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Portada de la novela Libre del Monstruo que Amé

Libre del Monstruo que Amé

Isabela pereció desangrada mientras Mateo, su esposo, sacrificaba a su noveno hijo para curar a su amante Catalina. Tras renacer, se enfrenta al pasado cuando le piden salvar nuevamente a Mateo de su enfermedad. Esta vez, Isabela no será una víctima; expone la traición de Catalina y augura el fin de su opresor. Aunque Mateo también ha regresado reclamando su poder con violencia, ella luchará con determinación para destruir el ciclo de agonía y transformar su destino.
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Capítulo 2

Murió mi noveno hijo.

Yo también morí, desangrada en el frío y húmedo sótano de la bodega.

El último recuerdo que tuve fue el rostro de Mateo, mi esposo, frío y sin emociones, mientras me quitaba al bebé de los brazos.

"Isabela, este es el último. Con la sangre de este niño, Catalina se recuperará por completo. Nuestra deuda estará saldada".

Luego, renací.

Me encontré de pie en el umbral de mi humilde casa en los Andes, con el sol de la tarde calentando mi rostro.

Frente a mí estaban los padres de Mateo, los poderosos dueños de las bodegas Valles de Sol. Sus rostros estaban llenos de desesperación y súplica, idénticos a como los recordaba.

"Señorita Isabela, por favor, se lo suplicamos", dijo la madre de Mateo, con lágrimas en los ojos. "Nuestro hijo, Mateo, tiene una enfermedad degenerativa. Los médicos dicen que no hay cura. Solo usted, con el don de la Pachamama, puede salvarlo".

Su padre asintió, con la espalda encorvada por la angustia. "Le daremos todo lo que pida. Riqueza, estatus, nuestra gratitud eterna. Cásese con él, sálvelo".

En mi vida pasada, estas palabras me llenaron de una tonta esperanza. Conocí a Mateo en mi juventud, en un encuentro fugaz que me hizo creer en el amor a primera vista. Acepté su propuesta, creyendo que su corazón era mío.

Qué ingenua fui.

Ahora, con los recuerdos de nueve partos forzados y la imagen de mis hijos sacrificados grabada en mi alma, solo sentía un frío glacial.

Miré a los ancianos desesperados y pronuncié las palabras que había anhelado decir durante años de tormento.

"El destino tiene sus propios caminos. Será mejor que empiecen a organizar su funeral".

Los padres de Mateo se quedaron helados, sus rostros pálidos por la incredulidad.

Antes de que pudieran responder, una voz arrogante y llena de desprecio resonó desde el lujoso auto estacionado detrás de ellos.

"¿Qué clase de tonterías estás diciendo, bruja?"

Mateo salió del coche. Era tan joven y apuesto como lo recordaba, pero sus ojos contenían la misma crueldad que me había atormentado hasta la muerte.

Él también había renacido.

Me miró con odio. "Sabía que eras una charlatana. Solo quieres más dinero. ¿Cuánto te pagaron mis padres para que montaras este numerito?"

Me reí, un sonido hueco y sin alegría.

"Dinero", repetí, saboreando la ironía. "Créeme, Mateo, ni toda la riqueza de tu familia podría pagarme por lo que me hiciste".

Me di la vuelta, dispuesta a cerrarles la puerta en la cara.

"No te atrevas a darme la espalda", gritó él. "¡Tú me perteneces! ¡Tu poder es para mí!"

Me detuve y lo miré por encima del hombro.

"Ve y dile eso a tu amada Catalina. Quizás su sangre impura pueda salvarte esta vez".

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