Portada de la novela Hombres condenados

Hombres condenados

8.8 / 10.0
Tres combatientes marcados por el tormento atraviesan tierras plagadas de entidades demoníacas, anhelando purgar sus pecados. Ante la inminente guerra contra la oscuridad, surgen unas misteriosas mujeres decididas a adueñarse de sus espíritus. En una atmósfera de terror y aventura, estos guerreros enfrentarán el veredicto de quienes buscan su perdición, luchando por sus vidas y su salvación antes de que el enfrentamiento final decida el destino de todos.

Hombres condenados Capítulo 1

Trescientos años atrás, en las cercanías del Mar Báltico…

Drake levantó un poco la cabeza para mirar, a través de las gotas de agua y sangre que caían de sus cabellos, el amplio salón de su mansión, ahora destruida y manchada por el fuego.

Los cuerpos mutilados y sin vida de sus padres y el de sus dos hermanos menores yacían a escasos metros de él, mezclados con el de los empleados que habían servido a su familia por años.

Fue el único que quedó con vida en medio de aquella masacre y gracias a que se había desmayado cuando recibió un fuerte golpe en la cabeza.

Las bestias que atacaron la mansión de los Dewhorn dejaron pocas columnas en pie. Parte del techo se había venido abajo, por eso la lluvia había aplacado las llamas que los engendros dejaron para volverlo todo cenizas.

Alzó la vista al cielo nocturno copado de nubes, que tan solo dejaba ver pequeños rastros de una luna de sangre, mientras se esforzaba por obtener algo de oxígeno.

Sus piernas fueron rasgadas con lesiones tan profundas que se afectaron hasta los huesos y el brazo izquierdo casi se lo arrancaron de un mordisco segundos antes de haber sido golpeado en la cabeza.

Tenía un buen tajo desde la coronilla hasta la ceja derecha, por donde brotaba una gran cantidad de sangre.

Un charco crecía debajo de él, al tiempo que la conciencia se le apagaba, pero eso no lo angustiaba tanto como la frustración de no haber logrado proteger a los suyos frente a los seres infernales.

Dejó de pensar en sus desgracias porque las gruesas puertas de hierro y roble que fungían de entrada principal fueron abiertas con violencia por el efecto de una poderosa ráfaga de viento, despegando una de sus hojas de las bisagras.

Drake se asustó, pero sintió alivio al ver la figura de Gawain, su hermano mayor, irrumpiendo en el salón seguido por tres de sus hombres, quienes repasaban la dantesca escena con la furia tallada en el rostro.

Al detallarlo bien, Drake notó que la cara de su hermano estaba algo deforme y su cuerpo era más grande y musculoso. Esa apariencia lo confundió.

Gawain se había marchado al frente de batalla unos días antes y lo dejó a él en casa con la misión de cuidar a la familia.

Los ejércitos expansionistas del zar de Rusia diezmaban las propiedades de esa región buscando apoderarse de las tierras, que le darían a su país la salida al mar que tanto ansiaba.

Se rumoreaba que su poder era tan descomunal que parecía inhumano, por ese motivo exigían a los terratenientes personal diestro para ofrecer apoyo a los aliados.

Por algún motivo Gawain regresaba a casa, y para Drake, en el peor momento.

La vergüenza lo agobió casi tanto como el dolor de sus heridas. Le había fallado a su hermano, pero también, a toda su familia, y a su gente, quienes ahora yacían muertos a sus pies mientras él luchaba por su vida.

Cerró los ojos para dejarse llevar por la muerte, atormentado por el deshonor.

—¡Drake! —exclamó Gawain cuando descubrió que él aún vivía y corrió cayendo de rodillas en medio del charco que había formado su sangre—. Drake, hermano, ¿estás bien? —preguntó sin atreverse a tocarlo.

Drake abrió los ojos y vio las manos de Gawain a escasos centímetros de él, temblando de rabia.

—Best… Best… —trató de decir, pero ya no le quedaban fuerzas para expresarse.

—Sí, sé que fueron las bestias quienes hicieron esto —respondió Gawain acariciando con suma precaución la parte de la cabeza de su hermano que no estaba herida. Apartó los mechones de cabello oscuro que goteaban sangre y agua y tapaban su cara—. El zar las envió para derrotarnos y así invadirnos, pero un demonio se puso de nuestra parte y nos hizo como ellas, por eso las vencimos. Acabamos con todas —confesó con una sonrisa macabra.

Drake lo observó con asombro.

—¿Los ejércitos del zar… cuentan con bestias?

—Sí. Pactaron con el diablo para hacerse más fuertes y así ampliar sus dominios, pero nosotros los imitamos y ahora podemos defendernos.

Drake se angustió, más aún, al ver como los ojos de Gawain, tan grises como una tormenta e iguales a los suyos, se tintaban de un azul brillante y demoniaco, similar al de las bestias que habían atacado su hogar.

—Podemos ganarles a esas legiones de bestias, Drake, porque ahora somos como ellas —dijo Gawain sonriendo con malicia—. Bebimos de la sangre del demonio y pronto conformaremos una legión de guerreros en una ceremonia con sus hechiceros. ¿Quieres vengarte, hermano? ¿Quieres vivir para acabar con nuestros enemigos?

La muerte estaba a punto de dominarlo. Drake quería hablar, explicar por qué se oponía a esa absurda estrategia, pero las palabras se ahogaban en su garganta junto a la sangre que brotaba de sus heridas.

Solo alcanzó a estirar las facciones de su rostro mientras boqueaba por la falta de oxígeno.

¿A qué enemigo iban a vencer si todos los bandos quedarían como marionetas de los demonios? ¿Acaso no entendían que estaban siendo engañados y manipulados para aniquilarse entre sí?

El humano que se transformaba en bestia perdía para siempre la voluntad y la conciencia, se convertía en un esclavo eterno de los demonios.

Gawain lo observó muy serio, al tiempo que sacaba del interior de su uniforme de soldado una bolsita de tela. Dentro guardaba un frasco de vidrio con tapa de corcho, del tamaño de su palma, lleno de un líquido espeso del color del vino más oscuro.

—Tomaré tus quejas como un sí, hermano —respondió ansioso y abrió la botella para derramar su contenido dentro de la boca de Drake.

Él sintió deseos de impedirlo, pero no tenía fuerzas para negarse. Además, los tres hombres que acompañaban a su hermano lo rodearon mirándolo con unos ojos de un azul tan brillante y tan llenos de furia que parecían irreales, intimidándolo aún más.

Uno de ellos se agachó y le apretó a Drake la mandíbula levantando su cabeza cuando lo vio vomitar parte del líquido al no poder tragarlo. Lo obligaron a beberlo sin importarles si con eso lo ahogaban o no.

Drake no tuvo opción, pensó que finalmente moriría cuando cayó al suelo traspasado por un dolor más agudo que el que le producían sus lesiones y sus pérdidas, como si cada uno de sus huesos se partiera en dos y estiraran sus músculos hasta el extremo.

De forma involuntaria su cuerpo se agitó con violencia mientras sentía que un fuego mortal lo calcinaba por dentro.

Su destino estaba siendo marcado con una furia eterna que jamás sería saciada. Viviría entre rugidos de pena y odio, transformándose en aquello que le había arrancado el sentido a su existencia.

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