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Portada de la novela Los Perros de Llosa

Los Perros de Llosa

La vida de Luther ha sido un calvario desde que lo separaron de su madre para convertirlo en eunuco. Su realidad cambia drásticamente cuando el misterioso Sr. de Castilla lo adquiere, un hecho que despierta una desconfianza inmediata en el joven. Rodeado de enigmas y silencios, Luther se dedica a investigar las verdaderas razones de su compra. En este oscuro escenario, deberá descubrir qué planes oculta su nuevo dueño tras esa extraña transacción.
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Capítulo 3

Un Acontecimiento Que Delatada La Presencia Del Demonio De La Sospecha.

Por la mañana la joven Sra. de Castilla observaba como Celine, siempre presta a brindar amor y comida por igual, consentía al nuevo hijo de Carló, la cocinera se dispuso a complacer al muchacho en pedidos que ni siquiera había gesticulado. En gestos casi premonitorios le servía avena, porciones de carne, pan y café. Empero, éste último se lo arrebató de las manos al notar que, camino a llevárselo a los labios, volvía a dejar la taza en la mesa.

—No se moleste, lo tomaré. Es sólo que nunca lo había probado. —Aclaró a la apresurada señora. Puede que dicho comentario fuera cierto. No obstante, Aloice notó que ni siquiera había tocado el resto de la comida.

—Oh no, no, no. —Celine guardó la taza en la despensa y la cambió por una de té de moras. —Si no ha caído en el vicio del café no seré quien se lo promueva.

Aloice no pudo evitar reír ante el comentario, recordando que dicha precaución no fue tomada por ninguna de las partes al momento de su llegada a la casa. Teniendo como consecuencia que ahora frente a sus labios tuviera una taza de café bastante grande y tomara tres más a lo largo del día. Fuera de eso, Celine siempre fue igual de atenta, razón por la cual Aloice le guardaba un gran afecto, por no decir una suerte de amor.

Por su parte, Luther permanecía completamente descolocado ante las atenciones de la cocinera, mirándola con gesto sorprendido mal disimulado. Fue en ese momento que, al marcarse unas leves arrugas en su pálida frente, Aloice no sólo notó que éste tenía una cicatriz que le partía la ceja derecha, sino que la mirada nazarena del mismo ahora centellaba en su dirección. En el pasado estudió un poco sobre aquella condición tan extraña, pero nunca había visto alguien que la tuviera, ni mucho menos sabido que el "Síndrome de Alejandría” pudiera manifestarse en hombres, puede que sólo fuera un tono muy raro de azul. Lo cierto era que ahí estaba ese hombre con, al parecer, dicho síndrome; manteniendo un gesto confundido y a su vez dejándola percibir una fijeza y entendimiento que decidió no tomar en cuenta, desviando su interés hacia Ricarte quien, limpiando los cristales de las ventanas desde el exterior, proyectaba su sombra hacia ellos gracias a la posición del sol. El hombre le sonrió con cariño y ella devolvió el gesto, luego el mayordomo se retiró.

—Sra. Celine, de verdad, no tiene que preocuparse. —Interrumpió Luther los pensamientos de la dama, sorprendiéndola tanto con su facilidad de palabra como por el tono levemente grueso y andrógino de su voz. —Dudo tener las facultades para lo que voy a pedirle, pues debo ser sincero y considerar que esto no es más que un ardit. Aunque me extralimite debo decirlo: Siéntese, por favor.

La mujer sonrió para luego soltar una leve carcajada al mirar a la Sra. de Castilla. Celine siempre había tenido permiso de sentarse a la mesa cuando quisiera, pero que el muchacho se tomara licencia en pedírselo despertó en ambas un evidente afecto.

Aloice había aprendido a familiarizarse con las excentricidades de Carló: Tener como mascota un pequeño mono traído de la India, el cual terminó escapando en algún momento; o el criadero de sapos que por mucho tiempo mantuvo en el sótano de la casa, adecuándolo para el propósito. Eran situaciones controversiales que decidió aceptar siempre y cuando no le indicara al mono trepársele y la dejara visitar a los sapos de vez en cuando. Con todo, adoptar a ese muchacho que evidentemente ya llegaba a la adultez no sólo le parecía la más absurda de todas, sino que la hacía dudar de sus verdaderas intenciones.

Ahora que caía en cuenta de ello, Carló aún no volvía de su salida de la noche anterior.

— ¿Por qué no ha comido? —Celine tomó asiento junto a Luther y miró el plato incólume frente a éste. — ¿A caso sabe mal? —Con otro cubierto tomó una porción para olerla y luego probarla. Sólo así, luego de ello, el muchacho accedió a comer.

—Supongo que debo llamarla “madre”. —Luther se dirigió nuevamente a ella, llevándose la taza de té a los labios tras sonreírle sin tapujos. El pavor y disgusto que le producía aquella situación tan poco clara lo hacía mofarse de sí mismo.

—Sí, supongo que sí. —Reconoció a voz queda bajo las miradas de los dos en su compañía y las que sentía a través de los muros.

Luther caminaba por el jardín a paso ralentizado en compañía, custodia, de Ricarte. Se sorprendió al notar que no había sido detenido al momento en que se dispuso a salir al patio trasero al darse cuenta que la puerta no estaba cerrada. Puede que no reconocieran aquello como un intento de fuga, pensó, para que todas las teorías fueran decapitadas al momento que cayó en cuenta del muro de fieles que rodeaba al jardín. Conglomerados como las piedras de la calle no existía espacio libre entre ellos, siendo iluminados por la acuarela compuesta por la temblorosa luminosidad del lago y los translucidos colores de los vitrales. Presintió lo tosco de sus temples y, de igual manera, su presteza a detenerlo si pretendía escapar, suposición que se convirtió en realidad al momento que, al decidirse a echar a correr, los fieles se alzaron sobre él como bestias, halando su cabello y piel… ¿Era eso?, ¿Sería, acaso, el eterno inmolado ante los cuerpos sucios y dientes partidos de otros?

Sentía sus caninos rasgar su carne, sorber sus fluidos y arañar su rostro, trataban de arrancarle los brazos; pero la verdadera desesperación apareció cuando al tratar de gritar su voz fue sofocada en alguna parte de su tórax. Un puño trataba de entrar por su boca y otros por distintas cavidades. Sintió que lo tiraban de los pies y, de repente, dos golpecillos en las mejillas.

—Se ha dormido muy rápido, jovencito.

Se reconoció a sí mismo en la sala de “Cloporte”, hiperventilado, sudoroso y con la camisa pegada al pecho. La Sra. Celine, frente suyo, lo miraba con altruismo.

Había sido víctima del natural cansancio, desde hacía mucho que no tenía tantas horas físicamente tranquilas, haciendo que descartara la idea de que el té hubiera tenido algo, puesto que ya habían pasado largo rato desde que lo tomara.

—Como dijo que saldría a caminar lo creí fuera, pero ahora veo que se ha quedado reposando en la sala. Me disculpo por despertarlo de ese modo, pero me pareció que no se trataba de un sueño agradable.

Preso de la fatiga respiró con dificultad tratando de reponerse lo antes posible. Los arañazos en el suelo se hicieron presentes, haciendo vibrar la suela del zapato que tenía recargada en el mismo.

—Sí, un mal sueño. —Secundó buscando quizá una explicación.

Al momento de desviar la mirada se percató de la presencia de Ricarte y la Sra. de Castilla, ambos en el umbral de la puerta, lo miraban desapasionadamente.

—Ricarte. —Aloice recargó su mano en el hombro del mayordomo en un gesto de lo más familiar. —Acompañe al joven a su alcoba para que descanse como es debido.

—No será necesario. —Replicó poniéndose de pie. —Conozco la dirección.

Tomó el corredor lateral con el propósito de estudiar el jardín a través de sus múltiples ventanas observando así, sin mucha sorpresa, como los gentiles oraban bajo las translucidas pictóricas de los vitrales. Verlos capaces de desenfundar aquella expresión tan atroz lo anclaba al suelo, escucharlos gruñir o jadear lejanamente cuales perros le producía un miedo ridículo; siempre les había temido a esos animales, ahora se deba cuenta que, algunas veces, estos podían cambiar de forma. Fue en ese momento, al verse enfrentado con las afiladas y distantes sonrisas de algunos de ellos, que la idea de que aquello hubiera sido un sueño no le pareció tan posible y, aunque fuera ilógico, comenzó a considerarla una advertencia.

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