Portada de la novela Los Perros de Llosa

Los Perros de Llosa

9.4 / 10.0
Tras años de desgracia, Luther es adquirido por el enigmático Sr. de Castilla. En esta mystery story de supervivencia, el joven deberá desentrañar secretos y conspiraciones para descubrir su destino. Los Perros de Llosa es una fantasy novel llena de intrigas y peligros ocultos.
Resumen de Los Perros de Llosa
La vida de Luther ha sido un calvario desde que lo separaron de su madre para convertirlo en eunuco. Su realidad cambia drásticamente cuando el misterioso Sr. de Castilla lo adquiere, un hecho que despierta una desconfianza inmediata en el joven. Rodeado de enigmas y silencios, Luther se dedica a investigar las verdaderas razones de su compra. En este oscuro escenario, deberá descubrir qué planes oculta su nuevo dueño tras esa extraña transacción.
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Los Perros de Llosa Capítulo 1

Hoy Se Relatará La Aparición Del Demonio De La Noche Sin Tiempo O Todos Los Santos Olvidados.

—¿Puedes contarme?

—Si el señor así lo desea.

...

La hierba crecía con dificultad entre el empedrado de la única calle del pueblo. Las construcciones se aglomeraban a los costados, ignorantes del resto del espacio alrededor. Chabolas, casuchas de barro y cimentaciones rusticas de piedra, viviendas acomodadas y cabañas que pese al humo que escapaba de sus chimeneas no dejaban de ser frías. El pueblo de Llosa jugaba a ser el lugar donde terminaba todo aquello esparcido por el paso de los años, aspectos sin importancia que ni siquiera el tiempo se tomaba la molestia de llevar.

Al inicio de la calle se hallaba la parroquia de “San Ignacio”, rindiendo honores al lugareño homónimo que, en cierto y conveniente momento, afirmó ser el último profeta de la humanidad. Esto, mientras el humo del opio era escupido por cada poro de su cuerpo transpirado, fruto de una exhaustiva jornada de fornicación con la madre de su padre. El nombre del peculiar personaje colgaba en forma de precaria placa de cobre de uno de los muros de piedra de la construcción, misma que en el pasado fue apadrinada por un poco eficiente santo desconocido, placa que en antaño y antes de la autoproclamación de Don Ignacio, no habría podido ser visibilizada, aunque por razones menos conspicuas que una sucesión de cargos:

Llosa era asediado por una espesa niebla cada día llegadas las 06:00 de la tarde. El vapor casi líquido entraba a través de las grietas, ventanas y juntas de la madera de un modo casi obsceno para, momentos después, ser aspirado por los antes confundidos y ahora extasiados pobladores. Sintiéndose desinhibidos notaron que sus pequeños hijos tenían muslos gordos, que sus madres pese a su edad aún eran provocativas, que podían descerrajarse en medio de la espesura de la noche. Morderse, lamerse, alimentarse con trozos de los otros si las dos primeras provocaciones se hacían con más fuerza. Se permitían compelerse unos a otros como actos primarios, necesarios, y luego en venganza imperativa. Sin embargo, nadie dio mayor importancia a estos hechos pues, luego que todos los niños fueran violados y todos los golpes dados cada uno de ellos, víctimas y victimarios, eran inundados por la absoluta, única y completa calma.

Y así, por una vana recompensa, los males eran perdonados y las cuentas saldadas hasta la noche siguiente.

Fue en una de esas sesiones, transcurridos 53 minutos de la llegada de la niebla, que Don Ignacio Ponce, tras un peculiar encuentro de dormitorio, llegó a la propiedad de uno de sus vecinos. Esto provocó que tomara hasta la última gota de sangre de los cerdos, siendo una verdadera suerte, pues de no ser por el chillido de la cría más pequeña, no habría encontrado ocultos bajo el pórtico esos 8 ejemplares vietnamitas que el Sr. Randall, quien se encontraba ocupado friendo su propio pie en la cocina, ocultó por meses.

Con la sangre de porcino escurriendo de su mandíbula y la camisola pegada al torso debido al sudor, Don Ignacio consideró que ya había tenido suficiente de ese mundo. Por lo que tiró un huacal al extremo este de la calle y, con la agilidad que sus reumas le permitieron, se trepó al mismo para luego fajar su cinturón a la rama más baja de uno de mis sauces. Se dio la vuelta sobre su pequeño escenario y, como todo buen actor, entre la espesura miró a cada uno de los habitantes de Llosa, a los ojos y al mismo tiempo. Estos, en correspondencia, pararon en seco sus acciones.

Oscureció. Ponce proclamó un discurso de palabras ya olvidadas y desenvainó el cuchillo con que momentos antes liquidó a los cerdos, entrando en catarsis al advertir que al filetearse las muñecas sus venas escupían una especie de espuma brillosa. Acto seguido se despidió del huacal sosteniéndose del cuello.

Murió.

Brotó.

Los lugareños aceptaron su sangre beata.

Y como todas las noches a las 9 la niebla se disipó. Volvieron a sus hogares tras la vigilia donde, con las miradas fijas en el hombre que se secaba con la brisa, demoraron en volver a moverse. Tal vez el que transitase por aquella calle en una de sus más irreflexivas noches fuera testigo de una historia inconclusa de humillación gratuita, pues desde esa ocasión la niebla no volvió.

Así, la primera y única iglesia de Llosa tomó el nombre del Sr. Ponce tras ser escenario de su muerte, como recordatorio de lo que, por milagro o casualidad, desde aquella noche no volvería a suceder, y así fue… Por un tiempo. Éste último avanzó finalmente y por primera vez lo notaron: Notaron que sus hijos eran ahora hombres y mujeres, que las estaciones habían ido y venido, que ya no eran tan jóvenes como antes. Se percataron del desperdició que llamaron vida.

Como única consecuencia inmediata los lugareños se refugiaron en las más estrictas costumbres y normativas: Rezos multitudinarios a las 6:00 am, 12 del día y 6 pm. Servicio religioso de domingos enteros, todo para que la niebla no volviera.

Por otra parte, al extremo contrario de la calle, se encontraba la casona “Cloporte”. Desde el tragaluz frontal de la parroquia se podía ver a una de las alas superiores de ésta, salvo que las cortinas siempre estaban corridas. El Sr. de Castilla, dueño de la propiedad, no salía a la calle en los días de cofradía, tampoco en los tiempos de la bacanal; pero después que la niebla mermase comenzó a transitar por Llosa como el más servicial de los hombres. Bien se podría tomar al caballero como taciturno y reservado, empero, parecía gozar de un desarrollado intelecto y presteza pedagógica que, a la menor duda, fuera de economía, historia, política, arte o filosofía, se mostraba apto y cordial. El Sr. de Castilla era el oráculo perfecto a la hora de verse en una disyuntiva. No obstante, era etiquetado como un hombre solitario, al punto que por mucho tiempo se pensó que vivía solo, pero era obvio que un único hombre no podría mantener una casa tan grande, sus criados debían ser de lo más discretos.

La sombra de la inmensa casona cubría por completo sus ejemplares jardines de trinitarias, rosas y plantas medicinales; enredaderas envolvían los muros oscuros de la casa incrustándose en la madera. En contraste, los ventanales y tragaluces, donde quizá en otra casa habría simples cristales, se encontraban vitrales del santísimo y su bienaventurada madre, si bien no sonreían, daban tranquilidad, o eso concluyó el aristócrata luego de las muchas veces que encontró acólitos rezando en su jardín en las horas libres de servicio. Mientras, en el estanque que colindaba con el jardín de la propiedad, se reflejaban las temblorosas imágenes de las gárgolas situadas en los peldaños superiores del tejado. Éstas, con sus endiablados ojos, mirarían con desdén a los impuros caminantes que, al jactarse de su nueva pureza en vida, a su vez, habían apartado su silla en el infierno.

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Tabla de contenidos de Los Perros de Llosa

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