Portada de la novela Átame

Átame

9.8 / 10.0
En Átame, Bethany huye de un destino oscuro aceptando la audaz oferta de Alexandro DiLucca. Esta romance novel de estilo modern sumerge a la joven en un mundo de reglas y secretos de un ducado. Descubre una mystery story donde el lujo y el deseo marcarán su futuro para siempre.
Resumen de Átame
Un azaroso cruce en Montecarlo transforma el destino de Bethany. Para evadir un futuro sombrío, acepta la arriesgada propuesta del seductor Alexandro DiLucca. Ignorando que su linaje es clave para el ducado, queda confinada bajo las severas normas del aristócrata. Entre el esplendor del casino y los enigmas de un castillo, nace una atracción arrolladora donde la lujuria y los secretos familiares definirán su supervivencia en un mundo de privilegios.
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Átame Capítulo 1

<<—Tienes doce horas para traer mi dinero o pongo a tu madre en la calle>>

Esas palabras todavía pululan por mi mente. No tengo dinero y muchísimo menos doce mil dólares en efectivo para mi tía.

La familia suele ser un apoyo para algunos pero en mi caso es un maldito infierno. Mi madre lo perdió todo en su día y sus pocas posesiones cayeron en manos de su hermana, una maldita que va a lo que va. Que no tiene escrúpulos y solamente vive para asfixiar a los otros con sus dañinas conductas.

El dinero es todo lo que le interesa. Cada peso que pueda tomar del esfuerzo de los demás.

Total, que cuando fui creciendo, mamá estaba cada vez más perdida en el mundo de las apuestas y las drogas y yo tuve que dejar la escuela, dedicarme a hacer las labores de la casa mientras ella y mi tía salían a buscar dinero...a su manera claro.

Con el paso de los años me ha tocado a mi trabajar duro para mantener a mi madre enferma, y a mi abusadora tía que me exige lo que quiere por cuidar de mamá. Yo no puedo hacer ambas cosas. Alguien en esa choza que llamamos casa tiene que poner el pan diario y prefiero hacerlo de forma honesta.

Sin embargo ella tiene otros planes.

En esta ocasión resulta que pretende que me acueste con uno de sus prestamistas a cambio de saldar su deuda y yo obviamente me niego. No soy una prostituta. Dejarme usar de esa forma no me dejará salir de ese mundo nunca más. Y no seré como mi madre, ni seguiré toda la vida doblegada ante nadie. Tengo que buscar otra solución.

Hace más de un año que Jerry trata de meterme en su cama y como no ha encontrado mejor forma, pues ha conseguido que mi tía pierda una gran suma en su garito para así usarme a mí de moneda de cambio. Es una actitudes vil, sí; pero si tengo que elegir entre los dos, ella sería más ruin que él.

Jerry es guapo, sí. Guapo del tipo peligroso, tatuado apestando a whisky y nicotina con diez años más que mis veintidós pero aún así, incluso con sus azules ojos detrás de aquel pelo negro largo hasta sus hombros no pienso ser la zorra de nadie. Me niego a perder lo único que tengo, que además llevo años intentando mantener a salvo y que no es otra cosa que mi dignidad.

Así que ahora estoy aquí, en medio de un casino de Montecarlo con la única amiga que tengo y que a su vez escondo de mi familia porque ella tiene muchísimo dinero y no quiero que mi tía aproveche esta situación, para intentar pegar un pelotazo en este sitio y saldar la deuda.

Hemos venido en su avión privado, me ha prestado ropa y ha hecho magia con mi cabello, parezco una celebridad.

—Todo fuera más cómodo si me dejaras pagar la maldita deuda y disfrutaramos del momento —balbucea ella en mi oído. Los pitidos de las maquinas tragaperras se roban la noche.

Somos polos opuestos en todo. Ella bajita, ojos oscuros y pelo rizo rojo como el fuego, con un cuerpo perfecto que enloquece a todo el que la mira.

Yo sin embargo, soy rubia, ojos verdes detrás de un flequillo lasio y con el cabello por la cintura bordeando mis exuberantes curvas que están desaprovechadas detrás de la pobreza que me embarga la vida.

—Sabes que no puedo aceptarlo. Sino consigo el dinero volveremos a tener esta conversación —concedo bebiendo una copa de cortesía del sitio —. Sabes que no puedo hacerlo. Dijiste que me entendías.

Repito y reclamo para hacerla entender que no me pienso aprovechar de nuestra amistad, y sé que puedo conseguirlo.

Nos conocimos por casualidad. Quién iba a pensar que estaría en un curso de intercambio de su universidad y coincidiríamos en un super mercado. Ella ha accedido a ser mi amiga en secreto y hace lo que puede por ayudarme pero no quiero que mis problemas económicos emponzoñen nuestra amistad.

—De acuerdo —acepta ofreciéndome otra copa —, tú ganas. Voy a estar por ahí. Llámame si me necesitas, buscaré a mi hermano que está aquí hoy. Te cuidas.

Asiento y le doy un último beso, esperando conseguir mi dinero para volver a respirar.

Lyla me ha ayudado bastante, me ha traído hasta aquí, ha pagado las fichas con las que voy a jugar y me ha abierto una cuenta para que pueda beber lo que guste y me llene de valor, estoy aterrada.

Miro a mi alrededor y tanto lujo me seduce y me conmueve. Una sola de estas lámparas pagaría mis deudas y mucho más. ¡Dios, que malo es ser pobre!

Mientras mis ojos vagan perdidos por todo el sitio sin observar nada en específico, unas manos se aferran a mis caderas y me sobresalto dándome la vuelta a encarar a quien sea que me toca.

—¡Disculpa hermosa pero estás en mi camino!

Un hombre alto, con el pelo negro pintando algunas canas ya y unos intensos ojos azules me observan fijamente, atentos a cada espacio de mi cuerpo. Es incomodo ser tan escudriñada frente a un hombre así de guapo. Lleva un traje negro, con camisa blanca y corbata oscura que le resaltan los ojos libertinos.

—¡Perdón, lo siento! —tartamudeo las palabras de manera vergonzosa.

Intento quitarme de su camino pero me toma del codo y soy presa de un escalofrío que me estremece. Se acerca a mi oído y susurra...

—¿Estás sola, belleza?

La manera en que usa las palabras me molesta, me resulta insultante y se ve desde lejos que es un descarado muy guapo acostumbrado a tratar con mujeres dispuestas a dejarse seducir por él, con tres palabras estudiadas por su parte.

—No es asunto suyo...¿si me disculpa...?

Le esquivo soltándome para seguir mi camino y desliza un dedo por mi brazo desnudo bajando sin parar de mirarme hasta abrir su mano sobre mi muñeca, tomar la mía entre sus dedos y pegando la nariz nuevamente a mi oído vuelve a hablarme en susurros.

—Si estuvieras acompañada me lo habrías dicho directamente...una belleza como la tuya no debería estar tan solita —le observo a los preciosos ojos por un segundo y continúa diciendo —¿Por qué no te quedas a mi lado toda la noche y jugamos juntos?

Es tentador y seductor el tono que usa. Da muchas ganas de rendirse y caer en sus garras. Huele tan bien, y sus dedos acariciando mi palma abierta por él es una locura de sensación pero no puedo dejarme embaucar por un hombre así. Se le ve entrenado para sortear un boleto a su cama entre las candidatas elegidas por él y no pienso ser una de las afortunadas ganadoras...analizo con ironía.

—No quiero jugar a nada con usted, señor. Tenga la amabilidad de soltarme.

—Te me has erizado, hermosa —se aferra aún más a mí y quiero empujarlo y largarme, pero no consigo moverme estoy anestesiada en sus manos —. Apuesto a que podría encontrar una manera divertida de hacerte cambiar de opinión.

Alza las cejas en algún tipo de gesto prepotente y la forma en que se muerde el labio al sugerir algo así, me ofende y me hace sentir una presa en su mira. Este tío quiere meterse entre las piernas de alguien hoy y parece que ha decidido que le apetecen las mías. Pero él no me conoce nada.

—Es usted un grosero y un engreído, señor...

—Duque Dilucca —señala dejándome sorprendida con su real interrupción.

—Pues para ser un Duque es muy poca la etiqueta que ostenta señor, es una grosero y un descarado.

—No sabes como me pone que me llames señor, preciosa —me ha ido haciendo caminar hasta atrás y rozo contra una pared mientras todo el casino sigue su vida normal.

Estoy embrujada. El terciopelo en su voz me acaricia y aunque sé que puedo perder mucho si sigo con él, no termino de convencer a mi cerebro para que se aleje y me saque de aquí.

—Ni usted sabe como me pone a mí que me diga preciosa o hermosa, me parece tan ordinario en sus labios que me apetece mucho que se aleje de mí, ¿Si es tan amable...? —intento salir de su sortilegio.

Sonríe y su descaro hace que me tiemblen las piernas. Tengo que esforzarme por no dejarme resbalar por la pared y caer al suelo en un mar de deseo.

—Te va a encantar lo que mis ordinarios labios saben hacer —se acerca colocando una mano en mi cadera y el otro antebrazo sobre la pared. Está demasiado cerca.

—Sus labios y yo no tendremos contacto alguno, así que déjeme ir de una vez antes de que monte un número y le echen de este elegante sitio.

Sonríe más abiertamente y sus dientes blancos son todo un espectáculo. Su aliento barre en mi rostro. Es refrescante ligar con él pero el neón invisible que reza peligro iluminando en su frente, no deja de parpadear frente a mí y quiero distancia de este hombre seductor que acaba de meter su mano por detrás de mí espalda, justo entre el escote y mi piel haciendo que sus pasos me empuje hacia una puerta que se abre a mi lado  y quedemos atrapados en el interior de un ascensor.

—¡Eh, suélteme!...

—Tranquila, no voy a hacer nada que no quieras  —alza las manos y se aparta un poco.

Mete una llave en el panel del aparato y las luces cambian de color mientras el ascensor se pone en marcha a una velocidad vertiginosa.

—Esa es la típica frase que promete todo lo contrario —refuto y sus manos vuelven a mí y suben por mi espalda hasta aferrarse a mi nuca. No me da tiempo a nada.

—Te siento estremecer entre mis dedos y solo quiero comprobar una cosa...

—Pero yo no quiero comprobar nada —pongo mis palmas sobre su pecho —. ¿Acaso no hay seguridad en este casino?¿Me secuestra y nadie le dice nada?

Sé que mi falta de control al respirar por la cercanía de su boca le dice que estoy disfrutando de su juego pero mis labios expresan lo contrario. No le conozco y no puedo dejar que me desvíe de mis intenciones.

—Por supuesto que la hay pero nadie se mete en las decisiones del dueño —responde mis dos preguntas en esa sola frase.

—Qué afortunadas soy —ironizo llevando una mano a mi pecho y poniendo los ojos en blanco —...un Duque propietario de un gran casino me quiere echar un polvo, soy tan feliz —sonríe entendiendo mi sarcasmo —; pero me temo que voy a tener que declinar su oferta. ¿Me quiere soltar ya?

—Quiero echarte mucho más un polvo —escupe entre dientes —¡Dime tú nombre! —exige ignorandome.

—Bethany Collins —respondo enseguida. Sumisa. Idiota. ¿ Por qué lo hago?

—Juega conmigo, Bethany —susurra cuando el ascensor se detiene en su ascenso a no sé dónde.

—No consigo entender este capricho suyo conmigo, señor.

Es la verdad. Me aborda en medio del salón cuando no he conseguido ni dar dos pasos, se propone seducirme. Me sube a un ascensor y me lleva no sé a dónde y de la nada quiere jugar conmigo...es todo tan surrealista.

—Se me está poniendo muy dura cada vez que me llamas señor, está matándome eso —cambia de tema y se aparta.

—Pues me alegro mucho. Seguro encontrará en su harem alguna "preciosa" que le relaje la tensión.

Se me acerca de nuevo y pone las manos abiertas a mis costados, con fuerza, esta agitado.

Sus ojos conectan con los míos y posteriormente dice...

—Te ofrezco veinte mil dólares por jugar conmigo, si ganas te daré el doble y si pierdes jugamos a lo que yo decida...durante un mes.

La oferta es tentadora. De cualquier manera ya estoy ganando más del dinero que he venido a conseguir aquí, solo que el juego que me propone a ciegas, no me convence.

—No soy una prostituta, señor...

—Ahh, cómo me gusta que lo digas —cierra los ojos descarado. En el fondo me gusta decirle así, no sé por qué.

—No voy a apostar contra un desconocido y terminar en su cama.

—Terminarás en mi cama pero no por perder una apuesta, más bien lo harás porque te robaré la cordura —me susurra al oído y me derrito.

Es muy seductor y lo peor es que me dejo. Le tengo encima, y no le aparto. Más bien me debato entre morderle la boca hasta hacerlo sangrar, quitarle la ropa y pedirle que me haga suya como un loco, y salir pitando lejos de él. Sé sin que pase nada más que voy a perecer en sus manos. Es casi premonitorio.

Entonces tengo un instante de lucidez. Inspiro y me quedo pensando en los riesgos de lo que propone. No le conozco y por muy seductor que sea, no sé qué le hace perseguirme así. Sin embargo la certeza de tener ya ese dinero de mi lado, me convence.

—¿Por qué yo? —pregunto notando como muerde sus labios viendo mi escote.

¡Joder!

—Porque consigues que me tenga que esforzar. Hace años no me pasa. Se supone que ya tendrías que estar sobre esa mesa con las piernas abiertas recibiendo mis caderas furiosas contra tí y resulta que me obligas a jugar...no pienso dejar escapar la oportunidad de ganar este desafío.

No sé como tomar sus palabras. Podría sentirme insultada, o simplemente hacerlo jugar más a mi partido, bajo mis reglas.

Seguimos dentro del ascensor esperando a que me decida y siento que soy una inconsciente al hacer esto pero tengo pocas alternativas.

—Lo haré si prometes que entre las líneas  de la apuesta no se encuentra mi cuerpo en juego y..., si me das los veinte mil ahora.

—Prometo que tu cuerpo se volverá loco por el mío, pero no te incluiré en la apuesta, y el dinero es tuyo, solo dame un número de cuenta y lo ingreso en un segundo.

—Esto es muy extraño, pero acepto, aunque el dinero lo quiero en efectivo —le ofrezco mi mano y él la toma tirando de mí. Asiente en el proceso.

Nos pone en medio de su lujoso ático y aferrado a mí, me motiva para que entre en su territorio al tiempo que  dice...

—¡Ven, comencemos a jugar!

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Tabla de contenidos de Átame

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Ch. 5
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