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Portada de la novela Las leyes del amor

Las leyes del amor

Blossom Vaughan, una abogada de éxito conocida por su frialdad ante el romance, ve su vida alterada por Edrik Maxwell. La llegada a Londres de este enigmático colega desata una rivalidad feroz que pronto evoluciona hacia una atracción irresistible. Entre juicios y ambiciones, la lógica legal de Blossom choca con una pasión inesperada. Ella deberá elegir entre proteger su reputación profesional o ceder ante un sentimiento que no sigue ninguna norma escrita.
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Capítulo 3

Karina 

Mis dedos temblaban al sostener aquella fotografía, una ventana  al pasado que podía llenar mi corazón de esperanza y, al mismo  tiempo, romperme en mil pedazos. El rostro familiar en la imagen  parecía mirarme con una mezcla de reproche y añoranza. Las  lágrimas comenzaron a nublar mi visión, y aunque intenté  detenerlas, el llanto escapó como un torrente imparable. 

Me llevé las manos al rostro, tratando de contener los sollozos  cuando escuché pasos en el pasillo. A Kasper no le gustaba verme  llorar. Decía que le desgarraba el alma. Sabía que no lo hacía por  egoísmo, sino porque cada lágrima mía era un recordatorio de las  heridas que no podía curar. 

Él apareció en la puerta de la pequeña habitación que llamaba mi  galería, un espacio que había creado como refugio para mis  recuerdos. Se cruzó de brazos, su expresión era una mezcla de  preocupación y reproche. La luz tenue dibujaba sombras sobre sus  facciones. 

-Otra vez, Karina... -Su voz era baja, pero no podía ocultar la  angustia que llevaba por dentro. 

-Lo siento -dije con un hilo de voz, apartando la fotografía de  mi vista y dejando caer mis manos sobre mi regazo-. Lo intento, 

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Kasper, lo intento de verdad, pero cada vez que entro aquí... es como  si todo volviera a pasar. 

Él se acercó lentamente y me envolvió en sus brazos. Su calidez  me atrapó de inmediato, y me aferré a él como si fuera la única ancla que me mantenía a salvo del naufragio de mi mente. 

-Deberías cerrar esta habitación con llave -murmuró,  apoyando su barbilla sobre mi cabeza-. Sabes que lo digo por ti,  no por mí. No puedo seguir viéndote romperte así, día tras día. 

-¿Crees que no lo sé? -respondí con un nudo en la garganta- . ¿Crees que no me doy cuenta de que me estoy consumiendo? Pero  no puedo soltarlo, Kasper. No puedo. 

-Puedes, Karina. No tienes que hacerlo sola, ¿de acuerdo? - Su voz se suavizó mientras sus dedos recorrían mi cabello con  ternura-. Déjame cargar con parte de ese peso. 

Apoyé mi frente contra su pecho, cerrando los ojos mientras su  aroma familiar me envolvía. En ese instante, el caos en mi interior  pareció detenerse. Kasper era mi refugio, mi salvación, pero había  un límite incluso para su paciencia. 

-Lo siento tanto... -murmuré. 

-No vuelvas a pedirme perdón. No por esto. No por lo que  sientes. -Él me sostuvo más fuerte, como si quisiera asegurarse de  que no desapareciera en mis propios pensamientos. 

Levanté la mirada para encontrarme con sus ojos, esos que habían  sido mi puerto seguro desde que nos conocimos. Había amor en  ellos, sí, pero también cansancio. No por mí, sino por todo lo que  nuestra vida había puesto en nuestro camino. 

-¿Qué haríamos sin ti? -pregunté, más para mí misma que para  él. 

Él sonrió, esa sonrisa que parecía decirme que todo estaría bien 

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incluso cuando no lo estaba. 

-Yo diría lo mismo de ti. Karina, eres mi hogar. Lo has sido  desde el día en que te conocí. 

Su confesión me derritió, y por primera vez en días, sentí que  podía respirar con algo de alivio. Lo abracé con más fuerza,  hundiendo mi rostro en su cuello mientras sus labios dejaban un  beso suave sobre mi cabello. 

-Eres todo lo que necesito -susurré contra su piel. -Y tú eres todo para mí. 

Por un momento, la habitación quedó en silencio, salvo por el  sonido de nuestras respiraciones sincronizadas. 

-Sabes que no estoy en contra de que quieras encontrar a Ellie  -dijo finalmente-. Pero hazlo cuando estés lista. Cuando no sea  un sacrificio para tu bienestar, sino un paso hacia tu propia paz. 

Me quedé callada, reflexionando sobre sus palabras. Ellie. Mi  hermana. Mi único vínculo con un pasado que prefería olvidar, pero  que también anhelaba recuperar. 

-Tienes razón -admití finalmente-. Pero sigo teniendo  miedo. 

Kasper asintió, como si entendiera perfectamente lo que no podía  expresar con palabras. 

-El miedo es normal, Karina. Solo no dejes que te detenga para  siempre. 

Me dio un beso en la frente y luego, como si todo el peso del  momento hubiera desaparecido, cambió el tono de su voz: 

-Ahora, ¿por qué no salimos de aquí? Es tarde, y estoy seguro 

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de que nuestra hija nos está esperando para leerle su cuento de  buenas noches. 

Sonreí, sintiéndome más ligera, aunque sabía que el camino hacia  la sanación sería largo. Pero con Kasper a mi lado, sentía que podía  dar un paso más. 

Salimos juntos de la habitación, dejando atrás las sombras del  pasado, al menos por esa noche.

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