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Portada de la novela Los Hijos del Abismo

Los Hijos del Abismo

La tranquilidad de un pueblo costero se desvanece cuando varios niños desaparecen sin dejar rastro. El suceso ocurre justo tras la llegada de extraños inquilinos a una casona abandonada. Alden, un periodista que busca redención, comienza a indagar y descubre una realidad espeluznante: los recién llegados son vampiros ancestrales sedientos de sangre. Ahora, deberá enfrentarse a este horror milenario para salvar a la comunidad y evitar que la oscuridad los consuma.
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Capítulo 2

La noche se había asentado sobre el pueblo de Feredo, pero la calma que aparentemente envolvía las casas y calles era una ilusión. Alden, tras despedir a Samuel, caminaba con paso firme por las empedradas callejuelas, su mente turbada por las palabras del niño. No podía dejar de pensar en lo que había dicho, en la conexión implícita entre los Arendal y las desapariciones, esa sensación extraña que los envolvía. Algo no encajaba, y él, como periodista, tenía el deber de desentrañarlo, aunque eso significara sumergirse en aguas peligrosas.

El viento soplaba con fuerza desde el mar, trayendo consigo el retumbar distante de las olas contra las rocas. Alden sintió el frío calar sus huesos mientras se adentraba en la parte más antigua del pueblo, donde las casas de madera crujían bajo el peso de los años. Los faroles, cuya luz amarillenta apenas iluminaba los callejones, lanzaban sombras alargadas sobre las paredes de las casas, como si fueran fantasmas de tiempos olvidados.

Al llegar a la plaza principal, donde las piedras aún guardaban la memoria de las generaciones pasadas, Alden se detuvo un momento para observar el pequeño quiosco de madera que estaba al centro. Allí solían reunirse los ancianos del pueblo, contando historias sobre las leyendas del mar y las desapariciones misteriosas que habían marcado la historia de Feredo. Tal vez, pensó, allí encontraría respuestas.

Se dirigió hacia la pequeña taberna que se encontraba en un rincón de la plaza, un lugar que aún mantenía el aire rústico y olvidado por el paso del tiempo. Dentro, el calor del fuego de la chimenea se mezclaba con el aroma a madera envejecida y vino. Los pocos habitantes que se encontraban allí, sumidos en sus pensamientos o en conversaciones de bajo volumen, levantaron la mirada solo por un instante al ver a Alden entrar, antes de volver a sus asuntos.

Se acercó a la barra, donde el viejo Lázaro, el dueño, limpiaba lentamente unos vasos con un trapo. Era un hombre de cabellera canosa, que se movía con la lentitud que da la costumbre de los años. Su mirada, siempre atenta y curiosa, no perdió de vista a Alden cuando se sentó.

-¿Qué te trae por aquí, joven Alden? -preguntó Lázaro, con su tono grave pero amigable.

Alden se acomodó en el taburete, observando por un momento el fuego que ardía en la chimenea antes de contestar.

-Quisiera saber más sobre las desapariciones. Los niños que han desaparecido, sobre todo el primero, Javier. ¿Recuerdas algo de eso, Lázaro? -su voz sonó más grave de lo que esperaba, como si la pregunta misma tuviera peso sobre sus hombros.

Lázaro dejó de limpiar los vasos, y por un momento, su rostro pareció endurecerse. Miró fijamente a Alden, como si estuviera evaluando si debía o no hablar. Finalmente, dejó el trapo y se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

-¿Quieres saber sobre Javier? -dijo con seriedad, mirando a su alrededor antes de seguir-. No es la primera vez que ocurre algo así en Feredo. Las desapariciones son más viejas que el pueblo mismo, muchacho. Esta tierra está llena de historias que han sido olvidadas por la mayoría. Pero algunos de nosotros recordamos... o al menos, creemos recordar.

Alden sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Qué tipo de historias eran esas que hablaba Lázaro? ¿Acaso estaba relacionado con lo que Samuel le había contado? No quería sonar presuntuoso, pero algo dentro de él sentía que había algo más en ese viejo hombre que su apariencia y su tranquila vida en la taberna.

-¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué historias? -preguntó Alden, intentando disimular su creciente inquietud.

Lázaro levantó un dedo, pidiendo silencio, y miró a su alrededor nuevamente, asegurándose de que no hubiera nadie escuchando. Cuando estuvo seguro, se inclinó aún más cerca de Alden.

-Feredo no es un pueblo común. -Su voz se tornó baja, casi un susurro-. Y los Arendal... no son lo que parecen. Las desapariciones no son solo accidentes, muchacho. Han ocurrido antes, y siempre han coincidido con la llegada de extraños. Al principio, pensábamos que era pura coincidencia, pero... te aseguro que no lo es.

Alden frunció el ceño, sin poder procesar todo lo que estaba oyendo. ¿Qué clase de secretos se guardaban en ese pueblo? Había algo inquietante en la forma en que Lázaro hablaba, como si estuviera recordando algo doloroso.

-¿Entonces qué sabes de los Arendal? ¿Qué tienen que ver con todo esto? -preguntó, su tono un poco más urgente.

Lázaro miró por la ventana, donde la oscuridad del mar comenzaba a engullir la luz del día. Su rostro se arrugó aún más de lo normal, y su voz, cuando volvió a hablar, estuvo llena de un tono sombrío y sombrío.

-Lo que te voy a decir, no lo tomes a la ligera. Los Arendal no llegaron aquí por casualidad. Y no son humanos, Alden. Lo que han hecho con los niños, lo que han hecho con este pueblo... no es algo que puedas comprender tan fácilmente.

Alden sintió como un peso invisible caía sobre sus hombros. Intentó darle sentido a lo que el viejo le estaba diciendo, pero las palabras no parecían encajar. La mente lógica de un periodista lo empujaba a desechar lo que le decía Lázaro, pero su instinto le decía que algo oscuro se movía bajo la superficie del pueblo.

-¿Qué estás insinuando, Lázaro? -preguntó, casi con incredulidad-. ¿Estás diciendo que los Arendal... no son humanos?

Lázaro asintió lentamente, como si no se atreviera a decir más, pero la gravedad de sus palabras ya había marcado una huella en Alden.

-Este pueblo tiene un precio que pagar. Un precio por haber sido fundado en tierras que no debían ser pisadas. Los Arendal... están aquí para cobrar ese precio. Y lo que se llevan no es solo el alma de los niños, sino algo mucho más valioso.

Alden no pudo evitar un escalofrío que le recorrió el cuerpo. Lo que acababa de escuchar parecía imposible, pero la mirada en los ojos de Lázaro no mentía. El viejo estaba aterrorizado, y eso lo inquietaba aún más.

-¿Y qué podemos hacer? -preguntó Alden, casi en un susurro.

Lázaro suspiró, mirándolo fijamente. -No lo sé, muchacho. Yo ya he hecho todo lo que podía. Pero tú, eres más joven. Tienes una oportunidad de descubrir la verdad antes de que sea demasiado tarde.

Alden se levantó de la barra, agradeciendo a Lázaro por su tiempo, pero el peso de sus palabras lo acompañaba mientras caminaba de regreso hacia su casa. La noche era más oscura ahora, y la brisa marina parecía cargada de algo ominoso. ¿Realmente los Arendal eran lo que Lázaro había dicho? ¿Y qué precio había pagado el pueblo para ser habitado en estas tierras?

Mientras cruzaba la plaza, vio algo que lo hizo detenerse en seco: una figura, alta y elegante, caminaba lentamente hacia la mansión de los Arendal. Era Evelyn Arendal. Su porte y belleza parecían inhumanos, como si estuviera más allá de cualquier mortalidad. Alden la observó, sintiendo una extraña opresión en el pecho. Lo que Lázaro había dicho resonaba en su mente, y una pregunta flotó en su mente: ¿Realmente estaba preparado para enfrentarse a lo que acechaba en Feredo?

La respuesta no llegó con claridad, pero sabía que debía seguir buscando. Porque algo terrible estaba a punto de suceder. Algo mucho más oscuro de lo que él había imaginado.

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