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Portada de la novela LA VIDA DE ANA

LA VIDA DE ANA

Tras asesinar a su padrastro en defensa propia, Ana huye a París y se une al temido mafioso Louis Dubon. La tragedia la golpea el día de su boda: un atentado acaba con Louis, dejándola sola, embarazada y en busca de refugio. Un año más tarde, bajo el amparo del magnate Pedro, Ana reaparece en España transformada en la Viuda Negra. Mientras cría a su hija, la joven planea una implacable venganza contra los traidores que destruyeron su pasado.
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Capítulo 2

El silencio en la casa ya no era el mismo. Antes, era un silencio de miedo, de esconderse bajo las sábanas y rezar para no ser escuchada. Ahora, era el silencio de un cementerio antes de la profanación. Ana no estaba en su cama. Estaba de pie en medio de la cocina, sumida en una penumbra que solo era interrumpida por el parpadeo débil de una bombilla amarillenta.

Sus manos no temblaban. Había una frialdad antinatural en sus dedos mientras abría el cajón secreto de la alacena, aquel donde su madre guardaba los utensilios de plata y el cuchillo de caza que perteneció al abuelo; una hoja de acero al carbono, larga, afilada como una promesa de muerte. Al tocar el mango de madera, una descarga eléctrica recorrió la columna de Ana. Sus ojos, antes llenos de la luz de los libros, ahora se habían tornado oscuros, profundos, con un brillo que no parecía humano. Era una mirada demoníaca, una mirada que ya no veía personas, sino objetivos.

-Ya es hora -susurró, y su voz no sonó como la de la universitaria que leía poesía. Era un siseo metálico, cargado de un odio que llevaba siglos cocinándose.

Subió las escaleras. Cada escalón que crujía bajo sus pies era un recordatorio de cada vez que él subió para lastimarla. Pero esta vez, el cazador dormía.

Ana entró en la habitación principal. El olor de Erick -esa mezcla de sudor, alcohol y tabaco- inundaba el aire. Él roncaba, con la boca abierta, ajeno a que el destino acababa de cerrar la puerta con llave. Ana se acercó a la cama, moviendo la cabeza con espasmos lentos, de un lado a otro, como si estuviera escuchando una música que solo ella podía oír. Sus pupilas estaban tan dilatadas que el iris casi había desaparecido.

Se posicionó sobre él. El cuchillo brilló bajo la luz de la luna que se filtraba por la cortina rota.

-Despierta, cerdo -dijo Ana en un susurro gélido.

Erick abrió los ojos a medias, confundido por la sombra que se cernía sobre él. Pero no tuvo tiempo de procesar el miedo. Con una fuerza sobrehumana, Ana descargó el brazo. El acero se hundió en la base de su cuello con un sonido húmedo, cortando la tráquea y la yugular en un solo movimiento quirúrgico y brutal.

El hombre intentó gritar, pero de su boca solo brotó un borbotón de sangre caliente que manchó las sábanas blancas. Se llevó las manos a la herida, tratando desesperadamente de retener la vida que se le escapaba por los dedos. Ana no se apartó. Al contrario, se inclinó más, riéndose con una carcajada ronca, desquiciada, que parecía provenir de las profundidades del infierno.

-¿Te duele, Erick? -le preguntó, mientras movía la cabeza con tics violentos-. Esto es lo que se siente perderlo todo. Esto es lo que se siente que te arranquen el alma.

Erick se sacudía, sus ojos estallando de terror mientras veía el rostro de Ana. Ella no parecía su hijastra; parecía una entidad antigua y malvada que disfrutaba del olor a hierro de la sangre fresca. Ella comenzó a mover los ojos de forma frenética, riendo mientras lo veía desangrarse como un animal en el matadero.

-¡Mírate! El gran hombre... ahora solo eres un saco de carne rota -gritó ella, estallando en una risa demoníaca que hacía vibrar las paredes.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Su madre, alertada por los ruidos extraños y la risa escalofriante, entró en la habitación. Al encender la luz, el horror la golpeó de frente. Erick estaba agonizando en un mar de rojo y Ana, cubierta de salpicaduras desde la cara hasta el pecho, sostenía el cuchillo con una sonrisa que le heló la sangre.

-¡Ana! ¡Dios mío, Ana! ¿Qué has hecho? -gritó la mujer, entrando en un estado de shock absoluto, retrocediendo hasta chocar con el marco de la puerta.

Ana giró la cabeza lentamente hacia ella. El movimiento fue mecánico, como el de una muñeca poseída.

-¿Qué he hecho? -preguntó Ana, su voz subiendo de tono-. He hecho lo que tú nunca tuviste el valor de hacer. He terminado con el monstruo que tú metiste en mi cama.

-¡Estás loca! ¡Hija, suelta eso! -sollozó la madre, con las manos temblando frente a su rostro.

-¿Loca? No, mamá. Estoy despierta. Te lo dije... te lo supliqué mil veces -dijo Ana, dando un paso hacia ella mientras el cuchillo goteaba en el suelo-. Te dije que me tocaba, te dije que me dolía, te dije que me estaba destruyendo. ¿Y qué hiciste tú? "Son cosas tuyas, Ana", "Erick es un buen hombre", "Estás imaginando cosas".

-¡No sabía que llegaría a esto! ¡Perdóname! -suplicó la madre, intentando darse la vuelta para correr hacia el pasillo.

Pero la Ana que conocía ya no estaba. La criatura que habitaba su cuerpo se lanzó sobre ella con una velocidad felina. La derribó en el pasillo, justo antes de que pudiera alcanzar las escaleras. Ana se sentó sobre ella, inmovilizándola, mientras su risa se mezclaba con los sollozos de la mujer.

-No me creíste -siseó Ana, clavándole la mirada-. Ahora vas a sentir lo que es que te ignoren mientras te desgarran.

El primer golpe fue al estómago. Luego el segundo. Luego el tercero.

-¡Esto es por cada vez que me diste la espalda! -gritaba Ana mientras hundía el cuchillo una y otra vez-. ¡Esto es por dejarme sola con él! ¡Esto es por tu cobardía!

La madre intentaba poner las manos para defenderse, pero el acero pasaba a través de su carne como si fuera papel. Ana no se detenía. Perdió la cuenta de las veces que clavó el arma. El estómago de la mujer quedó convertido en un rastro de heridas abiertas mientras su vida se apagaba en el suelo de madera.

Ana se detuvo solo cuando sus propios brazos se cansaron de golpear. Se quedó allí, de rodillas, rodeada de los dos cadáveres de las personas que deberían haberla amado y protegido. El silencio regresó, pero esta vez Ana ya no estaba sola. La oscuridad la envolvía como un manto protector.

Se puso de pie, mirándose en el espejo del pasillo. El reflejo le devolvió la imagen de una desconocida con ojos de fuego y rostro manchado de pecado. Se lamió una gota de sangre de la comisura de los labios y sonrió.

-Ahora empieza mi verdadera historia -dijo, mirando hacia el horizonte, imaginando las luces de París-. En un mundo de lobos, yo seré la reina de la manada.

Ana caminó hacia el baño, no para llorar, sino para lavarse y preparar su maleta. Tenía un avión que tomar y un imperio que conquistar. El rastro de muerte que dejaba atrás era solo el prólogo de su ascenso al poder.

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