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Portada de la novela Las bellezas del rey

Las bellezas del rey

La corte imperial se convierte en un campo de batalla donde diversas mujeres luchan por el afecto del soberano y el poder absoluto. Ezra Azzar ingresa al harén buscando una vida de servicio y tranquilidad, pero se topa con una red de conspiraciones que pone en riesgo su seguridad. Entre traiciones y secretos, las candidatas florecen y caen. Ezra deberá sortear intrigas peligrosas para sobrevivir mientras se decide quién ganará el corazón del rey.
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Capítulo 3

Fueron seleccionadas alrededor de 100 concubinas para el rey. Muy pocas llegaban si quiera a cruzar palabras con el hombre y era por eso que estas mujeres; las bellezas del rey, harían todo lo posible para ser notadas por el monarca y así ganarse su favor. Pero cualquiera que lograba captar la atención del rey inconscientemente estaba cavando su propia tumba. Pues, la emperatriz se encargaría de lanzarlas sin compasión por el precipicio, siendo olvidadas por todos, incluso por sus familias quiénes al verlas caer en desgracia negarían la existencia del nombre de dicha concubina en su registro genealógico.

Eran muchas las bellezas del rey, hermosas flores al amanecer pero marchitas cuando anochece. Esa era la naturaleza de las flores; ser hermosas, expresar encanto y frescura. Pero no por siempre, las flores se marchitaban, su belleza no era eterna. En ese otro sentido las bellezas del rey también eran flores. Pues, el tiempo pasaría sobre ellas, sus años de juventud serían efímeros, y finalmente se perderían entre las hojas amarillentas de la historia.

Ezra Azzar sabía muy bien los ardides que podían ser tramados por las concubinas y esposas junto con los vengativos eunucos. Y aunque, no tenía una fórmula secreta para evitar problemas, sabía que no debía ser la favorita del rey. Ella solo quería vivir tranquila.

La vida en el haren parecía ser sosegada, pero esa apariencia era solo la superficie de un inmenso castillo de maldades o una fina tela que dividía los elementos del agua y aire. Y que ante el menor movimiento se sumergía en las profundidades negras de sus intenciones.

Al finalizar la selección, todas las concubinas seleccionadas fueron distribuidas en palacios grandes, pequeños y casas señoriales de acuerdo con su estatus familiar y emblema dinástico. El complejo imperial tenía alrededor de mil habitaciones. Y solo los palacios más grandes eran destinados a la emperatriz, esposas oficiales y concubinas favorecidas.

Ezra entró al pequeño palacio que le fue asignado. Era pequeño pero habitable. Recorrió el lugar en pocos minutos y ajustó sus pertenencias sobre una empolvada mesa. Ahora, Ezra no estaba muy cómoda con el palacio, parecía más una casa abandonada. Mientras la muchacha revisaba el estado de su nuevo hogar, al lugar entraron dos sirvientes, una criada y un eunuco.

—Saludos a la asistente real, Madame Azzar —los criados dijeron con voz potente.

Madame Azzar aceptó con la cabeza y estos se relajaron en sus puestos. Ezra estaba segura que esas dos personas eran el único personal con el que contaría en la limpieza y su cuidado. Dejando que estos realizaran sus labores salió del palacio y alzó los ojos al lujoso e inmenso palacio que se perdía entre la neblina. Un palacio entre fantasías y leyendas, era la morada de la emperatriz; también llamado el palacio de la eterna luz. Aunque su nombre no atribuía en absoluto lo que en realidad se vivía; una oscuridad inmensa. Y Ezra todavía no imaginaba lo malvada que podía llegar a ser la mujer.

⟦..⟧

La señora Cadi entró en su palacio. Su doncella le quitó el grueso abrigo de piel de zorro una vez estuvo dentro de la calidez del palacio.

La ira carcomía su ser y todo por culpa de los caprichos de la emperatriz. Días antes había visitado su palacio con la esperanza de convencerla de entregarle a su hija. Sin embargo, la mujer se mantenía insensible ante sus pedidos.

Era cierto que la señora Cadi había podido ser una de las esposas oficiales gracias a la ayuda de la emperatriz. La garantía fue criar a su hija una vez esta tuviera los tres años. Pero ya habían pasado cuatro años desde la última vez que la había visto. Ella era una madre y su hija la necesitaba, por ella haría cualquier cosa.

La señora Cadi vio la nieve caer desde su palacio y en su mente ya organizaba el plan que seguiría para poder recuperar a su hija.

La noche llegó con su usual frío y la emperatriz esperó impaciente la llegada del rey. El hombre no había visitado su palacio en los últimos días.

La emperatriz se movió inquieta y deseosa del rey, era la primera vez que la mujer se sentía tan intranquila.

Pronto al palacio una criada entró apresurada y la emperatriz respiró aliviada al saber que ya había entrado el rey al haren imperial.

—Alteza, su majestad ha entrado al haren

La emperatriz se apresuró a mirar por la ventana el avance del rey. Sin embargo, la sonrisa que había en su rostro se desvaneció cuando el hombre se detuvo en medio del camino. ¿Qué había pasado? ¿Tal vez escogería una nueva concubina?

La caravana real se detuvo confusa en medio de la cruel nevada. Sin entender por qué el rey se había detenido y temiendo por la salud del monarca, el eunuco jefe se acerca a él con pasos apresurados.

—Majestad, ¿A qué palacio desea entrar? —el eunuco pregunta mientras mira con disimulo al emperador. Era una ofensa mirarlo a los ojos.

El emperador regresó sus pasos, consiguiendo salir del complejo interior, uno lleno con gran variedad de bellezas. Siguiendo los pasos del rey, el séquito de eunucos va tras él.

La nieve caía con más ahínco congelando la cara del gobernante; con los pómulos enrojecidos por el frío el hombre entró al gran palacio imperial, su morada como Califa de uno de los imperios más grandes del mundo.

Los eunucos se ubicaron en orden frente a él esperando sus instrucciones; estaban deseosos de que el rey pasara la noche con alguna concubina y así asegurar el futuro de la dinastía con un heredero.

—Majestad, desea...

—No deseo nada, váyanse.

El eunuco había fracasado en su objetivo y sin más alternativa se retiró con todo el ejercito de eunucos.

El rey se dedicó a mirar la leña de su hoguera arder. No estaba deseoso de visitar ningún palacio, no quería ver los rostros y sonrisas fingidas que todas sus esposas le dirigían.

Sin nada más que hacer, el rey quedó dormido en su inmenso diván.

...

Los días en el palacio habían pasado tan lentos como el andar de una tortuga y lo peor era que Ezra no podía salir de allí. De hecho, ninguna concubina estaba autorizada para salir de sus palacios mientras estaban aprendiendo la etiqueta del palacio.

Ezra aprendió que la vida en el haren del rey estaba sujeta a muchas reglas; incluso el como caminaba, como se sentaba o la inclinación de su rostro al hablar con el emperador o la emperatriz.

Al final de cada lección la pobre muchacha terminaba cansada y con un dolor intenso en su espalda debido a la rigidez.

Ezra no lograba entender por qué muchas jóvenes soñaban con entrar a servir al rey siendo que el haren era una jaula, sí una jaula solo que revestida en oro puro.

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