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Portada de la novela LO QUE DEBÍA PASAR

LO QUE DEBÍA PASAR

Descubrir la verdad resultó ser un proceso doloroso y cargado de una fuerte resistencia interna. Me costó aceptar la realidad que se presentaba ante mis ojos, pues el sufrimiento nublaba mi juicio de forma constante. No obstante, al superar esa etapa de negación, alcancé finalmente la claridad necesaria para entender nuestro vínculo. Comprendí que, por encima de cualquier obstáculo previo, nuestro destino era inevitable: tú y yo éramos lo que debía pasar.
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Capítulo 2

Vi salir a Mía de la sala donde la encontré abrazando sus rodillas, arrinconada tras el sofá, llorando por un hombre que no era capaz de sentir lo que ella estaba sintiendo.

"Su mejor amigo siempre" dijo, y claro que es lo que siempre seré, su mejor amigo, porque aunque la ame tanto, Mía está enamorada de mi hermano y eso es algo que tampoco va a cambiar, lo sé porque la conozco.

Así es ella, cuando algo verdadero cae entre sus manos no lo suelta nunca, eso pasó con nuestra amistad y ahora siempre seré su mejor amigo, el que la consuele mientras llora por el amor de otro hombre, sin que ella sepa que me hace pedazos el alma escuchar sus lloriqueos.

—Vaya vida injusta nos ha tocado vivir —musité para nadie, pero mi hermano, que entraba en la sala donde yo me había quedado.

—¿De qué hablas? —preguntó él, sorprendiéndome.

—De la vida y sus injusticias hermano —respondí solo para seguir la plática, porque no quería contarle mi mal de amores y no podía contarle el mal de amores de Mía.

—Si es injusta, ¿verdad? —preguntó mi hermano, y sonreí sin que me viera, seguro de que no sabía de lo que yo hablaba, así como yo no sabía de lo que hablaba él.

—Sobre todo cuando de amor se trata —añadí, intentando que nuestras conversaciones se unieran, y lo hicieron.

—Ah claro que sí —dijo—. ¿Por qué descubriría que la amo justo ahora que se va? Eso es tan injusto, ahora no podré hacer nada al respecto.

—Puedes enamorarte de alguien más —sugerí sin pensar y mi conciencia me dio una patada fuerte.

—¿Ah sí?, ¿de quién? —preguntó mi hermano, pero, aunque de pronto pensé que era una excelente oportunidad de ayudar a la mujer que amaba a ser feliz con el hombre que él amaba, no me salió su nombre de la boca.

—No sé —dije—, de Rulas.

—Rulas es un perro, Tavo —recordó mi hermano mirándome con cara de que yo estaba loco.

—Pero te ama incondicionalmente —aseguré continuando con mi fachada de tipo serio que me salía tan bien—, y no va a abandonarte.

—Morirá pronto y lo sabes —dijo Álvaro, recordándome algo que odiaba tener en cuenta.

—Sí lo sé, mejor no te enamores de él, va a dolerte mucho si muere.

—De todas formas, va a dolerme mucho su muerte... ya no le queda tanto.

—Ha vivido lo suficiente y fue una buena vida.

—Voy a echarle de menos, creo que más que a Lisa.

La manera burlona en que terminó esa frase me sacó de la melancolía que me envolvió desde que mi hermano recordó la posibilidad de despedirnos pronto de una mascota que tenía con nosotros muchos menos años de los que nos gustaría.

—Por supuesto que sí —aseguré—, Rulas está con nosotros desde hace tanto, ninguna mujer se compara al amor del mejor amigo.

—Claro que no, ni al de los hermanos —indicó mi hermano y le miré curioso, dándome cuenta de que él comenzaría a jugar a lo tonto conmigo—, cuando te mueras me va a doler mucho.

—¿De qué hablas? A mí me dolerá tu muerte.

—No, tú morirás primero.

—Tú eres mayor, es lógico que mueras antes que yo.

—Que no...

—Que si...

Mientras discutíamos, una bella dama de radiante sonrisa irrumpió en la sala para detener una tonta disputa y reprendernos, como lo habíamos hecho siempre, desde que éramos niños.

—¿Qué hacen chicos? —cuestionó Mía, que se veía realmente hermosa—. La fiesta está por iniciar y ustedes aquí perdiendo el tiempo. Lisa estará triste si no se aparecen para despedirla y tú, Varo, estarás más triste si no dices adiós. Así que rapidito, señores, que no queda tiempo.

Álvaro y yo nos levantamos del sofá y nos encaminamos a nuestras habitaciones, pero mi hermano se detuvo en pleno pasillo y, mientras sonreía, dijo algo que me congeló hasta la respiración.

—Es cómo mamá —señaló Varo—, siempre tras de nosotros esperando que hagamos las cosas bien

Solo le miré un poco y negué con la cabeza, entonces caminamos un par de metros en silencio.

No sabía qué era lo que pasaba por la cabeza del atolondrado de mi hermano, pero en la mía destellaban la incredulidad y la ironía. No podía creer que ella lo amara tanto y él la viera como a una molesta madre.

Antes de separar nuestros caminos, Álvaro volvió a abrir la boca, para decir algo que realmente me hubiera gustado no tener que escuchar, porque pude entender algo que no quisiera saber era verdad.

» Estaba linda —señaló en apenas audible susurro con una sonrisa tímida y el rostro sonrojado, mientras agachaba la mirada que se perdía en el suelo y rascaba su mejilla con el dedo índice.

Yo no podía creer lo que escuchaba, mi corazón tropezó con mi lengua que no le permitió salirse por mi boca y que atorado en mi garganta me dificultó respirar.

—Álvaro, a ti... ¿te gusta Mía? —pregunté después de tragar mi corazón, suplicando porque su respuesta no me rompiera el alma en dos.

—¿Qué? ¿De qué estás hablando? —cuestionó mi hermano, tomándome seguramente por un loco.

—Dime la verdad, hermano, ella te gusta ¿no es cierto?

No es que quisiera insistir, pero por un segundo él se vio como siempre se veía ella cuando hablaba de mi hermano.

—No digas ridiculeces —pidió Álvaro con mucha seriedad—, ella es como mi hermanita.

—Pero no es tu hermanita, nosotros no tenemos hermanas, así que dime la verdad.

—No seas tonto, Tavo. Yo estoy enamorado de Lisa. No puede gustarme Mía, ¿verdad?

—No, sí que puede y eso parece.

—Te estás imaginando cosas, hermano. Para mí, Mía es tan linda como tú, así que claro que jamás podría gustarme. Te lo dije, es como mi hermanita.

Un ruido en seco interrumpió nuestra conversación, y es que, junto a una vasija que cayó detrás de Mía, escuché hacerse pedazos su corazón.

—¿Mía? —cuestioné, descubriéndola tan pálida como nunca la había visto.

—Yo... lo lamento, yo... no quería interrumpir... lo siento mucho de verdad, limpiaré esto y compraré una vasija nueva, yo...

Sus lágrimas comenzaron a caer cuando juntaba los trozos de cristal que se habían esparcido por el pasillo, entonces Álvaro se apresuró a asistirla.

—Mía, ¿estás bien? —preguntó mi hermano intentando tomar su mano que comenzaba sangrar.

—Sí —dijo ella, conteniendo el llanto, pero sin poder detener sus lágrimas—. Me corte. ¡Maldición, como duele!

—Traeré una venda espera un segundo —pidió mi hermano, levantándose de donde estaba acuclillado para hacer lo que dijo.

Y, en cuanto Álvaro se fue, Mía cayó por completo al piso, y con su frente en las rodillas lloró amargamente sin que yo o nadie pudiéramos hacer nada para aminorar su dolor.

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