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Portada de la novela Los labios del pecado

Los labios del pecado

Virginia Lackander es una abogada de éxito en Nueva York que, a sus veintisiete años, vive entregada a una carrera profesional agotadora. Como mujer independiente, rechaza el compromiso y prefiere relaciones fugaces para proteger su libertad y ambición. Según su lógica, el amor es un obstáculo para triunfar. No obstante, su estricto control se verá amenazado por un joven enigmático que intentará enseñarle que existe algo más profundo que el trabajo y el deseo.
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Capítulo 3

Virginia

La luz del sol colándose por el ventanal me hace voltear en la cama disgustada. Siento que he dormido muy poco.

Pero ¿Qué hora es?

Tomo una de mis almohadas, aún sin abrir los ojos, y la coloco en mi rostro, cruzo mi brazo derecho por encima de la misma y suspiro intentando reconciliar el sueño.

Mi celular comienza a sonar y ahogo un gritito de fastidio en la almohada que se encuentra en mi cara. Quisiera ahogarme. Maldigo mi vida y al mundo.

-¡¿Por qué no me dejan ser feliz?! - me quejo en voz alta - como si alguien fuera a escucharme.

Quito la almohada de mi cara y recojo el celular. Entrecierro mis ojos, me siento algo hinchada, estoy segura de que mis ojeras piensan lo mismo. La luz del móvil me ciega un poco y estrujo mis ojos para adaptarme a la nueva iluminación.

Genial. Es solo una notificación del Instagram de Rebecca.

Rebecca es mi mejor amiga. En realidad, es mi prima, pero nos queremos como hermanas. Creo que anda por Europa, viviendo una vida loca y libre. A veces quisiera ser como ella y no tan responsable, pero luego recuerdo que amo mi trabajo y se me pasa. El año pasado fui a España por trabajo y fue bastante divertido, debo decir que los españoles no están nada mal.

Miro la hora luego de ver sus últimas publicaciones y veo que son las 11:30 am. No he dormido nada. Definitivamente esta no es la forma de aprovechar mi descanso. Me regaño y vuelvo a envolverme entre las sábanas de mi amada cama. Perezosa, ignorando todo a mi alrededor. Cierro los ojos como un angelito y empiezo a sentir como voy cayendo en el país de los sueños.

¡Espera!

Las alarmas de mi cabeza se encienden ¡El almuerzo en casa de mis padres! A esta hora ya no llego a tiempo ¿Y si sigo durmiendo y luego me excuso? No. Tengo que ir.

Salgo lo más rápido que puedo de la cama y corro al cuarto de baño. Tomo una ducha rápida, una fría para quitarme la pereza. Me seco y voy a vestirme. Me coloco una minifalda de tubo negra con una blusa sin mangas blanca. Rebusco hasta encontrar mi chaqueta negra.

Camino hacia la sección donde se encuentran mis tacones y me pongo unas botas de tacón negras que llegan un poco más debajo de mis rodillas. Tomo un bolso pequeño en blanco y guardo el celular y las llaves del coche. Me doy una última mirada en el espejo, el maquillaje que me puse fue lo más sencillo posible, intentando ocultar mis ojeras de panda y un brillo labial de cereza.

Miro la hora mientras el ascensor va bajando, 12:30 ¿En serio he tardado una hora? Pero si he corrido como una loca. Vuelvo a mirarme en el espejo de ascensor y estoy presentable, como diría mamá. Las puertas se abren para mí y saludo a Jorge algo apurada.

-Con cuidado, mi niña - lo escucho decir y me giro para lanzarle un beso con mi mano.

Dentro del coche me aliso el pelo con un cepillo y lo recojo en un moño alto. Me pongo el cinturón y salgo del estacionamiento marcando la ruta hacia mi antigua casa. Me alegra que no sea muy lejos del centro.

Cuando llego me bajo a las carreras y paso la mano instintivamente por mi cabello, alisándolo. Camino hacia la puerta y toco el timbre. Siempre acostumbro a hacerlo, tengo llaves, por ahí, pero me gusta más tocar el timbre.

-Bienvenida, mi niña Virginia - el caluroso saludo de Marie me devuelve el aliento.

Marie es la empleada de la casa, para mí es más que una empleada, desde que tengo memoria esta mujer trabaja para mis padres, ya es como si fuera parte de la familia.

-Hola, Marie - le devuelvo el saludo con el mismo afecto que ella - ¿Cómo has estado?

-Bien, mi niña.

Los años ya se le empiezan a notar. Debe tener al menos unos 65. Aunque no se ve mal, las arrugas ya se hacen presentes en su rostro como huellas de una larga vida de esfuerzo y trabajo pesado. Criarnos a Vanessa, a Abraham y a mí no ha sido nada fácil, sobre todo a Abraham.

-Todos están en el comedor - dice y mi sonrisa flaquea - te esperan.

La miro apenada y camino en dirección al comedor. Cuando entro todos están en silencio, comiendo. Toco la puerta que separa el salón del comedor y entro.

-Hola, familia - saludo enérgica.

Camino hacia donde se encuentra mi sobrina y le doy un beso en frente.

-Hola, hermosa ¿Cómo está mi sobrinita? - la molesto apretujando una de sus mejillas.

-Tía, ya basta - se queja - ya soy bastante mayor para que me trates como una bebé ¿No me ves?

-Para mí siempre serás mi chiquita malcriada - le doy otro beso y paso a saludar a mi hermana.

Seguidamente saludo a mis padres, que se encuentran uno junto al otro en la gran mesa "el matrimonio perfecto"

-¿Y la abuela? - pregunto tomando un panecillo y sentándome en el lugar que me corresponde.

-No se siente muy bien - responde mi madre - la empleada le llevará la comida.

-Mamá, su nombre es Marie - la miro mal - lleva bastantes años trabajando en esta casa como para que a estas alturas la trates como una más.

-Virginia - mi padre llama mi atención.

Aprieto mis labios molesta. Acabo de llegar y ya me están incomodando.

El almuerzo transcurre en silencio absoluto, solamente interrumpido por el sonido de los cubiertos y los platos y una que otra vez que mi padre comienza a toser.

Thomas Lackander, mi padre, tiene una Enfermedad de Transmisión Sexual. Todo se debe a que decidió mantener relaciones con una prostituta fuera del matrimonio. Confió en los códigos de salud que supuestamente tienen esas "mujeres". Al parecer son sometidas a pruebas cada cierto tiempo, pero esa no. Se descuidó y enfermó. Para la suerte de mi madre hacía ya mucho que no mantenían relaciones íntimas, si no, ella también estaría enferma.

Ahora se encuentra estable, pero cada pocas semanas empeora. Mi madre lo perdonó, al menos eso es lo que ella dice, porque ni siquiera han vuelto a dormir en la misma habitación. Victoria Román, a mi entender decidió no dejarlo por miedo al qué dirán, ya que somos una familia importante en la región.

No lo juzgo, ni le guardo algún rencor, pero lo que le hizo a mi madre, a pesar de como ella es, no tiene excusa, es imperdonable. Mucho menos con una prepago, a la que ni siquiera conocía. Tampoco juzgaré a esa mujer, porque no sé qué la llevó a ese mundo, pero no estoy de acuerdo con ninguno. Para la cereza del pastel, de la infidelidad surgió fruto. Nació un bebé, es hermoso y lo adoro, pero eso no quiere decir que consienta que mi padre se siga viendo con esa mujer.

El niño no debe culpa de los errores que cometieron sus padres antes de él nacer, eso es algo que ni mis hermanos ni mi madre entienden. La única que lo visita soy yo, ni siquiera mi sobrina quiera saber nada de él. Al final entiendo a mi madre, no tiene que seguir soportando humillaciones, pero mis hermanos deberían de darle una oportunidad, creo que no se arrepentirían, es un niño muy adorable y cariñoso.

Debido a la enfermedad de la madre, el niño tiene deformaciones en sus huesos y, desgraciadamente, es paralítico. Los médicos no le daban esperanzas de vida, pero con el tiempo fue mejorando y es un fuerte hombrecito de dos años. Mi Matteo, en serio pienso que el bebé no debe culpa de absolutamente nada. Por mi parte tiene una hermana amorosa y comprensiva, que lo llena de besos y regalos.

-Si me disculpan, me retiro - avisa mi padre y sale del comedor con dificultad aferrado a su bastón.

Me pongo de pie para ayudarlo y lo llevo hasta su habitación, gracias a mí en la primera planta de la casa. No podía subir las escaleras desde que enfermó, no al menos son ayuda y mi madre no le brindaría su mano, menos mi hermana que no le perdona del todo lo que le hizo a mamá, para ella todo está bien. Exigí que se le acomodara una habitación en la planta baja, temía que tuviera un accidente en algún momento.

-Quisiera descansar un poco - dice en voz baja.

Asiento y le doy un pequeño beso en la sien, me despido desde la puerta y la cierro a mis espaldas. Me quedo ahí, de pie, durante un momento. Una lágrima silenciosa rueda por mi mejilla y la limpio con cuidado. Lamento tanto ver a mi padre así.

Recuerdo cuando estaba sano, yo era una niña y se veía tan fuerte, indestructible, era mi héroe, el hombre de mi vida. Era mi ídolo. Ya no sé si siga llevando ese título ante mis ojos, me ha fallado, lo amo, pero me siento tan decepcionada a veces. Mi súper héroe dejó caer su capa...

Recupero la compostura y camino hacia el salón de té, sé que ya están allí. Siempre toman el té luego de almorzar.

Efectivamente, mi madre se encuentra junto a mi sobrina tomando el té.

-¿Y Abraham? - Interrumpo - ¿Qué cuenta?

-Tu hermano es un caso perdido - comenta mi madre girando los ojos.

Eso me provoca una pequeña risa. Tenemos las mismas cosas, somos igualitas. Aunque nuestro carácter tan idéntico nos hace chocar mucho por las diferencias de ideales.

-Ya sabes - interrumpe Vanessa, mi hermana mayor - viajando y conociendo mundo. Es igualito a Rebecca.

-A veces, quisiera ser como ellos - digo sonriente.

-Tonterías - suelta mi madre exasperada - Lo que tienes que hacer es sentar cabeza y conseguirte un esposo, formar una familia y estar en paz de una vez. Te estás quedando atrás.

Es mi momento de rodar los ojos ante su comentario. Y dale con el temita del esposo y los hijos. Cada vez que vengo a visitarla se pone igual. No es que no me gusten los niños, por ejemplo, adoro a mi hermanito, pero no quiero tener hijos propios, no por ahora y sinceramente no sé si algún día esté preparada para ello.

-Mamá - le advierto - para con ese tema.

-Hija, ya estás muy mayor - la miro mal. - Necesitas hacer una vida, tener una familia, una compañía. Mira a tu hermana.

-Madre, no creo que sea el momento.

-Este es el momento adecuado - mi madre interrumpe a Vanessa - Virginia jamás viene a esta casa, siempre está ocupada. Hay que aprovechar cada instante.

-Pues menos voy a venir si sigues con el tema - suspiro en busca de paciencia. - Te he dicho muchas veces que tengo una vida y soy feliz con ella ¿Vale? No me interesa nada de eso.

-No es lo que a mí me parece - insiste mi madre - necesitas compañía-

-No necesito nada - la interrumpo - si quiero compañía me compro un perro ¿Quedó claro? Estoy harta ya de hablar del mismo tema - suspiro y me pongo de pie.

-Hasta Valeria ya tiene un novio - comenta dando un sorbo a su taza de té.

-Abuela, basta - se queja Valeria, que hasta ahora había estado callada.

- ¿No me digas? - La molesto y la miro enarcando una ceja -¿Quién es el afortunado?

-Ya tía - se pone colorada y me río por lo bajo - de verdad no quiero hablar de eso.

-Bueno, igual no te me vas a escapar - le digo y vuelvo a dirigir mi atención a mi madre - ¿Ya ves que ni la niña quiere hablar del novio? Déjame a mí. Voy a ver a mi abuela.

Salgo de la sala y me pierdo por el corredor del primer piso. Paso frente a la habitación de mi padre, no sin antes cerciorarme de que no necesite nada. Está dormido, así que sigo mi camino a ver a la abuela. Doy unos leves toquecitos en la puerta y la anciana voz me invita a pasar.

-¡Sorpresa! - digo animada entrando de lleno en la habitación. - Buenas, señora Charlotte. Está deslumbrante usted hoy - coloco mis manos como jarra en mis caderas.

Ella me recibe con una gran sonrisa y abre sus arrugados y cálidos brazos para mí, recibiéndome en un gran y afectuoso abrazo que me devuelve a la vida. 

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