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Portada de la novela Las enseñanzas del CEO

Las enseñanzas del CEO

Victoria se siente atraída por la arrolladora personalidad de su jefe, un hombre de carácter peculiar cuya potente voz la intimida y seduce a partes iguales. Atrapada entre el respeto a su poder y el deseo que su magnetismo masculino le genera, ella inicia un camino de descubrimiento bajo su tutela. Él la introduce en un universo de sensaciones intensas, logrando que su temor se transforme en una pasión incontrolable que la hace estremecer.
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Capítulo 2

Victoria llegó esa mañana a la empresa con una brillante sonrisa en sus labios.

—¡Buenos días!—saludó entusiasta a las personas que se encontró en el elevador.

Hombres y mujeres enfundados en trajes comedidos le respondieron cordialmente el saludo. Cada uno se dirigía a un piso diferente, algunos iban al área de diseño, otros al área de finanzas, y ella, relegada en un rincón de aquel ascensor, se disponía a ir al último piso. Oficina de presidencia, su área.

La chica no tardó en hallarse sola en aquel cubículo. Respiró profundamente y alisó su falda, una de color mostaza, combinaba perfectamente con su camisa blanca y su corbatín en tono gris.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, sus ojos avellanas se centraron en aquella oficina vidriada, las persianas estaban arriba, muestra fehaciente de que su jefe se encontraba presente.

La mujer se acercó a su escritorio y organizó sus pertenencias, tomó en su poder la agenda del día y se dispuso a informarle a su jefe todos los pendientes para esa jornada.

—Con permiso—dijo al ingresar a aquella oficina, a pesar de que Massimo ya le había permitido el acceso.

El hombre leía interesado algo en su computador, Victoria lo detallo un par de segundos antes de aproximarse a su escritorio.

—Buenos días, señor. Le he traído su agenda del día.

—Buenos días, señorita Esquivel. La escucho.

—A las once en punto tiene una reunión con el señor Valbuena, ha insistido mucho en verse nuevamente con usted.

Massimo hizo una mueca de desagrado. ¿Ese tipo molestando otra vez?

—¿De nuevo insistiendo para que firmemos ese contrato?

—Eso parece, señor—respondió la chica con voz queda.

Su jefe se comportaba igual que siempre, al contrario de ella, que se moría de los nervios de estar nuevamente en su presencia.

«Vamos, Victoria, no olvides lo que habías decidido»

—¿Qué sigue?

La mujer mordió su labio inferior, indecisa.

—Puede que tenga otra reunión, señor, pero solo si usted lo desea.

—¿De quién se trata?

—Bueno, sé que es un poco atrevido de mi parte, pero…

Los ojos grises de Massimo se alzaron interesados. El hombre notó inmediatamente el temblar en su voz, aquel titubeó qué tanto le llamaba la atención. «¿Acaso podía ser esa mujer más tierna?» se preguntó.

—Prosiga—ordenó seriamente, sintiendo la tensión formarse en esas cuatro paredes.

De pronto, empezó a hacer un intenso calor, uno que no solamente sofocaba al hombre, sino que parecía encender intensamente las mejillas de Victoria.

«Cielos, no puedo decirlo sí me mira de esa forma» pensó desesperada.

Pero Massimo no estaba dispuesto a darle tregua, el hombre se levantó de su silla y acortó la distancia. Cuando Victoria lo tuvo frente a ella, sintió que el aire le faltaba.

—¿Es que acaso está intentando proponerme algo, señorita Esquivel?

Victoria asintió con las pocas fuerzas que le quedaban. Sentía a sus piernas temblar como dos barras de gelatinas que ya no podían seguir sosteniéndose, necesitaba que ese hombre la sujetara, que le brindase un soporte del cual aferrarse. Quería aferrarse a sus brazos, a su espalda, rasgar su piel, exigirle que la hiciera su mujer.

—Señor—dijo ella con voz sosegada, casi sin fuerzas—, ¿le gustaría retomar lo que empezamos ayer?

Massimo abrió sus ojos desmesurados. El hombre no pudo decir nada más, simplemente se apoderó de sus labios. Aquellos labios que no sabía que tanto había anhelado besar. ¿Tanto le atraía su secretaria?

Prefirió no ahondar en dicha cuestión y procedió a hacer aquello que tanto deseaba. Con un simple movimiento arrojó todos los objetos que se hallaban sobre su escritorio y, la inclinó allí, sobre aquella mesa amaderada.

Antes de apoderarse del tierno cuerpo de su secretaria, se acercó a las paredes vidriadas y subió las persianas. Ese momento, era solo de ellos dos, no necesitaban ojos curiosos.

De esa manera, Victoria descubrió lo que era el placer. Su jefe parecía dispuesto a enseñarle muchas cosas, sus manos tan expertas trazaron caminos que no se imaginaba, sus besos también le revelaron que apenas era el comienzo de una pequeña travesía juntos…

[...]

Victoria no dejó de sentirse nerviosa a lo largo de todo el día. Sentía que cada una de las personas con las que se cruzaba, sabían de lo que había pasado en aquella oficina.

«¿Podrían realmente las personas saberlo con solamente verle la cara?» se preguntó angustiada.

Esperaba que no, que las personas no tuviesen esa habilidad de la que tanto había oído hablar en diversos programas. Telepatía, se llamaba. ¿Y si alguno de sus compañeros sí pudiera leer la mente?

«¡Cielos, no!»

—¿Victoria?

La chica elevó su mirada encontrándose con Gerónimo, era uno de los socios de aquella empresa. Un hombre de unos treinta años, cabello negro y abundante, alto, sonrisa amable.

—Oh, no. Disculpe, señor Acuña, estaba un poco distraída.

—Más bien diría yo, avergonzada.

Victoria palideció, sus mejillas coloradas perdieron el color al instante. ¿Era tan notable cuando se ruborizaba?

—Lo ve, ahora, parece que está a punto de sufrir algún ataque. ¿Qué pasa?

La chica negó insistentemente, pero antes de que pudiese agregar alguna cosa más, una tercera voz se escuchó en aquel lugar.

—Gerónimo, ¿qué haces distrayendo a mi secretaria?—reprochó Massimo desde el umbral de su oficina.

—Oh, querido amigo mío, me alegra encontrarte—saludo Acuña con meloseria—. Nos vemos después, señorita Victoria—se despidió de ella con una sonrisa.

Massimo no vio aquello con buenos ojos.

—¿Y ahora qué? ¿Solo te paseas por la empresa para coquetear con las secretarías?

—Nada de eso, amigo mío—negó Gerónimo sin darle mayor importancia—. Aunque—el hombre pareció considerar algo—, no se puede negar que Victoria es toda una lindura. Imagínate, me la encontré toda ruborizada—recordó con una mueca de satisfacción.

Los ojos grises de Massimo adquirieron un tono oscuro, siniestro.

—No digas tonterías—agregó sin pensarlo.

Esa tarde, cuando la visita de Gerónimo terminó. Victoria fue llamada nuevamente a la oficina de presidencia, su jefe le ordenó quitarse la ropa y ella sin entender muy que sucedía obedeció su dictamen.

Massimo la hizo suya una segunda vez en ese día y aquello se repitió continuamente durante varias semanas. Hasta que Victoria se preguntó: ¿Había dejado de ser una mujer para convertirse en el objeto sexual de un hombre? La respuesta llegó instantáneamente a su mente y no le agrado en lo absoluto…

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