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Portada de la novela Lo Siento Hijo Mío

Lo Siento Hijo Mío

Con las cenizas de su hijo Leo en las manos, un padre destrozado descubre una verdad aterradora. Sofía, su mujer, no siente pena; junto a Ricardo, revela que el viaje de salud fue un engaño para aplicar una eutanasia forzada al pequeño. Al oír que lo consideraban un estorbo para su libertad, el dolor del protagonista se transforma en una sed de justicia letal. Ahora, iniciará una cacería implacable para vengar la vida de su campeón ante tal traición.
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Capítulo 2

El aire en el panteón era pesado, cargado con el olor a tierra mojada y flores marchitas. Sostenía la pequeña urna de Leo con ambas manos, sintiendo el frío de la cerámica contra mi piel. Era todo lo que quedaba de mi hijo de seis años. A mi alrededor, los sollozos ahogados de mis suegros y algunos amigos de la familia eran un ruido de fondo que apenas registraba. Mi atención estaba fija en un solo punto ausente: Sofía. Mi esposa no estaba a mi lado.

Carmen, mi colega y la única amiga verdadera que me quedaba, se acercó y puso una mano sobre mi hombro. Su tacto era firme, un ancla en medio de mi tormenta interna.

"Mateo, ¿estás bien? ¿Necesitas algo?"

Negué con la cabeza, incapaz de formar palabras. ¿Bien? Mi hijo estaba muerto. Mi esposa había desaparecido en el momento más crucial. La palabra "bien" se sentía como un insulto.

La ceremonia terminó. La gente comenzó a dispersarse, dándome palmadas torpes en la espalda y susurrando condolencias vacías. Me quedé inmóvil, mirando la pequeña lápida recién colocada. "Leo, nuestro ángel". Las palabras las había elegido Sofía, y ahora sonaban a una cruel ironía.

Finalmente, la necesidad de encontrarla me obligó a moverme. Le entregué la urna a Carmen, pidiéndole que la cuidara un momento. Caminé entre las tumbas, buscándola. La encontré cerca de la salida, en un rincón apartado, hablando en voz baja con un hombre. Era Ricardo. Su "amor platónico" de la universidad, el tipo del que me había hablado con un brillo nostálgico en los ojos durante los primeros años de nuestro matrimonio. No estaba llorando. De hecho, una pequeña sonrisa jugaba en sus labios.

Me detuve detrás de una gran cruz de mármol, oculto a su vista. No quería interrumpir, solo entender por qué él estaba aquí y ella no estaba conmigo. Entonces, sus palabras llegaron hasta mí, claras y cortantes.

"Por fin, Ricardo. Por fin se acabó. Ya no hay nada que nos detenga."

La voz de Ricardo era suave, melosa.

"Lo sé, mi amor. Fuiste muy valiente. Fue lo mejor para todos."

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. ¿Valiente? ¿Lo mejor para todos? ¿De qué hablaban?

La risa de Sofía, baja y cómplice, me golpeó en el estómago.

"Valiente... ni te imaginas. Aguantar a Mateo con sus caras largas, fingir que me importaba todo ese drama del hospital. Y Leo... sinceramente, Ricardo, Leo fue un accidente desde el principio. Nunca debí tenerlo. Arruinó mis mejores años."

Mi respiración se detuvo. El mundo a mi alrededor se desvaneció. Un zumbido agudo llenó mis oídos. ¿Leo? ¿Un accidente? ¿Una ruina? Mi hijo, mi pequeño campeón que luchaba cada día con una sonrisa, ¿era solo un estorbo para su propia madre?

Pero la peor parte estaba por llegar.

Ricardo la abrazó por la cintura.

"Shhh, ya pasó, hermosa. Ahora podemos estar juntos. El tratamiento en el extranjero fue una idea genial."

Sofía soltó una risita.

"¿Tratamiento? Por favor, Ricardo. No seas ingenuo. No hubo ningún tratamiento. Fue eutanasia. Le di al médico el dinero suficiente para que firmara los papeles y lo hiciera parecer una complicación. No iba a permitir que un niño enfermo arruinara nuestro reencuentro. Te quería a ti, libre, sin ataduras."

Un abismo se abrió bajo mis pies. La verdad era tan monstruosa, tan inconcebible, que mi mente se negó a procesarla. Eutanasia. Mi esposa no había llevado a nuestro hijo al extranjero para salvarlo, lo había llevado para matarlo. Para poder estar con otro hombre.

Un torbellino de imágenes asaltó mi mente. Leo, en su cama de hospital, diciéndome con su vocecita débil: "Papi, no te preocupes, voy a ser fuerte para que mamá esté feliz". Leo, dibujando un retrato de nuestra familia, con un sol gigante brillando sobre nosotros. Leo, preguntándome si cuando volviera del "viaje" podríamos ir al parque a volar el cometa que le había construido.

Mi hijo no quería morir. Mi hijo quería vivir. Luchó hasta el final, creyendo en la mentira que su madre había tejido con veneno y egoísmo.

Escuché a Sofía continuar, su voz teñida de desprecio.

"Además, ya era hora de deshacerme de Mateo. Es un bueno para nada, un mantenido. Cree que porque trabaja en la empresa de mi familia tiene algún derecho. Todo lo que tenemos es mío, de mis padres. Él no es nada sin mí."

Ricardo asintió, su voz llena de falsa comprensión.

"Claro que sí, mi vida. Él nunca te mereció. Ahora, con la nueva tecnología que voy a implementar en 'Belleza Celestial', nos haremos de oro. Olvídate de él."

Carmen, la amiga de Sofía que estaba con ellos, parecía incómoda.

"Sofía, tal vez no deberías hablar así. Mateo está devastado."

Sofía se burló.

"¿Devastado? Por favor, Carmen. Estará bien. Ahora tendrá más tiempo para sus 'proyectos inútiles'. Que se busque la vida. Ya no es mi problema."

En ese momento, di un paso en falso. Una rama seca crujió bajo mi zapato. Los tres se giraron bruscamente. La sonrisa de Sofía se congeló en su rostro al verme. En una fracción de segundo, su expresión cambió. Sus ojos se llenaron de lágrimas falsas, su boca se torció en una mueca de dolor.

"¡Mateo, mi amor! Te estaba buscando. No podía soportar estar allí, es demasiado doloroso."

Corrió hacia mí, intentando abrazarme. La aparté con un movimiento brusco, como si su contacto quemara. Vi el destello de ira en sus ojos antes de que lo ocultara de nuevo bajo una máscara de tristeza.

Ricardo se acercó, extendiendo una mano.

"Mateo, mi más sentido pésame. Sofía me ha contado lo terrible que ha sido todo."

Lo miré a los ojos, a él y a mi esposa. Vi su engaño, su crueldad, su completa falta de alma. Y en ese momento, supe que mi vida, tal como la conocía, había terminado. La pregunta ya no era cómo superar el dolor de la muerte de mi hijo, sino cómo sobrevivir al conocimiento de que había sido asesinado por la mujer que juró amarlo.

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