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Portada de la novela Las pastillas del Leteo

Las pastillas del Leteo

Bajo la autoría de John Solís R., esta historia se adentra en la fragilidad de la mente de un hombre que intenta reconstruir su pasado entre sombras. Mediante correspondencia y omisiones, se desvela un romance condicionado por el vacío y el enigma de lo olvidado. La obra plantea una introspección sobre la identidad y el duelo, uniendo el dolor de la ausencia con una exploración sensorial sobre los lazos que logran perdurar incluso después de la muerte.
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Capítulo 2

El comedor se veía apacible. Un tragaluz de vidrio le daba la calidez de un invernadero. En las esquinas, se podía ver plantas o helechos colgando en macetas de cerámica. Sobresalían claveles con delgados pétalos color rosa. El centro lo ocupaba una mesa de laurel, adornada con un mantel verde con flores bordadas. Al acercarse, Beatriz notó que se trataba de un mueble rec-tangular y largo, con sillas cuyos espaldares tallados le daban un aire so-lemne. Al final de ella, un hombre con la lustrosa frente de un sabio, se aca-riciaba la cabeza. A su lado, un jovencito, con ojos almendrados e indescrip-tible sonrisa de niño, mecía su ansiedad.

-Despertó -clamó la abuela con las manos juntas-, ya ven que despertó.

-Caramba, mi nieta hermosa -sonrió el hombre, acomodándose la corbata e intentando acercarse para darle un abrazo.

Pero la muchacha se sentía ajena, como si ese abuelo estuviese des-encajado en el rompecabezas de los afectos familiares que no recordaba.

-Es normal que te sientas confundida -dijo indicándole una de las sillas.

Beatriz buscaba infructuosamente en su memoria algo que justificara aquella cercanía, pero nada. Era como despertar en medio de la escena de una película de la cual no tenía una sola pista.

-¡Hermanita! -saltó el muchacho a abrazarla.

Esa presencia le resultó más próxima. Aunque no supiera o recordara de dónde venía, no podía evitar sentirse seducida por la dulce emanación de ese rostro, aquella compañía de duende o de ángel. Pese a que su voz era nasal y articulaba las palabras con cierta dificultad, no necesitaba decir mucho para hacerse entender. Había algo en ese chico que la vencía, como si tuviera enfrente la primera de las respuestas que necesitaba. Comproba-ba asombrada que no solo los recuerdos la convocaban a revivir emociones que creía imposibles, si no que éstas se le presentaban en carne viva.

¬-También te extrañé -contestó sorprendida.

¿Se puede deducir que con aquél abrazo comenzó el viaje?, tal vez. Podríamos decir que aquél jovencito con Síndrome de Down era más que una circunstancia, a lo mejor no tenía otra misión que instalarla en el pre-sente de sus sentimientos, obligarla a accionar el maltrecho músculo del co-razón.

-Claro que te recuerdo -le dijo, como si tuviera la certeza de que no podría desairar sus afectos-¿cómo era que te llamábamos hermanito?

-Pancho o Panchito.

El choque era descomunal y Beatriz no podía descifrarlo: ¿qué era aquello que salía de sus ojos?

-No desperdicies lágrimas -rio su hermano.

-Yo quisiera recordarte, pero no puedo -contestó ella secándose los ojos.

-Solo esperaba que volvieras del hospital hermanita.

-¿Y cómo llegué ahí, tú sabes?

-Ya lo sabrás. Ahora tenemos visita.

Un gato siamés, con ojos azules brillantes, entró ágilmente hacia la sala. Saludó en su lenguaje felino, movió con suavidad sus patas grises, que parecían tener incorporados finos guantes de seda. Se detuvo unos se-gundos para explorar el terreno y observó a todos los presentes con cautela, como si fuese verdad aquello de que los gatos pueden robar el alma.

-Lo llamamos Sócrates, no sabemos de dónde viene. Entró por la cocina hace unos días -dijo Panchito agachándose a acariciarlo.

-Tal vez viene de alguna casa vecina -interrumpió el abuelo-, le llamó la atención la comida.

-Es lindo -remarcó Beatriz.

-Ten. Agárralo un momento.

Panchito tomó al animal en brazos y lo colocó suavemente en los de su hermana, que no atinaba qué hacer.

- ¿Ves?, no siempre actúa mansamente, lo que significa que este gatito te quiere.

Beatriz no sabía qué sentir, se dejaba llevar por el suave ronroneo de aquél intruso, que le pedía caricias con sus maullidos.

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