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Portada de la novela Los labios del pecado

Los labios del pecado

Virginia Lackander es una abogada de éxito en Nueva York que, a sus veintisiete años, vive entregada a una carrera profesional agotadora. Como mujer independiente, rechaza el compromiso y prefiere relaciones fugaces para proteger su libertad y ambición. Según su lógica, el amor es un obstáculo para triunfar. No obstante, su estricto control se verá amenazado por un joven enigmático que intentará enseñarle que existe algo más profundo que el trabajo y el deseo.
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Capítulo 2

Virginia 

—Deberíamos repetir.

Escucho a mis espaldas esa voz proveniente de un hombre. Un hombre que no sabe quién soy. Se oye algo grave su tono, seguro es porque acaba de despertar, o la resaca ¿Quién sabe?

Lo miro con aburrimiento recogiendo mis tacones del suelo. Prosigo buscando mi falda por la oscura habitación de hotel. La veo junto a la puerta del baño y ruedo los ojos antes de arrastrar la sábana que envuelve mi cuerpo hasta allí. Me la coloco lo más rápido que puedo y sigo con mis tacones, primero uno y luego otro.

Voy hacia el tocador en el pequeño baño y me retoco un poco el maquillaje. Miro por el rabillo del ojo mi celular, son las 5:00 de la mañana. Una noche perdida en vano. Menos mal que mañana no tengo que trabajar, es mi día libre. Uno de los pocos que puedo obtener en el bufete.

—¿Ya te vas? —escucho al hombre tirado en la cama y ruedo mis ojos con hastío.

—Sí —respondo cortante, terminando de abrochar mi blusa.

Detesto cuando se creen que por una noche de locura tienen algún derecho a dormir conmigo.

¿Acaso no son hombres? El sexo fuerte. Los que te usan y te abandonan. No he tenido la suerte de encontrarme con uno así, que verdaderamente se limite a solo sexo y ya.

No puedo negar que es guapo, si no, no me hubiera fijado en él, pero lo cierto es que no fue lo que esperaba.

Termino de recoger mis cosas y salo de la habitación sin mirar atrás. Mi teléfono se ilumina en mi mano con la llegada de un nuevo mensaje de texto.

Desconocido:

Llámame para repetir, chiquita.

Ruedo nuevamente mis ojos. A veces temo que se queden chuecos de tanto girarlos, es un gesto que no puedo desechar. Ignoro el mensaje de "Nimeacuerdoelnombre" y tomo el ascensor hasta el parqueadero.

¿En qué momento le di mi número?

Al fin el ascensor llega abajo y camino hacia la garita, donde se encuentra el señor encargado de vigilar el estacionamiento, para recoger mis llaves y largarme a descansar.

El guardia está dormido, lo que provoca que ría un poco. Toco el cristal un par de veces y el señor se despierta asustado, arreglando su gorra para pretender que no estaba dormido.

—Buenas, las de 800, por favor —le dedico una risa divertida señalando mis llaves tras su espalda.—Gracias.

Tomo las llaves y lo miro por última vez. Se ve bastante mayor y tiene un cuerpo redondo que le da un aire bastante tierno. Los ancianos no deberían trabajar turnos de noche, y no porque crea que no estén capacitados para ello, sino porque los abuelitos deberían estar en las casas recibiendo mucho amor de sus nietos, sin hacer nada más que dar un poco de cariño a cambio. Pero supongo que la vida no es justa, ni equitativa para todos.

Camino hacia mi Audi, no sin antes desearle una buena jornada al señor. El sonido del desbloqueo del seguro me hace suspirar. Este en mi bebé, mi único y gran amor. Es el mejor gusto que decidí darme. Subo al asiento del conductor aspirando el dulce aroma de mi perfume, ligado al olor de la gasolina. Al menos ya no huelo a hombre. Me abrocho el cinturón de seguridad y pongo el auto en marcha hacia mi depa en el centro.

A esta hora las carreteras están un poco vacías, bueno casi desiertas. Para nada se compara con el tráfico habitual de New York, eso es algo que no me gusta de esta ciudad. Enciendo la radio para entretenerme y evitar dormirme en el trayecto a casa. Manejo con cuidado, después de unos largos y tediosos 20 minutos llego. Aparco en mi lugar de siempre y pongo los seguros. No es un lugar donde prime la delincuencia, pero nunca está de más ser precavidos. Por si acaso.

Camino casi a rastras hacia la recepción y el señor Benítez me recibe con una gran sonrisa. Es un señor mayor con un bigote blanco muy gracioso. Lo conozco hace como ¿Cinco años...? Ni idea de cuándo, pero casualmente me mudé el mismo día que comenzó a trabajar. Vino desde México, junto a su hijo que estudia en una universidad fuera del estado, generalmente está solo, por lo que pasa la mayoría del tiempo aquí trabajando, lo que ha hecho que nos hagamos muy amigos.

No sé cuánto tiempo llevo viviendo aquí, mi vida pasa a cámara rápida, casi siempre. Soy una mujer bastante ocupada, así que no tengo mucho tiempo extra. El poco receso que tengo lo empleo en satisfacer mis necesidades, ya sea yendo de compras, a comer fuera, algún que otro viaje flash o teniendo sexo ocasional con hombres que no volveré a ver.

—Hola, mi niña — me saluda alegre con un dejo de complicidad en su tono. Él sabe cómo soy y agradezco que no me juzgue o haga preguntas salidas de contexto. Siempre ha sido como un padre para mí. El padre que no tuve tan presente, tal vez por eso nos llevamos tan bien.

—Hola, Jorge —saludo amable ofreciendo mi más sincera, pero cansada, sonrisa —iré a descansar, que tengas buena noche.

—En realidad ya casi amanece —sonríe con picardía.

—Ya sabes cómo soy.

Digo en un tono de voz más alto mientras entro al ascensor. Marco el número de mi piso y espero con paciencia, pues vivo en el cuarto piso, mientras tanto me observo en el espejo del ascensor.

Unas pequeñas ojeras adornan mis ojos, estoy un poco despeinada y sin labial, por lo demás mi falda está correcta y mis accesorios bien. No me falta nada. Todo dentro de lo normal.

El sonido de las puertas del ascensor abriéndose me devuelve a la realidad y salgo al pasillo rebuscando en mi bolso en busca de las llaves del apartamento. Llego frente a mi puerta a paso rápido, aún sin encontrar las llaves, muevo mis cosas de un lado a otro buscando.

—Genial — me quejo en voz alta.

Seguramente he dejado las llaves en el carro. Doy varios toquesitos a mi frente a modo de auto regaño y vuelvo por donde vine.

Más distraída, imposible.

—Tonta — digo para mí.

Llego hasta la recepción y Jorge me vuelve a saludar divertido. Me conoce demasiado bien. Lo miro mal y continúo mi camino.

Una vez estando en el aparcamiento puedo distinguir una figura cerca de mi auto. Es un chico y está demasiado cerca de mi bebé.

Me acerco a paso rápido y lo tomo de un brazo con brusquedad. Él se asusta dando un respingo, pero sus ojos no se apartan del coche. Eso me enfurece aún más.

¿Por qué no me ve a la cara?

—¿Se puede saber qué haces cerca de mi coche como si fueras un ladrón? — pregunto molesta.

—¿Qué te asegura que no lo soy? —su voz suena dulce, casi infantil.

Se gira, encarándome y dejándome sin palabras en el proceso. Primero porque en su rostro puedo ver que se trata de un niño, o casi lo es. Segundo, el cabello le cae a ambos lados de su cara, un poco largo y ondulado. Su ceño se ve levemente fruncido, pero a la vez tiene un ápice de diversión en su mirada, lo que me lleva a sus ojos. Tiene un ojo de color azul intenso, pero me detuve a mirar con atención que el otro luce diferente, es azul, pero se tiñe en algunos puntos de verde. Lo observo con demasiada atención, la imagen que muestra es casi impresionante, no sé cómo describirlo, pero tiene una belleza rara y difícil de explicar. La forma tan peculiar de sus facciones que lucen muy masculinas, ligada a lo infantil de su armonía facial hacen que me quede sin palabras.

Proceso la belleza que acabo de admirar.

Levanto mis cejas con diversión y algo de asombro.

—¿Estás bien? — pregunta sacándome de mi trance.

Despierta.

—Perfectamente — carraspeo regañándome por mi momento de debilidad — ¿Qué haces cerca de mi coche?

Esta vez mi tono se suaviza un poco, aunque remarco cada palabra con importancia.

—Me acerqué para echarle un ojo —me dice metiendo sus manos en los bolsillos de su chaqueta. —Luce impresionante... y caro.

—Sí... es impresionante — miro  mi bebé haciéndole ojitos y luego lo miro a él con una ceja enarcada — y caro también, así que ten mucho cuidado.

Él levanta las manos como gesto de rendición y sonríe como quien no rompe un plato. Dos hoyuelos se marcan en sus mejillas, lo que me provoca ternura. Quisiera apretujar uno de sus cachetes, pero me contengo, me recuerda a mi sobrina.

¿Qué diablos sucede contigo, Virginia?

—Bueno, ¿Te importa? — dejo caer a ver si decide irse. Él asiente y se aleja.

—Hasta luego... — se queda como pensativo un segundo — ¿Cómo me dijiste que te llamabas?

—Qué listo eres — ironizo — no te he dicho mi nombre, niño. No te interesa, ya vete.

Vuelve a sonreír, esta vez con algo de malicia. Entrecierro mis ojos en su dirección y me da la espalda finalmente.

Suspiro agotada. Abro el carro y rebusco en los asientos y la guantera en busca de mis llaves.

¿Dónde las habré dejado?

Sigo buscando sin éxito.

—¿Buscabas estas? — me sobresalto del susto y saco la mitad del cuerpo que tenía dentro del auto, para encontrarme nuevamente con la sonrisa de hoyuelos marcados.

Como si pudiera leer mi mente ensancha aún más su sonrisa, dejando ver sus dientes blancos y perfectos. Por otro lado muestra en su mano derecha unas llaves con un colgante de osito. Mis llaves.

—Pero... ¿Qué...? ¿Cómo? — lo miro incrédula — ¿Qué haces con mis llaves?

—Oh ¿Estas? — las mueve, levantándolas en el aire para llamar mi atención — las encontré en el suelo. Justo al lado de ese coche.

Señala mi coche haciendo énfasis en "ese" y lo miro con mala cara. Observo mis llaves y luego a él. No sé si debería creer en semejante coincidencia, pero ¿Cómo las tiene si no era de esa forma?

—Bien, son mías — estiro mi mano, esperando que me las devuelva — Devuélvemelas, niño.

Él no hace absolutamente nada, ni siquiera se mueve un paso. Estiro mi mano para tratar de alcanzarlas y fallo.

Resulta que el nene es un poco más alto que yo, a pesar de estar en tacones. Debería darme vergüenza. Vuelvo a mirar mis llaves, desesperada por irme a descansar, he perdido mucho tiempo. Me distraigo un segundo mirando sus ojos, son tan particulares...

Él carraspea y me hago consciente de la poca distancia que hay entre ambos y me alejo torpemente.

—Necesito mis llaves, niño. Estoy muy cansada — digo aburrida.

—No me digas niño — frunce el ceño. —No lo soy, tengo 21.

—Pft... un niño — digo por lo bajo.

—¿Qué decías? — pregunta burlón.

—Que, por favor, devuelvas mis llaves. Ya deben pasar las 6:00 de la mañana y estoy muerta del cansancio — me quejo.

Me dedica una sonrisa triunfal y me ofrece las llaves. Cuando hago un ademán de tomarlas vuelve a quitarlas de mi alcance, sin más.

¡Qué infantil!

—¿Decías que era un niño? Es que no te escuché muy bien.

—Con ese comportamiento, sí —digo cruzando mis brazos sobre mi pecho, molesta.

Él levanta una ceja y niega repetidas veces. Pero ¿Qué le pasa a este? Si ni siquiera nos conocemos. Por dios.

—Honorable señor – digo frustrada, pero con ironía— necesito que me devuelva mis llaves, por favor y gracias.

—Todas suyas — dice altanero, con una sonrisa amplia y de perfectos dientes.

Tomo las llaves, esta vez sin fallar y cierro un poco más fuerte de lo que debería la puerta del auto. Celebro internamente mi partida hacia mi departamento. Al fin a descansar. No puedo más.

— ¿No me dirás cómo te llamas? — grita el chico a mis espaldas una vez que me he alejado lo suficiente del lugar.

—No te importa — respondo bajito.

Retomo mi camino.

—Lo averiguaré — vuelve a elevar el tono y por la tranquilidad de la madrugada me doy cuenta que se aleja despacio.

Tarado.

¿Qué se ha creído?

Mocoso.

Giro mis ojos por quinta vez en la noche y camino, otra vez, al ascensor para, finalmente, ir a descansar. 

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