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Portada de la novela Los Hijos del Abismo

Los Hijos del Abismo

La tranquilidad de un pueblo costero se desvanece cuando varios niños desaparecen sin dejar rastro. El suceso ocurre justo tras la llegada de extraños inquilinos a una casona abandonada. Alden, un periodista que busca redención, comienza a indagar y descubre una realidad espeluznante: los recién llegados son vampiros ancestrales sedientos de sangre. Ahora, deberá enfrentarse a este horror milenario para salvar a la comunidad y evitar que la oscuridad los consuma.
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Capítulo 3

El viento arremetía contra las ventanas de la casa de Alden, haciendo que las cortinas danzaran con un susurro inquietante. Había regresado tarde esa noche, su mente abrumada por las revelaciones de Lázaro y el inminente peligro que parecía envolver a Feredo. El pueblo, que había sido su hogar durante toda su vida, ahora le parecía un lugar extraño, lleno de sombras que ocultaban secretos oscuros y peligrosos. La conversación con el viejo tabernero había dejado una huella profunda en su alma, y no podía dejar de preguntarse si estaba haciendo lo correcto al seguir investigando.

Se sentó frente a su escritorio, la lámpara de aceite parpadeando tenuemente, mientras pasaba los dedos por las notas que había hecho en su cuaderno. Las desapariciones de los niños, la llegada de los Arendal, los extraños rumores sobre seres que no eran humanos. Todo parecía estar conectado, pero algo dentro de él le decía que no estaba viendo el panorama completo. Necesitaba más pruebas, más respuestas. Y no iba a detenerse hasta encontrar la verdad.

Un golpeteo suave en la puerta lo sacó de su concentración. Alden levantó la mirada, algo sorprendido. ¿Quién podía estar allí tan tarde? Caminó lentamente hacia la entrada y, al abrir la puerta, se encontró con una figura conocida, pero que no esperaba ver esa noche.

-¿Evelyn? -preguntó Alden, sorprendido al ver a la mujer frente a él. La expresión de Evelyn Arendal era solemne, casi triste, lo que contrastaba con su habitual aire de elegancia y calma.

-Necesito hablar contigo, Alden -respondió Evelyn, su voz suave, casi susurrante, como si temiera ser escuchada.

Alden la observó un momento antes de abrir la puerta por completo, permitiéndole el paso. Evelyn no era solo la esposa de Erik Arendal, el cabeza de la familia; era la figura que, en silencio, parecía rodear todo el misterio de su llegada al pueblo. La gente murmuraba sobre ella, sobre su belleza etérea y su presencia imponente. No era fácil acercarse a ella, pero Alden sintió que había algo en sus ojos esa noche que lo impulsaba a escucharla.

-¿Qué ocurre, Evelyn? -preguntó mientras la guiaba hacia la pequeña sala, donde se sentaron frente a una chimenea que aún mantenía su calor.

Evelyn permaneció en silencio durante unos segundos, mirando las llamas que danzaban en la chimenea, como si buscara las palabras adecuadas. Finalmente, se giró hacia Alden, su mirada cargada de una tristeza profunda.

-He venido a advertirte, Alden. No sigas por este camino. No te metas en esto. -Sus palabras fueron directas y llenas de un peso que hizo que el aire se volviera más denso.

Alden frunció el ceño, incrédulo. No entendía qué estaba pasando. Evelyn Arendal, la mujer que se mantenía apartada de los demás, ahora le pedía que dejara de investigar. Algo en su tono, en su actitud, lo desconcertó.

-¿Por qué me dices esto? ¿Qué sabes tú sobre las desapariciones? ¿Qué sabes sobre tu familia? -Su voz se alzó un poco, la frustración comenzando a manifestarse.

Evelyn suspiró, y por un momento, sus ojos parecieron perderse en el fuego. Era como si estuviera luchando con algo dentro de ella, algo que la mantenía atrapada entre la necesidad de proteger su secreto y el deseo de ayudar a Alden.

-Mi familia no es lo que parece. Ni tú, ni nadie en este pueblo sabe lo que realmente son los Arendal. -Dijo, su voz temblando levemente-. Yo... yo no soy como ellos, Alden. Me casé con Erik porque no tenía otra opción. Yo... yo también soy prisionera aquí.

Alden la miró, confundido. Nunca había imaginado que Evelyn pudiera sentirse atrapada. Siempre la había visto como una mujer poderosa, con una voluntad férrea, alguien que estaba al mando de todo lo que hacía. Pero ahora, al escuchar sus palabras, todo parecía cambiar.

-¿Qué estás diciendo? ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó, sus palabras llenas de incredulidad.

Evelyn respiró hondo, su mirada fija en la llama titilante de la chimenea. Luego, con un susurro, comenzó a relatar una historia que cambiaría para siempre la forma en que Alden veía el mundo.

-Los Arendal no son humanos, Alden. Son... criaturas que han existido por siglos, alimentándose de los miedos y las almas de los inocentes. Lo que se llevan no es solo su vida, sino algo mucho más profundo. Y el pueblo... este pueblo está maldito. Feredo fue construido sobre tierras que pertenecen a ellos, a los Arendal. Ellos... ellos han pactado con los demonios del mar, y cada cierto tiempo, deben tomar algo a cambio. Los niños son solo el comienzo. Pronto, la maldición llegará a todos.

Alden sintió que su corazón se detenía por un momento. Las palabras de Evelyn lo golpearon como un martillo, y lo que había considerado como rumores y leyendas ahora se veía como una verdad aterradora. ¿Era posible que los Arendal estuvieran ligados a todo esto? ¿A las desapariciones, al pueblo, a la maldición? Su mente intentaba ordenar el caos de información, pero todo parecía encajar de forma aterradora.

-Entonces... ¿por qué no haces nada? -preguntó, casi con desesperación-. ¿Por qué permites que esto continúe? ¿Por qué no intentas detenerlo?

Evelyn lo miró fijamente, sus ojos llenos de una tristeza insondable.

-No es tan sencillo. Ellos controlan todo, Alden. No puedes luchar contra ellos. Yo traté de huir... pero cuando lo hice, Erik me encontró. Me... me obligaron a regresar. -Su voz se quebró por un momento-. No puedo irme, no puedo hacer nada. Solo puedo intentar protegerte, advertirte. Tú eres mi única esperanza.

Alden sentía que la presión en su pecho aumentaba. La verdad que acababa de descubrir era más aterradora de lo que jamás había imaginado. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo enfrentarse a algo tan antiguo, tan poderoso?

-¿Y qué debo hacer? ¿Qué puedo hacer? -preguntó, su voz casi un susurro de desesperación.

Evelyn lo miró, y por un momento, parecía como si fuera a decir algo más, algo crucial. Pero, antes de que pudiera hablar, un ruido ensordecedor vino del exterior. Un rugido profundo, como el de un animal salvaje, resonó a través del aire. La tierra tembló levemente bajo sus pies, y las paredes de la casa crujieron. Evelyn se levantó rápidamente, su rostro pálido.

-Es tarde... -dijo, con una mezcla de terror y resignación-. Ellos han comenzado.

Alden se levantó, sintiendo la urgencia en el aire. Algo estaba sucediendo, algo que él no podía comprender completamente, pero que se sentía como una amenaza inminente. Mientras Evelyn corría hacia la puerta, él la siguió, sin poder apartar la mirada de sus ojos, sabiendo que algo mucho peor estaba por llegar.

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