Portada de la novela Obsesiones Peligrosas

Obsesiones Peligrosas

8.5 / 10.0
Rubí sobrevive a un matrimonio forzado, siendo el objeto de un esposo despiadado que la compró por culpa de la avaricia de su padre. En medio del maltrato, ella encuentra esperanza en Julián, un carismático CEO rival. Tras enamorarse, ambos conspiran para hundir económicamente al opresor y obtener su libertad. Pero el marido, cegado por una obsesión enfermiza, no se rendirá y desatará una guerra para retenerla a la fuerza y aniquilar a su enemigo.

Obsesiones Peligrosas Capítulo 1

El humo del cigarrillo inundaba la habitación cerrada, convirtiéndose en una niebla pasada y pestilente que impregnaba todo con su aroma dulzón. El cenicero rebosaba de colillas con un rastro de carmín y un nueva se añadió a ellas. Aún un hilillo de humo se levantaba desde el cigarrillo moribundo cuando sacó otro de la cajetilla. Acarició con la punta sus labios rojos y lo dejó en el centro de su boca. Lentamente acercó la llama y lo encendió dando una calada profunda y vomitando luego el mismo humo grisáceo en la cara de hombre que se sentaba del otro lado de la mesa mirándola fijamente.

— Esto ha sido idea suya… — dijo sonriendo.

— Señorita, no creo que comprenda la gravedad de las acusaciones en su contra. — contestó el policía.

Ella cruzó las piernas, y volvió a sonreír dándole otra calada a su cigarro.

— No cariño… eres tú quien no comprende. — El policía la miró confundido.

Ella se inclinó hacia adelante regalándole una pronunciada vista de su escote, apagó el cigarrillo y le susurró con voz seductora.

— Esto no es más que un entretenimiento. Una manera de sacarme del juego por algunas horas, para hacer algún movimiento en mi contra. Todas sus artimañas, son predecibles. Después de muchos a su lado he aprendido como funciona su mente, y he llegado a estar siempre un paso por delante suyo… —

— Señorita, la encontramos intentando sabotear el auto del CEO más importante de esta ciudad. Un hombre que tiene inversiones millonarias, que dona miles de dólares mensualmente a obras de caridad. Un pilar de nuestra comunidad. Alguien tan querido y prominente que está propuesto para postularse como alcalde en las próximas elecciones... —

— Tonterías. — repuso ella enroscando las puntas doradas de su cabello alrededor de su dedo índice.

— Ha desmayado usted a su chofer con taser. ¿Es consciente de lo que una descarga eléctrica puede hacerle al cuerpo de un hombre? … — añadió el policía. — Sabe Dios, que buscaba usted con tanta urgencia para cometer tal atrocidad… ¿acaso intentaba robar? —

Ella contestó con una carcajada sarcástica y volvió a sacar otro cigarrillo de la caja.

— El arreglo de mis uñas vale más que nada de lo que hay en ese mugroso carro… el chofer estará bien, no es la primera vez que le ocurre. Se ve que eres nuevo en este pueblo y sabes muy poco de lo que hablas. Te cuento... — sacó chispas de su mechero varias veces, hasta que logró encender la llama azulosa.

— El vehículo al que intentaba entrar… sabotear es una palabra fea, me hace lucir mal— le susurró, mordiéndose los labios para contener la sonrisa. — …es el coche de mi esposo… ese hombre tan honorable y querido, que dona miles de dólares y posee grandes riquezas… ese desgraciado y yo estamos casados hace ya un poco más de diez años. —

Aquella despampanante mujer rubia de rasgos elegantes, nariz afilada, profundos ojos azules y labios carnosos se levantó despacio. Sus tacones resonaron entre las paredes de la pequeña habitación mientras le daba la vuelta a la mesa rectangular. Se detuvo justo al lado del policía que la miraba con asombro, sin estar muy seguro de cómo debería reaccionar.

Ella se sentó en la punta de la mesa y cruzó las piernas dejándole ver sus muslos a través de la abertura lateral de su vestido rojo.

Los ojos del policía la recorrían de arriba abajo. Podía sentir su mirada desnudándola poco a poco. Miró con atención el reloj dorado en su muñeca y sonrió.

Sacudió la ceniza del cigarrillo en el suelo y se acercó despacio mirándolo a los ojos antes de susurrarle al oído.

— En aproximadamente tres minutos llegará alguien para sacarme de aquí. El archivo de tu pequeño arresto va a desaparecer como si nunca hubiese existido y tú serás llamado a la oficina de tu jefe dónde te contarán que no eres leal a la justicia, y que no estás aquí para proteger y servir al pueblo. Desde el minuto en que aceptaste trabajar para este departamento de policía tu lealtad yace sujeta a la voluntad de ese hombre ilustre que, como bien dices pronto se postulará como alcalde. —

Su perfume embriagaba al policía, que intentaba mantenerse fijo en su deber.

— Señora, me temo que debo pedirle que vuelva a su asiento si no quiere que me vea en la terrible necesidad de esposarla a la mesa durante el tiempo que dure el interrogatorio. — dijo con el rostro enrojecido.

Ella se volvió a reír. Se puso de pie mirando de nuevo su reloj y tomó su lugar detrás de la silla que le correspondía.

— Necesito su nombre para el archivo— dijo el oficial abriendo la carpeta amarilla que tenía delante y levantando la pluma para escribir los datos de aquella mujer tan peculiar.

— ¿Por qué ninguno escucha? — murmuró ella bajando la cabeza.

— ¿Cómo dijo? — preguntó él.

— Rubí, mi nombre es Rubí. — contestó ella alzándose de nuevo y poniéndose un cigarrillo entre los dientes. —

El policía comenzó a escribir en su reporte.

— Pronto… muy pronto, aprenderás que soy dueña de la mitad de este pueblo. — Escribe eso también en tu pequeño archivo. El policía alzó la mirada, molesto con su tono juguetón a lo que ella contestó con un guiño divertido.

La puerta de metal se abrió con un chirrido estruendoso antes de que las palabras dejaran sus labios y delante del policía se presentó la figura regordeta y enorme del mismismo jefe de la estación. Se levantó de inmediato, firme ante su oficial superior; pero aquel hombre no se dignó ni siquiera a mirarlo. Extendió su mano hacia la rubia que apagaba el último cigarrillo en el cenicero rebosante de colillas y cenizas. Ella la tomó grácilmente, dedicándole una sonrisa de agradecimiento, a la que el Comisario contestó quitándose su sombrero. Se movió de la puerta dejándola pasar, y cuando hubo salido le murmuró a su subordinado con tosca voz:

— Te espero en mi oficina. —

Mientras ella giraba cabezas al caminar hacia la salida, con su andar sensual y sus piernas largas.

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