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Portada de la novela Las llamas de la venganza

Las llamas de la venganza

Greco Morelli, un implacable magnate de la minería con un pasado tormentoso, viaja al exterior buscando justicia por la muerte de su madre. Tras un cruce inesperado, Alexandra, quien huye de una decepción sentimental, acaba involucrada con él. Aunque Greco pretende utilizarla como una pieza en su plan de represalia, la pureza de la joven despierta en él antiguos valores. El protagonista deberá elegir entre su sangrienta misión o el amor que ella le ofrece.
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Capítulo 2

Llegué a casa solo para darme una ducha y para volver a acostarme, sonreí sin poder evitarlo tan solo de pensar en las miles de cosas que pude haber echo anoche, pero por más que intentaba mi mente se encontraba bloqueada, ¿Sería el alcohol? ¿La culpa? No lo sabía y eso, en cierto punto me frustraba por eso.

—¿Alexandra? —mencionó mi madre del otro lado de la puerta—. ¿A qué hora has llegado cariño? —preguntó nuevamente.

—Hola, si madre. Bueno… me ha venido a dejar Raquel en su carro, llegué temprano cómo dijiste que hoy era un día importante. —mencioné tratando de esconder el nerviosismo que sentía.

¿Será que se ha dado cuenta de la verdad?

—¿La pijamada estuvo bien? Te noto algo extraña. —comentó ella.

—Si madre, todo bien, es que nos hemos dormido un poco tarde y aún tengo algo de sueño. —respondí fingiendo un bostezo, salí del baño y ella comenzó a acercarse a mí, seguramente buscaba algún rastro de alcohol, mi ropa se encontraba en el baño toda mojada, así que no habría problema.

—Está bien. —mencionó ella enseñándome una sonrisa de esas que te dejan un sabor amargo, no sabes si conseguiste la victoria o si, al contrario, debes prepararte para enfrentar las consecuencias de mentir. Sin esperármelo besó mi frente—. Sabes que confiamos en ti, cariño, solo no nos decepciones. —agregó.

La culpa comenzó a invadirme lentamente, ¡Me había acostado con un desconocido! Y aunque eso sonase mal, ¡Tampoco recordaba lo que habíamos hecho! Que era el doble de peor que lo primero, si bien era culpable de los hechos, no los recordaba y no podría siquiera saber si lo había disfrutado.

Mi madre bajó hasta el comedor donde esperaba mi padre para que desayunásemos en familia, me vestí con un suéter y un jeans oscuro, nada llamativo, pero sí de mi gusto, al menos para estar en casa, dejé caer mi melena castaña y me miré en el espejo una vez más, los ojos color miel de ese hombre seguían frescos en mi mente, sonreí inconscientemente.

—¿Cómo te llamas, extraño? —susurré, aun mirando mi reflejo. Sentía su mirada sobre mí, cómo un lobo a punto de saltar sobre su presa.

Cerré los ojos por un instante y sentí un escalofrío recorrer mi espalda, tal vez mi cuerpo intentaba decirme lo que había pasado, el camino de sus manos recorriendo cada centímetro de piel, aquellos labios perfectos besando en mis zonas sensibles, pero no… no podía estar segura de ello.

Me lavé los dientes y bajé a desayunar junto a mis padres, mi cabeza aún dolía así que tomé algo para aliviar mi pesar, sonreí al encontrarme con mi padre, él era muy comprensivo cuando se trataba de ciertos temas. Hace tres meses que había dejado a mi exnovio, Dante, él me había sido infiel, pero bueno, no le tengo odio, gracias a él aprendí muchas cosas, entre ellas, a no confiar en cualquier persona y que merezco todo lo que doy, no debo conformarme con las migajas que me entregan.

Sin embargo, sabía lo importante que era para mis padres aquella unión y sin importar la confianza que nos tuviésemos, no encontraba la manera ni el lugar para comentarles la situación. Tampoco es que Dante anduviese por ahí fingiendo que aún somos novios, pero era complicado.

—¿Cómo estás, querida? —preguntó papá mirándome directamente, hoy todo se encontraba en perfecto orden y armonía.

—Bien, gracias, ¿Y usted? —pregunté con respeto y cordialidad, tal cómo me habían enseñado.

—Bien. Tú madre estaba por comentarme que era eso tan importante que ha planeado para hoy, de verdad ha sido un misterio para todos. —agregó mi padre, me senté en la mesa, en medio de una sonrisa—. Y bueno, mujer, cuéntanos, ¿Cuál era esa sorpresa que tenías preparada para nosotros? —preguntó mi padre.

—Bueno… últimamente veo a Alexandra muy alejada de Dante y pues… ellos están comprometidos en matrimonio, ahora deberían estar terminando los preparativos de la boda. —comentó ella provocando que casi me quedara sin oxígeno al tragar tan abruptamente el vaso de jugo que me habían servido.

—¿Los padres de Dante no les han mencionado nada? —pregunté de pronto tratando, de alguna manera, frenar la dirección en la que estaba yendo mi madre.

—¿Qué deberían decirnos? ¡Están igual de emocionados que nosotros de esta unión! Es lo que hemos soñado para ustedes toda una vida. —comentó mi madre. Mi padre se quedó algunos minutos en silencio, tal vez intuía algo—. Es por lo que Dante y sus padres vendrán hoy a casa, almorzarán y pasarán toda la tarde aquí. —agregó con emoción.

—¿Qué? ¡No puede ser verdad! —dije levantándome abruptamente de la mesa—. ¡Dante no me puede estar haciendo esto! —chillé y salí corriendo a mi habitación, necesitaba tranquilizarme, necesitaba pensar y, sobre todo, necesitaba que Dante apareciera y me dijese que es lo que estaba pasando y por qué no le había dicho nada a sus padres sobre el quiebre de nuestra relación y cancelación de nuestra boda.

Horas después.

Esperaba ansiosa la llegada de Dante, no porque lo extrañase o quisiese verlo, sino que quería ver las caras de sus padres cuando se enterasen de que nuestra boda había sido suspendida y cancelada por completo, porque no, él y yo no podríamos estar jamás juntos, todo el tiempo que estuve a su lado fue tiempo perdido.

—¡Alexandra! Llegaron tus futuros suegros, cariño. —mencionó mi madre con esa voz chillona que ponía cada vez que se emocionaba, ¿Será que me escucho igual? Dios, pobre de mis padres.

—Voy en un segundo. —mencioné cerrando la puerta de mi habitación, había cambiado mi ropa, opté por un vestido color perla con un cinturón en mi cintura y unas zapatillas altas para no verme tan formal, después de todo, ya no estábamos para formalidades.

—Te vez hermosa, cariño. —dijo la madre de Dante, sonreí tiernamente y la saludé, lo mismo con su padre—. Cuéntame, mi niña, ¿Han hablado con Dante de los hijos o se esperarán hasta que ambos hayan terminado la universidad? —preguntó su madre y, con el mismo efecto que tuve esta mañana, casi termino expulsando todo el jugo de mi boca, ¿Hijos? ¿En verdad? ¡Había tomado una maldita píldora para no quedar embarazada hace un par de horas nada más! —. Mira, ahí está Dante.

—Alexandra… yo… —mencionó él. Le di una mirada asesina y luego sonreí.

—Creo que Dante y yo tenemos que hablar sobre un asunto, en privado. —dije levantándome con la mejor de mis caras y tomando la mano del chico que se encontraba frente a mí salí corriendo de la habitación—. ¡Qué demonios te pasa! Dijiste que te encargarías de decirle a todos porqué nos separamos. —agregué.

—No puedo decirles a mis padres, necesito que tú rompas el matrimonio. Por favor, Alexandra, vivimos muy buenos momentos, ¿Podrías hacerlo? ¿Cómo un favor para mí? —mencionó haciéndome puchero. Lo miré varios minutos y luego comencé a flaquear.

—Está bien, yo terminaré con todo esto y guardaré tu secreto, pero Dante, me deberás una enorme. —mencioné sonriendo y abrazando al chico, no era malo, simplemente su relación conmigo era más teatro de nuestros padres que nuestro.

—Me alegra que podamos seguir siendo amigos, Alex, de verdad no quería que te sintieras incomoda con mi presencia. —mencionó de pronto.

—Amigos, amigos, no, Dante. No me siento para nada contenta de que mi rival haya sido un chico, ¿Qué pensaría la gente? Y no lo digo por tu preferencia sexual, simplemente lo digo por todos los años que pasamos juntos, ¡Desde los quince nuestros padres soñaban con nuestra boda!

—Lo sé y entiendo lo que me quieres decir, entiendo que nunca fui sincero contigo ni conmigo mismo, pero necesito que me apoyes ahora, Alexandra, mis padres jamás lo entenderán. —mencionó Dante, y tenía razón, sus padres son incluso más cerrados de mente que los míos.

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