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Portada de la novela Los chicos también se enamoran

Los chicos también se enamoran

Leonardo Harrison, el galán más popular del campus, se fija un nuevo objetivo: conquistar a la recién llegada Anabel. Sin embargo, su habitual encanto fracasa y lo que empezó como un juego deriva en una amistad sincera. Por primera vez, el joven mujeriego cae rendido de amor, pero enfrenta un obstáculo insuperable: el novio de ella. Atrapado en el rol de mejor amigo, Leonardo debe lidiar con sus miedos y evolucionar para intentar ganar su corazón.
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Capítulo 3

Paul parecía concentrado en una lectura, pero yo noto como me lanzaba miradas disimuladamente. Todos los demás, seguían discutiendo los posibles temas para el proyecto.

Le hice unas señas a Paul, dándole a entender que la chica era mía, sabía que entendería perfectamente, él sonríe con malicia. Anabel llamó mi atención con un pequeño golpecito de su codo en mi brazo.

- ¡Oye!. – Ella hablaba en un susurro. Yo volteo y noto como evita mirarme a la cara. -… Mmmm… Disculpa pero… – Parecía muy avergonzada, ¡Se ve roja! “¿Se va a confesar tan rápido? Dirá que le gustó o le parezco guapo, ¡Rompí mi propio récord!”, Me engrandecí y sonreí internamente. – Tienes sucia la nariz. – Finalmente concluye.

Quede paralizado por un momento, pero está, no era una situación que me apenara fácilmente, mantuve la compostura, le di una pequeña sonrisa y comencé a frotarme la nariz. Así, lo di por arreglado.

- Gracias. – Le respondí muy serio, luego de mi vago intento de limpiarme. Ella mantenía los labios apretados, parecía contener la risa.

- No por fuera, por dentro y es muy grande. – Susurró mucho más bajo.

Esta vez, se me dificultó mantener la compostura, sentí como el rostro se me calentaba, seguramente lo tendría rojo, me puse algo nervioso, mi pulso se aceleró. Voltee rápidamente hacia mi mochila y saque el primer paño que encontré, allí agachado comencé a limpiar mi nariz, restregando sin parar, por dentro y por encima, ¡Por donde sea! Y cuando me sentí seguro de estar limpió, observé por encima el pañito, efectivamente, había un enorme moco pegado. Ya seguro de que el problema se había resuelto, me levanté nuevamente.

Suspiré algo aliviado, “Solo fue un pequeño momento vergonzoso”, me tranquilicé un poco. Soy una persona bastante segura de sí misma, si dejara que estos pequeños malos momentos afectarán mi autoestima, hay sí que tendría problemas porque las chicas huelen el miedo.

Levanté la mirada con total seguridad, pero al revisar a mi alrededor, Paul me observaba mientras reía abiertamente, mientras los demás miembros del equipo mantenían sus risas de una forma discreta. Mentiría si dijera que solo Anabel mantuvo la compostura, aunque por lo menos trataba de ser más discreta que los demás.

- Creo que necesitas ayuda. – Ella volteó hacia su mochila y sacó un pequeño espejo que puso frente a mi cara.

Ciertamente, no estaba el enorme moco que acababa de sacar. Pero tenía ¡Toda la nariz negra! ¡Con manchas de grasa! Voltee para observar la mochila y hay estaba, tirado encima de ella, el paño que acababa de usar, el mismo paño con que me limpié las manos cuando me había accidentado con el carro, “¡Mierda!”. Anabel se volvió hacia su mochila y luego de revisar unos segundos, sacó una toallita húmeda.

- ¿Puedo?. – Preguntó mientras señala mi nariz.

Asentí y acerqué mi rostro al de ella. Vi como se sorprendió, se tensó y retrocedió un poco. Mientras yo asimilo la situación unos segundos y me doy cuenta de mi error. Ella me ofrecía la toallita para que ¡Yo mismo me limpiará! Y yo simplemente asumí que ella me limpiaría. Volví a enrojecer, podía sentir como mi pulso enloqueció, “Que humillante”. Quede allí estático con los ojos muy abiertos.

¡Hacía años! ¡Años! Que no pasaba una vergüenza, siendo siempre alguien muy seguro y audaz. ¡Claro! He tenido mis tropiezos, pero siempre había salido airoso, con la cabeza en alto.

Aunque antes se había sorprendido, ahora Anabel me sonreía, vi como se le formó una pequeña arruga en la nariz, lo cual me pareció tierno, cómo la mueca de una pequeña niña. Efectivamente, ella en un principio se había sorprendido de mi acción, pero luego, pareció darle gracia la situación y sin decir más, comenzó a limpiar suavemente mi nariz.

Al terminar la limpieza, me estiré hacia un lado, acercándome mucho a ella, acerqué mis labios a su oído y en un susurro solo audible para ella, le agradecí. Necesitaba recuperar algo de terreno con ella, podía sentirme humillado, pero no derrotado.

Anabel se irguió un poco, alejándose de mí, no parecía afectada por tenerme cerca o por el roce de un chico apuesto a su lado, solo se veía… Incómoda. Luego, como si nada, hecho el pañito a un lado y continuó con el tema del que estaban tratando en el grupo.

Los demás simulaban concentrarse en la materia, pero yo notaba como me lanzaban miradas entre risas y disimulaban. Mientras mi amigo Paúl, bueno pues, él no necesitaba disimular.

Finalmente, al poco tiempo para terminar la clase, mis compañeros de equipo presentaron tres títulos o posibles temas para nuestro proyecto a la docente, ¿De qué se trataba? Ni idea, ni me interesaba saberlo; aunque en todo momento yo trate de simular interés, sin aportar realmente nada.

En el fondo, únicamente pensaba en la vergüenza que acababa de pasar. Ahora entendía la actitud de Anabel, cómo sé enrojecida y sonreía, ¡Mientras yo! ¡Como todo un idiota! ¡Creyendo que gustaba de mí! ¡Si ella lo supiera! ¡Qué humillante!.

Aunque, luego de pensarlo un rato, comencé a pensar que probablemente si le gustaba, después de todo soy uno de los chicos más guapos de la universidad, solo que se interpuso un mal momento, una mal día, un accidente… Dejaría que pasaran unos días, olvidaremos este primer encuentro; mientras tanto, me podía entretener con otras chicas y luego, volvería a tirar mi anzuelo hacia ella.

Luego de toda esa incómoda situación, mi mente se centró en ella. “Anabel”, no estaba mal, una chica bonita, con un lindo nombre, aparentemente amable… Observándola mientras recogía sus cosas, pues la clase había terminado, me dio la sensación de que, quizás, debería conocerla más. Decidí para la próxima ocasión, además de asegurarme de estar impecable, trataría de charlar más con ella.

Salí del aula con mí ahora no tan querido amigo Paul, que aprovechaba para burlarse abiertamente de mí, a todo pulmón, mientras yo refunfuñaba. Observé a Anabel alejarse por el pasillo, algo apurada, “Es algo pequeña, pero se le marca una buena figura y hasta tiene un bonito andar”.

“Para la próxima…” Con este pensamiento, me fui a mi siguiente clase.

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