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Portada de la novela Las llamas de la venganza

Las llamas de la venganza

Greco Morelli, un implacable magnate de la minería con un pasado tormentoso, viaja al exterior buscando justicia por la muerte de su madre. Tras un cruce inesperado, Alexandra, quien huye de una decepción sentimental, acaba involucrada con él. Aunque Greco pretende utilizarla como una pieza en su plan de represalia, la pureza de la joven despierta en él antiguos valores. El protagonista deberá elegir entre su sangrienta misión o el amor que ella le ofrece.
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Capítulo 3

Después de la intensa charla entre mis padres y los de Dante, quedamos en un acuerdo dónde Dante y yo nos dábamos unos meses para poder pensar las cosas, que quizás nos habíamos apresurado mucho con esto de la boda y, efectivamente, después de que pasasen esos meses si la decisión seguía siendo la misma, ellos lo respetarían.

—Buenos días, Alexandra. El sábado no pude encontrarte. —mencionó mi amiga Raquel, acercándose lentamente a mí.

—Pues yo sí que te encontré al salir de casa. —dije insinuando lo que había hecho, intenté sonreír de manera que se diese cuenta de que descubrí su acción y luego la miré de manera burlona—. ¿Qué estabas pensando cuando me dejaste ir con ese desconocido? —pregunté sonriendo y golpeándola despacio en su hombro.

—¿De qué desconocido hablas? —preguntó ella—. Todo el que estaba allí era conocido para ambas. —agregó esbozando una sonrisa y encogiéndose de hombros. Sí claro, cómo si no te conociese ya, querida amiga.

—No, Raquel. Había un chico… amanecí con él y ni siquiera recuerdo su nombre. —mencioné cambiando mi semblante a uno más serio, ella comprendió de inmediato.

—¿No recuerdas nada? —preguntó nuevamente algo impresionada—. No te creo. —dijo de manera burlona.

—No me atreví a preguntarle su nombre porque dijo que durante la noche se había presentado… —mencioné—. Era tan misterioso… me llevó a comprar la píldora y luego a mi casa, estuve todo el bendito día tratando de recordar lo que había pasado, pero no pude lograrlo. —agregué sin quitar mi semblante serio.

Ambas caminamos hacia nuestro salón y allí nos sentamos, tocaba clase de economía, la cual también compartía con Dante, las primeras semanas de nuestra ruptura fueron enserio tensas, el ambiente era capaz de sentirse dentro del aula y eso solo provocaba que todos nos encontrásemos incomodos.

Lo miré y él sonrió con dulzura, sabía que se encontraba en deuda conmigo luego de que yo tuviese que romper con el compromiso, al menos cómo pantalla frente a sus padres y los míos, no quería averiguar lo que pasaría si llegasen a enterarse del verdadero motivo de nuestra ruptura, pero es algo que Dante tarde o temprano tendrá que afrontar.

Salimos de economía solo para correr a la siguiente clase, gestión financiera, Raquel, Dante y yo estábamos estudiando administración de empresas, por lo que desde primer año asistíamos a todas las clases juntos, mi amiga y mi exnovio no se llevaban para nada bien desde que nos conocemos, pero habían hecho el intento de subsistir juntos por mí. Ahora que él y yo estábamos separados no se amedrentaban en demostrar lo mal que se llevaban el uno con el otro.

Mi mente se concentró en aquel chico con el que amanecí hace un par de días, ¿Quién eres? ¿Quién será ese misterioso extraño con el cual amanecí? ¿Recordaré todo lo que hicimos o simplemente me quedaré con su mirada grabada sobre mí?

—Me tengo que ir más temprano, Alexandra. —mencionó Raquel, asentí y enseguida supe cuál era su emergencia. A veces la envidio, pero de buena fe, me gustaría sentirme tan libre de hacer con mi vida lo que me plazca, pero me atemoriza también.

—Está bien, te paso los apuntes luego. —comenté esbozando una tenue sonrisa que fue correspondida.

—Nos vemos, querida. —dijo ella despidiéndose con un beso en la mejilla. La seguí con la mirada hasta la salida, pude percatarme que alguien la esperaba en una moto, seguramente se trataba del mismo chico del sábado, me imaginé las locuras que mi amiga estaba por cometer y quizás, deseando también poder hacerlas en algún momento.

Solo quedaba una clase, tres horas agotadoras en las que no hacíamos más que escuchar y tratar de tomar apuntes de lo que fuese que el maestro dijese. Al salir me encontré con Dante y con Ignacio en un rincón, mi vista se intentó nublar apenas los vi besándose, sí, aún me afectaba verlos juntos.

—¡Alexandra, espera! —gritó Dante detrás de mí, pero no hice caso, solo traté de escapar lo más rápido posible de la facultad.

¿Me encontraba un poco más tranquila? No, definitivamente no. Mi mundo se venía en pedazos, Dante había arruinado mi estabilidad emocional con aquel maldito juego de nunca decirme la verdad, aun así, no era capaz de odiarlo.

A lo lejos lo vi, el desconocido estaba allí, en una moto, él también me vio y caminó unos pasos al frente, ¿Me estaba buscando? Caminé más rápido en su dirección, cuando estaba a una distancia prudente intenté hablar, pero el nudo en mi garganta no me dejó hacerlo, por su mirada sobre mis ojos comprendí que se había dado cuenta de que algo estaba afectándome.

—¿Qué sucedió, Alexandra? —dijo con aquel tono de voz cargado en sensualidad—. ¿Alguien te lastimó? ¡Dime, Alexandra! ¡Dime si alguien intentó lastimarte y barreré todas las calles de aquí hasta encontrarlo! —agregó con un tono de voz bruto, enojado, esta vez no estaba intentando acercárseme, estaba tratando de cuidar de mí.

Solo lo abracé y esperé… esperé a que él también decidiese abrazarme, pero no lo hizo, simplemente esperó a que yo me encontrase lo suficientemente calmada para sacarme de aquel sitio.

—Sácame de aquí, por favor. —susurré aún con el nudo en mi garganta y con estas ganas de llorar que no podía controlar.

—¿Dónde quieres que te lleve? —preguntó mirándome directamente a los ojos, su ceño fruncido lo hacía ver más guapo y varonil que la primera vez que lo conocí.

—A mi ca… —no terminé la frase, ¿En realidad quería ir a mi casa? ¿Dónde seguramente me tocaría hablar de Dante y porqué había decidido suspender el maldito compromiso que a final de cuentas siempre fue una farsa, pero que ellos no tenían ni idea? No, no lo quería—. Quiero desaparecer por algunas horas al menos. —terminé de decir.

El cielo despejado se había mantenido durante todo el día, pero ahora, las nubes negras habían tomado su lugar en él, ¿Llovería? ¿Será que el clima sabe cómo me siento y trata de que todas las personas se sientan melancólicas en un intento de decirme que todo estará bien, que los días malos son parte de la vida? Me gustaría, pero es algo que solamente a mí se me podría ocurrir.

Iba sujeta a la cintura de ese desconocido del cual no recuerdo el nombre, supongo que se quedaría así, hasta que decidiese decírmelo de nuevo, sonreí por ese pensamiento, una sonrisa leve, con ojos de pena y mirada lejana, ¡Cómo no recuerdo el nombre de una persona con la que tuve intimidad! Estoy mal de la cabeza y no me afectaba para nada admitirlo.

El frío de la carretera de pronto se hacía cálido, es cómo si este hombre que estaba pegado a mí se encargase de reponer todo el calor que perdía con el choque del aire directamente en mi cuerpo.

Aparcamos en un callejón extraño y de muy mala pinta, miré extrañada a mi acompañante y él solo sonrió de manera burlona y miró al frente, vaya… un motel. Enarqué una ceja y él se puso a carcajear con mi gesto.

—Tranquila, no te llevaría a un sitio cualquiera cómo ese. —mencionó, esta vez con un tono de voz serio.

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