Portada de la novela Las bellezas del rey

Las bellezas del rey

9.3 / 10.0
La corte imperial se convierte en un campo de batalla donde diversas mujeres luchan por el afecto del soberano y el poder absoluto. Ezra Azzar ingresa al harén buscando una vida de servicio y tranquilidad, pero se topa con una red de conspiraciones que pone en riesgo su seguridad. Entre traiciones y secretos, las candidatas florecen y caen. Ezra deberá sortear intrigas peligrosas para sobrevivir mientras se decide quién ganará el corazón del rey.

Las bellezas del rey Capítulo 1

Una densa ráfaga de nieve sumergía en grandes capas blancas los tejados de los palacios del harén imperial. El invierno había llegado por primera vez desde la coronación del actual emperador, hace aproximadamente tres años.

Todas las esposas avistaban desde sus palacios la entrada del rey al complejo interior.

Poco había entrado el hombre al harén y dicha actitud fue tomada como perdida de interés del gobernante por las mujeres que lo conformaban, la emperatriz; su esposa principal, la consorte Akil; representante de una de las familias influyentes del imperio y esposa de segunda categoría. Y por último la Señora Cadi; mujer de gran intelecto y primera esposa de tercera categoría.

El rey avanzó por el largo corredor hasta llegar al palacio que se alzaba imponente sobre el resto, se trataba de la morada de la emperatriz Khatri.

Las demás esposas vieron al rey entrar en el palacio de su mortal enemiga. Nadie ayudaba en conjunto, cada una trabajaba de manera individual para conseguir el favor del rey. Pero resultaba casi imposible ganarse su aprobación compitiendo con una personalidad como la emperatriz; embaucadora, conspirativa y celosa. Aunque sabía esconder muy bien sus defectos frente al rey.

—Es primera vez en dos semanas que su majestad ingresa a los palacios y vuelve a reunirse con la emperatriz —habló indignada la consorte Akil.

—Alteza, no debe preocuparse. Su majestad seguro la recuerda —su doncella trató de consolarla.

La mujer ardiendo de la furia tanto por el favoritismo del rey con la emperatriz como por las estúpidas palabras de su doncella, la golpeó

—Lo siento, alteza. Fui descuidada con mis palabras —habló temerosa.

Hacía dos meses que el emperador no la visitaba y eso era algo que la asustaba y molestaba al mismo tiempo. Sin el favor del rey, las esposas eran nada. No era la favorita del rey y tampoco le había dado hijos, si una mujer entraba al palacio y eventualmente esta se ganara el favor del rey y además le diera hijos, eso significaría su destrucción. La consorte no se quedaría de brazos cruzados y algo se inventaría para llamar la atención del rey.

⟦···⟧

El rey caminó por el largo pasillo del palacio de la emperatriz hasta llegar a sus habitaciones. Esta al verlo se levantó para recibirlo.

—Recibo a su majestad —la mujer lo saludó con una reverencia.

—¿Cómo has estado? —preguntó el rey mientras le ofrecía su brazo.

—Muy bien ahora que su majestad está frente a mí.

—He estado ocupado y…

—No tiene que darme explicaciones, majestad. Usted es el jefe del estado y esos asuntos son más importantes que mis caprichos —lo detuvo en su hablar.

La emperatriz Khatri con acciones tan simples como aquellas lograba ganarse poco a poco el corazón del rey.

Ella utilizaba muy bien su arsenal de encantos con tal de ganar el favor del hombre.

—¿Cómo están las niñas?

—Estaban jugando con la niñera mientras yo bordaba un poco.

El hombre asintió con la cabeza y caminó inquieto por la habitación.

—¿Le pasa algo, majestad?

—La reina viuda ha oído los rumores sobre el supuesto desinterés en mis mujeres y está organizando una selección de concubinas.

La mujer mantuvo una expresión neutra ante las palabras, aunque por dentro la sangre le quemara. El simple hecho de saber de la selección hacía que la emperatriz se llenara de celos. En tres años esa sería la tercera vez que se celebraría una selección de concubinas, las primeras dos dieron escasos resultados siendo escogidas solo una mujer en cada una.

La emperatriz había demostrado sus muchas destrezas como la líder del harén del rey y una de esas era su capacidad para mantener reprimidas a las otras dos esposas; una más ambiciosa que la otra.

—Su majestad es aún joven, apenas acaba de cumplir los 30 años. Las esposas que conforman el harén pueden darle todavía herederos.

—No habrá forma de persuadir a mi madre imperial. Debes ayudarla, no olvides tu obligación.

La mujer asintió sin más alternativa mientras una sonrisa fingida aparecía en su rostro.

—Sus majestades, la habitación está lista—. Una doncella entró al lugar.

La pareja se internó en la habitación mientras los criados cerraban las puertas tras ellos. La noche auguraba ser corta para quiénes dormían, pero larga para los que vigilaban los aposentos de los monarcas.

⟦…⟧

Habían pasado muchas horas desde que el rey se había retirado del palacio de la emperatriz. Cuando la presencia de la señora Cadi dañó la mañana de la joven reina. Muy bien era conocido su carácter entre las demás esposas. Pero la señora Cadi parecía no importarle los desplantes y groserías que frecuentemente la reina le cometía.

—Saludos a su majestad, la emperatriz —saludó con cortesía la espigada dama.

—Sabes que somos como hermanas, no debes tener tal formalidad conmigo —expresó Khatri.

—Usted es la líder del harén y está por encima de mí. Le debo respeto —respondió melosa.

—¿Qué te trae a mi palacio?

—Han llegado noticias a mi pabellón de que el rey escogerá nuevas concubinas.

—Si, el rey necesita un heredero y nosotras solo le hemos dado princesas.

—Alteza, las princesas ya cumplieron 7 años. ¿Permitiría llevar a Naya a mi palacio?

La tercera esposa hizo la petición con miedo.

El rey se había casado muy joven. Y tan solo cuando era un principe ya tenía dos esposas, luego al cumplir los 23 años, adquirió otra, esta era la señora Cadi. Fue esa misma mujer quien le dio un primer hijo, aunque para su desgracia, no pudo darle al rey un varón.

—Claro, señora Cadi. Usted sabe cómo es nuestro trato. Si cumple lo que le pido, podrá llevarse a su hija, la princesa Naya.

—Alteza, por favor, se lo ruego —suplicó desesperada mientras caía al suelo con lágrimas en los ojos.

La emperatriz se acomodó en su trono, mientras sostenía en sus manos un hermoso gato persa de color blanco, la mujer acarició el animal mientras con desinterés escuchaba a la señora Cadi. En sus oídos las palabras de la mujer eran un teatrillo barato y sin sentido, pues, era absurdo dejarla ir tan fácil después de todas las cosas que había hecho. No iba a correr riesgos innecesarios.

—Te permití tener un hijo del rey y por eso eres una esposa oficial. Te permití elevarte, pero nunca lo harás por encima de mí.

—Alteza, yo no puedo hacer lo que me pide. Por favor, podría hacer cualquier otra cosa menos manchar mis manos con sangre.

La señora Cadi se arrastró por la hermosa alfombra del palacio hasta llegar a la especie de trono de la reina.

Con la ayuda de la emperatriz, la señora Cadi había logrado ser una esposa oficial logrando acomodar así ricamente a su clan. Para la emperatriz esta mujer era su lacayo de malas acciones, quien cometía todas las conspiraciones en contra de la Consorte.

Haciéndola a un lado con el pie, la emperatriz se levantó y avanzó a la salida de la pequeña cámara. La señora Cadi desde el suelo pudo escuchar el tintineo de los pendientes de ojo de tigre de la emperatriz, un sonido que había llegado a odiar con todas sus fuerzas.

—Debes agradecer que no te estoy apresurando, puedes gastar todo el tiempo que quieras, solo al final quiero el mismo resultado —ultimó la mujer.

La señora Cadi se levantó del suelo con la ayuda de su doncella y limpió sus lágrimas. No importaba cuántas lágrimas derramara ni cuanto suplicara, la emperatriz nunca la dejaría en paz.

Nota: Bienvenidos a esta historia. Hoy publico el primer capítulo de las bellezas del rey y poco a poco iré subiendo el resto.

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Tabla de contenidos de Las bellezas del rey

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