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Portada de la novela Las leyes del amor

Las leyes del amor

Blossom Vaughan, una abogada de éxito conocida por su frialdad ante el romance, ve su vida alterada por Edrik Maxwell. La llegada a Londres de este enigmático colega desata una rivalidad feroz que pronto evoluciona hacia una atracción irresistible. Entre juicios y ambiciones, la lógica legal de Blossom choca con una pasión inesperada. Ella deberá elegir entre proteger su reputación profesional o ceder ante un sentimiento que no sigue ninguna norma escrita.
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Capítulo 2

Blossom 

-Gracias por invitarme a cenar, Karina. Hoy no tengo cabeza  para nada -suspiré al abrazarla, sintiendo su calidez familiar.  Karina, la esposa de mi hermano Kasper, siempre ha sido una  presencia luminosa en mi vida. Era el tipo de persona que irradiaba  fortaleza y ternura, alguien que sonreía incluso cuando la vida no le  ofrecía motivos para hacerlo. 

-¿Culpa de los asuntos de la firma? -preguntó mientras  colocaba en la mesa una humeante fuente de pasta carbonara. La  cena era para nosotras dos; Kasper seguía en la oficina preparando  una presentación, y Hyacinth, la pequeña de cinco años que ambos  habían traído al mundo, ya estaba profundamente dormida. 

-Más bien, culpa de mi padre y sus locuras -admití,  dejándome caer sobre la silla. Jugué con el tenedor sin probar  bocado-. A veces me pregunto por qué se atrevió a dejar la empresa  a mi cargo. Todos dicen que soy una excelente abogada, que confían  en mí, pero... 

-Pero nada -me interrumpió Karina con suavidad, aunque su  tono firme dejaba poco espacio para réplicas-. Blossom, de una  vez por todas, tienes que dejar de dudar de ti misma. Eres brillante  en lo que haces, y no lo digo porque seas mi cuñada. Si alguien  puede llevar la firma al siguiente nivel, esa eres tú. Ahora tienes la 

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oportunidad de tomar decisiones que antes te parecían injustas.  Hazlo a tu manera, pero confía en que estás a la altura. 

Su convicción me arrancó una sonrisa. Siempre sabía qué decir  para calmar las tormentas en mi interior. 

-Tienes razón, como siempre -murmuré antes de probar la  primera cucharada de aquella deliciosa pasta-. Por cierto, ¿cómo  va tu trabajo? 

-Lo disfruto tanto que ni siquiera lo siento como un trabajo - respondió, con esa serenidad que siempre la caracterizaba-. A  veces me ayuda a desconectar de todo lo que implica estar en esta  familia: la firma, las expectativas... Aunque no me malinterpretes.  Los adoro a todos, sin embargo, vivir entre abogados puede ser  mentalmente agotador. 

Reí, sabiendo exactamente a lo que se refería. 

-Te entiendo perfectamente. La firma puede ser un monstruo  devorador de energía, pero tú siempre estás ahí, ayudándonos en  todo lo que puedes, cuidando de Hyacinth, soportando a Kasper...  Y digo soportando porque, bueno, ya sabes cómo es mi hermano. 

Karina soltó una carcajada que iluminó la sala. 

-Kasper es el amor de mi vida, aunque reconozco que a veces  tiene sus momentos. Y Nathaniel... Bueno, él es como mi segundo  hijo. Aunque ya esté en la universidad y sea todo un adulto, lo he  visto crecer. 

-Eres como una madre para él -le dije con sinceridad,  admirando lo natural que le resultaba cuidar de todos. 

Se quedó en silencio por un momento, como si estuviera  eligiendo cuidadosamente sus palabras. 

-Blossom, ¿alguna vez te has planteado tener hijos? No ahora,  claro, pero quizás en el futuro.

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El peso de su pregunta me tomó por sorpresa. Bajé la mirada  hacia mi plato, dejando el tenedor de lado. 

-Sí, quiero tener hijos, solo que no con Harding. 

Karina casi se atraganta con su bocado. Bebió un sorbo de agua  rápidamente y me miró con incredulidad. 

-¿Qué? ¿Hablas en serio? 

-No sé si aún lo amo, Karina -confesé, sintiendo cómo las  palabras pesaban en mi pecho-. Al principio todo era mágico, pero  con el tiempo... todo se volvió rutina. Ya no hay citas los viernes,  ni rosas en casa, ni siquiera nos besamos. Estoy cansada de su  indiferencia, pero más que eso, creo que me cansé de fingir que todo  está bien. 

Karina tomó mi mano con fuerza. 

-Blossom, si esa relación no te está haciendo feliz, debes  dejarla. Qué más da lo que piensen tus padres o cualquier otra  persona. No mereces conformarte. Mereces ser feliz, y si Harding  no es el hombre para ello, entonces que se vaya. 

Sus palabras tocaron algo profundo en mí. 

-Siempre has sido mi mayor apoyo -dije con lágrimas en los  ojos. Karina me abrazó con ternura, como si intentara transmitirme  toda su fuerza. 

-Lo único que quiero es que seas feliz -me dijo con  determinación-. Harding no te llega ni a los talones, y si decides  seguir adelante sin él, aquí estaré para apoyarte. 

Pasamos el resto de la noche hablando, como solíamos hacer en  los días más oscuros y también en los más brillantes. Cuando el reloj  marcó la medianoche, me despedí y emprendí el camino a casa.

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Al llegar, encontré a Nathaniel en el comedor, con los ojos  clavados en sus apuntes de anatomía. 

-Buenas noches, Nate -le dije con cariño, acercándome para  besar su mejilla-. ¿Aun estudiando? 

-Tengo examen en dos días. Necesito estar listo -contestó sin  levantar la vista-. No te preocupes por mí, Blossom. Estás cansada,  deberías ir a dormir. 

Antes de retirarme, quise compartir algo con él. -¿Sabías que  papá me dejó la empresa a cargo? Si todo sale bien, me convertiré  en la jefa. 

Nathaniel levantó la vista y me dedicó una sonrisa.  

-Lo sé, Isobel me lo contó. Y no me sorprende en absoluto.  Nadie lo hace como tú, Blossom. Te mereces esto, en serio que nadie  se lo merece más que tú. 

Sus palabras, simples pero sinceras, fueron el último empujón  que necesitaba para enfrentar lo que vendría. Subí a mi habitación,  me quité los tacones y me dejé caer en la cama. 

Volver a ver a Edrik Maxwell había removido algo en mí, algo  que creí enterrado para siempre. Cuatro años después, su recuerdo  aún era un remolino de emociones. Había intentado convencerme de  que lo nuestro no fue más que un error, el resultado de un par de  jóvenes ebrios que se dejaron llevar por un instante de debilidad.  Pero era una mentira. 

Lo que sucedió aquella noche no fue por el alcohol, y negarlo  sería un insulto a lo que sentimos. Pero éramos jóvenes y cobardes,  y dejamos que nuestro miedo destrozara algo que pudo ser eterno. 

Ahora que estaba de vuelta en mi vida, temía lo que pudiera  suceder. Temía que su presencia volviera a hacer añicos todo lo que  con tanto esfuerzo había construido.

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Y lo que más me aterraba era la posibilidad de que él no me  hubiera olvidado. Porque yo, por más que lo intenté, nunca pude  olvidarlo.

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