desplazar con toda comodidad. También contaba con una barra y unos ocho banquitos giratorios, para las personas solitarias o los que venían por un pedido rápido.

—Por favor háblame de ti… estoy en clara desventaja porque tú sabes mucho de mí por mi historial médico.

—Bueno, que te puedo decir… Tengo una hermana, soy la mayor. Mi padre murió cuando yo tenía dieciséis; al parecer se metió en unos negocios turbios y la mafia rusa lo ajustició… No lo sé, mi madre no habla de ese tema desde que él murió. Vivo con mi madre y mi hermana a pesar de que soy mayor de edad. Tengo mi propio apartamento, pero sólo voy más que todo los fines de semana a descansar. ¿Y qué me dices tú?

—Pues soy informática, trabajo programando y haciendo páginas web, de todo un poco. Como ya sabes, vivo sola. Dicen que maté a mi madre y a mi padrastro, pero la verdad… yo no recuerdo nada. Es muy confuso —dijo bajando la mirada como con arrepentimiento.

Helena notó la incomodidad de la chica y decidió cambiar de tema rápidamente.

—Oye dime algo... ¿Y desde cuando te gustan las chicas?

—Desde que tenía trece, pero eres la primera mujer a la que beso en toda mi vida. Sobre eso… me siento apenada, pero no lamento haberlo hecho. En verdad me gustas.

A Helena la agarró con la guardia baja la forma tan directa de Mirta. No sabía que responder a eso. O bueno, sí sabía pero le daba temor; tenía un dilema ético - moral encima. Salió de su ensimismamiento cuando la chica puso su mano sobre la suya en la mesa.

—Déjame que te conquiste Helena, no me veas como tu paciente. Fuera del consultorio eres una chica como cualquiera, con sentimientos y emociones. Sólo una oportunidad te pido, sólo una Helena…

Mirta se acercó lentamente mirándola a los ojos y la besó. Ésta volvió a caer en el encanto de esos ojos azules. Al finalizar el beso, Mirta la tomó de sus mejillas y comenzó a hablarle muy despacio.

—Te prometo que no diré ni haré nada que te perjudique, cuando vaya a la consulta actuaré normal. Nadie lo va a saber por mí, no te preocupes. Te doy mi palabra.

La pelirroja estaba súper sonrojada. Se levantó y se fue, dejando a Mirta con muchas preguntas.

Ese día decidió irse a su apartamento. No quería enfrentar ningún tipo de juicio y sabía que sus expresiones eran demasiadas notorias. Al llegar tiró las llaves en el sofá y decidió tomar un largo baño de tina. Tenía tanto en qué pensar, su mente le decía que no era correcto pero su corazón le apremiaba a que se lanzara a la aventura que tenía enfrente.

“¿Cómo puede Natalia hacer esto todo el tiempo y no volverse una ensalada? Apenas me ha besado y ya me estoy sintiendo mal” se dijo a sí misma en tono angustiado.

Salió de la bañera y tomó su celular, el cual había vibrado. Su corazón dio un vuelco ante la emoción sospechosa del mensaje que había recibido.

M: “Me gustas mucho Helena, tus labios son tan suaves... Por favor, te pido que pienses en mi propuesta. Que tengas buenas noches”.

“Demonios. Qué voy a hacer con estas emociones...” se reprendió con una sonrisa en el rostro.

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