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Portada de la novela Las Cenizas del Amor: Un Precio Amargo

Las Cenizas del Amor: Un Precio Amargo

Jimena vive atrapada en un matrimonio donde Damián la desprecia, priorizando siempre su amor por Carla. Tras soportar insultos y la quema de los recuerdos de su hijo, el límite llega cuando él justifica que Carla disperse las cenizas de sus gemelos fallecidos. Rota por la traición, Jimena decide borrar su existencia. Usando fármacos, induce la muerte de su antigua identidad para que Iris, una mujer fría y renovada, tome el control definitivo.
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Capítulo 2

El ferri atracó en el muelle de la isla privada. Me obligué a levantarme, con las piernas temblorosas y el mareo revolviéndome el estómago. Caminé hasta la pequeña florería del pueblo, donde compré un ramo de azucenas blancas y un poco de incienso. Ese día era el primer aniversario de la muerte de mi primer bebé, a quien nunca pude abrazar.

El elegante Mercedes negro de Damián me esperaba. Cuando intenté abrir la puerta del copiloto, una mano salió disparada y me bloqueó el paso. Era Carla, queriendo adueñarse de mi lugar.

Me miró. Su rostro lucía tranquilo cuando me dijo con determinación: "No me siento bien, y el asiento de atrás brinca mucho". Habló como si fuera la cosa más razonable del mundo. Como si no estuviera robándome deliberadamente mi lugar, precisamente ese día.

"Solo durante la subida", añadió, al mismo tiempo que una leve sonrisa burlona aparecía en sus labios. "No quisiera interponerme mientras Damián te consuela", añadió. Su tono implicaba que él de todos modos no querría consolarme. Miré a mi esposo, que estaba al volante, con los ojos ocultos detrás de unos lentes de sol. Busqué cualquier señal de apoyo o algún indicio de que me defendería.

Sin embargo, solo se encogió de hombros, una señal silenciosa de su rendición a los caprichos de Carla. "Súbete atrás, Jimena". Mi corazón, ya marcado y sensible, sintió una nueva oleada de un dolor sordo y familiar. Yo no era nada para él, y mi duelo tampoco.

Y así, me subí al asiento trasero sin decir ni una palabra. El vehículo avanzó por el sinuoso y lodoso camino hacia el pequeño cementerio privado que pertenecía a la familia de Damián. Por el espejo retrovisor lo vi ajustar la temperatura del aire acondicionado para Carla y darle una botella de agua. Giré la cabeza y miré por la ventanilla, al mismo tiempo que un entumecimiento silencioso se apoderaba de mí.

Ya no interferiría más. No lucharía por mi lugar. Después de todo, no quedaba lugar alguno por el que luchar. Poco después llegamos a la cima de la colina. Mientras me bajaba del auto, sosteniendo las azucenas, inesperadamente Carla se paró frente a mí.

"Déjame ayudarte con eso", dijo, alcanzando el ramo. "No, gracias. Puedo sola", contesté con voz plana. Ignorando mis palabras, intentó arrancarme las flores de las manos. "No seas tan terca. Solo trato de ser amable".

"¡Dije que no!". Las flores eran para mi bebé, en cuya muerte ella estuvo involucrada de alguna manera, de modo que no estaba dispuesta a dejar que las tocara.

"Estás armando un escándalo. ¿Por qué siempre tienes que complicar las cosas?", siseó. Sus ojos brillaban con furia cuando exclamó: "¡Damián, dile algo!".

Fue ella quien empezó el escándalo, pero distorsionó las cosas para hacerme ver como la villana. El camino estaba resbaladizo por la lluvia reciente. Mientras Carla trataba de quitarme el ramo, sus tacones, elegantes pero poco prácticos, resbalaron sobre una roca mojada.

"¡Cuidado!", exclamé, al mismo tiempo que extendía la mano instintivamente para tratar de estabilizarla. Ella malinterpretó mi movimiento, creyendo que intentaba empujarla. "¡Aléjate de mí!", chilló.

Su propio impulso, combinado con sus zapatos resbaladizos, la hizo caerse hacia atrás.

Soltó las azucenas para tratar de amortiguar el golpe. Damián se bajó del auto a toda prisa. No vino hacia mí; corrió directamente hacia ella, y la cargó en sus brazos.

Su rostro reflejaba una preocupación frenética cuando le preguntó: "¿Estás bien? ¿Te lastimaste?". Luego, se volvió hacia mí y, con una voz cargada de veneno, inquirió: "¡¿Qué te pasa?! ¡¿Por qué la empujaste?!".

Carla, acurrucada en los brazos de mi esposo, comenzó a llorar. "Solo quería ayudarla a cargar las flores. Luego... dijo que yo no era digna de hacerlo".

Sus habilidades histriónicas eran excepcionales. Se apartó del pecho de Damián, al mismo tiempo que le instaba: "Suéltame. Estoy bien". Su voz era una mezcla perfecta de valentía y vulnerabilidad.

Sin embargo, él la abrazó con más fuerza. "Tranquila. Aquí estoy", dijo, acariciándole el pelo. A continuación, volvió su mirada furiosa hacia mí. "Carla estaba tratando de ayudar, y tú reaccionaste como si hubiera cometido un crimen terrible. ¡Solo es un manojo de flores! ¿Por qué eres tan mezquina?".

Damián pensó que solo se trataba de las flores. No veía que en realidad se trataba de mi bebé, de mi duelo y de mi último gramo de dignidad.

"Pídele una disculpa", me ordenó. Su voz no dejó lugar a discusión. Lo miré fijamente, mientras mi incredulidad luchaba contra una marea de rabia. "No tengo nada de qué disculparme". Al oír eso, su mandíbula se tensó. "¡Discúlpate, o te juro que te dejaré aquí, y tendrás que volver a casa caminando! Nunca volverás a ver esta tumba; haré que la trasladen a otro lugar".

No podía creer que Damián me hubiera amenazado con mi bebé muerto.

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