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Portada de la novela Lo Siento Hijo Mío

Lo Siento Hijo Mío

Con las cenizas de su hijo Leo en las manos, un padre destrozado descubre una verdad aterradora. Sofía, su mujer, no siente pena; junto a Ricardo, revela que el viaje de salud fue un engaño para aplicar una eutanasia forzada al pequeño. Al oír que lo consideraban un estorbo para su libertad, el dolor del protagonista se transforma en una sed de justicia letal. Ahora, iniciará una cacería implacable para vengar la vida de su campeón ante tal traición.
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Capítulo 3

Sofía intentó tomar mi mano de nuevo cuando llegamos a casa.

"Mi amor, sé que estás sufriendo. Yo también. Tenemos que apoyarnos el uno al otro para superar esto."

Sus palabras eran huecas, un eco nauseabundo de la conversación que había escuchado. Aparté mi mano con suavidad, pero con una firmeza que la sorprendió. No dije nada. El silencio era mi única arma, mi único refugio. Cada palabra que ella pronunciaba era una mentira, y responderle sería validar su farsa.

Entré en la casa que una vez llamé hogar. Se sentía extraña, fría. El aire estaba impregnado de su perfume caro, no del olor a galletas que a Leo le encantaba hornear conmigo.

"Quería empezar a guardar las cosas de Leo," dije, mi voz sonaba rasposa, ajena. "Poco a poco. No quiero que nadie más toque sus recuerdos."

Sofía se quitó el abrigo negro y lo colgó con un gesto casual, casi despreocupado.

"Ah, sobre eso... ya me encargué."

La miré, sin entender.

"¿Qué quieres decir con que ya te encargaste?"

"Bueno, pensé que sería demasiado doloroso para ti," dijo, evitando mi mirada, mientras se servía un vaso de agua. "Así que esta mañana, mientras estabas con los preparativos del funeral, llamé a un servicio de limpieza. Se llevaron todo. Su cama, sus juguetes, su ropa... todo. Es mejor así, Mateo. Empezar de cero. Limpiar el espacio para poder sanar."

Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies. Corrí escaleras arriba, hacia el cuarto de Leo. Abrí la puerta de golpe. Estaba vacío. Completamente vacío. Las paredes blancas y desnudas me devolvían la mirada. No quedaba ni un dibujo pegado con cinta adhesiva, ni un cochecito olvidado en un rincón, ni el olor a su champú de bebé que aún persistía en su almohada. Había borrado a nuestro hijo. Lo había erradicado de nuestra casa como si fuera basura, como si nunca hubiera existido.

Caí de rodillas en medio de la habitación vacía. El dolor era físico, una presión insoportable en mi pecho que me impedía respirar. Era peor que el funeral, peor que la noticia de su muerte. Era la aniquilación de su memoria a manos de su propia madre.

Sofía apareció en el umbral de la puerta, con el vaso de agua en la mano.

"¿Ves? Es mejor así. Menos recordatorios dolorosos."

Me levanté lentamente, cada músculo de mi cuerpo temblando de una rabia helada.

"¿Sufrió?", pregunté, mi voz apenas un susurro. "¿Cuando... cuando pasó? ¿Sufrió mucho?"

Ella suspiró, con un matiz de impaciencia.

"Mateo, ya te lo dijo el médico. Fue rápido. Una complicación. Se quedó dormido y no despertó. No hubo dolor."

"¡Mentira!", grité, y el sonido de mi propia voz me sorprendió. "Anoche me llamaste. Me dijiste que estaba emocionado. Me dijiste que te dijo que aguantaría el dolor del tratamiento porque quería volver a casa para volar su cometa."

Recordé sus palabras exactas, las que me había dicho por teléfono para mantener la farsa. Había llorado al otro lado de la línea, contándome lo valiente que era nuestro hijo. Lágrimas de cocodrilo para un asesinato planeado.

Su rostro se endureció.

"Era un niño, Mateo. Los niños dicen cosas. Probablemente ni siquiera entendía lo que pasaba. No te aferres a eso."

Su frialdad era una pared de hielo contra la que mis emociones se estrellaban y se rompían en mil pedazos. Destruyó mi último recuerdo puro de la esperanza de mi hijo.

Sin decir una palabra más, bajé las escaleras y fui directo al garaje. Entre las cajas que ella había ordenado tirar, encontré una. La abrí con manos temblorosas. Dentro, revueltos con basura, estaban el cometa que le construí, un par de sus tenis gastados y el último dibujo que hizo: nosotros tres, de la mano, bajo un sol sonriente. Lo apreté contra mi pecho. Eran los únicos restos del naufragio de nuestra vida.

"¿Qué haces con esa basura?", preguntó Sofía desde la puerta del garaje. "Dije que se llevaran todo."

"Son míos," respondí, mi voz cortante.

"Pues quémalos. Deshazte de ellos. No quiero esas cosas en mi casa."

La miré por un largo momento. "No te preocupes," dije. "No estarán en tu casa."

Subí las cosas a mi coche y conduje sin rumbo, hasta que mis instintos me llevaron a un pequeño apartamento que había alquilado hacía un año. Era mi taller, mi laboratorio secreto, el lugar donde trabajaba en mis propios proyectos tecnológicos, lejos de las miradas curiosas de la empresa de su familia. Leo lo llamaba "nuestra guarida secreta". A él le encantaba venir aquí, sentarse en un rincón y dibujar mientras yo soldaba circuitos.

Abrí la puerta. El lugar olía a metal y a polvo, pero para mí, olía a paz. A recuerdos genuinos. Vacié la caja con cuidado. Pegué su dibujo en la pared, justo encima de mi mesa de trabajo. Coloqué sus pequeños tenis junto a la pata de la mesa y apoyé el cometa en una esquina. No era mucho, pero era todo. Era el santuario de Leo. Aquí, su madre no podía borrarlo. Aquí, él seguiría vivo.

Pasé horas allí, simplemente sentado, mirando sus cosas, permitiendo que el dolor fluyera libremente por primera vez. Cuando finalmente sentí las fuerzas para volver a casa, ya era de noche. Sabía que tenía que enfrentar a Sofía, que teníamos que hablar del divorcio, de la mentira, de todo.

Entré por la puerta principal. Estaba oscuro, pero una luz provenía de la sala. Al quitarme los zapatos en la entrada, vi un par que no reconocí. Eran unos mocasines de cuero italiano, carísimos, del tipo que Ricardo usaría.

Un mal presentimiento se apoderó de mí. Caminé hacia la sala y los vi. Sofía y Ricardo, sentados en el sofá, con copas de vino en la mano, riendo. Ni siquiera habían pasado veinticuatro horas desde el funeral de nuestro hijo.

Sofía me vio y su sonrisa no vaciló.

"Ah, Mateo, qué bueno que llegas. Ricardo vino a darnos el pésame. ¿No es amable de su parte? Me explicó que por eso no pudo ir al funeral, tenía una junta importantísima para asegurar el futuro de la empresa."

La desfachatez de su mentira, la calma con la que me presentaba al amante por el que había matado a nuestro hijo, era tan surrealista, tan grotesca, que por un momento pensé que estaba en una pesadilla. Ricardo se levantó y me ofreció una sonrisa compasiva.

"Mateo, de verdad lo siento mucho. Sofía es una mujer muy fuerte."

La ira, fría y afilada, comenzó a subir por mi garganta.

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