
La Venganza de Una Idiota
Capítulo 2
Santiago se arrodilló frente a mí, con la ropa hecha jirones y el rostro cubierto de suciedad.
"Isabela, por favor, perdóname".
Su voz era un susurro ronco, apenas audible.
Levantó la cabeza, y sus ojos, que una vez me miraron con desprecio, ahora estaban llenos de una desesperación que me resultaba extraña.
"He tenido sueños", dijo, "sueños terribles. Sueño contigo, con esa noche".
Ah, esa noche.
El recuerdo era tan claro como el día.
El aguardiente barato me quemaba la garganta, un fuego que se extendía por mi pecho. Los sirvientes se reían a mi alrededor, sus rostros borrosos y crueles.
"¡Beba más, señorita Isabela! ¡Es para celebrar!"
Me obligaron a beber hasta que el mundo empezó a girar. Mi mente, ya frágil y confundida, se rindió. Caí al suelo de piedra, y lo último que sentí fue el frío que me calaba los huesos.
Santiago, mi esposo, no estaba allí.
Estaba en la feria del pueblo.
Con Camila.
Estaban riendo, bailando, mientras yo moría sola en el suelo de mi propia casa. El dolor fue breve, un último espasmo, y luego, la oscuridad.
Hasta que desperté.
El murmullo de las conversaciones llenaba el gran salón. La luz de los candelabros se reflejaba en las copas de cristal. Mi padre, Don Alejandro, estaba de pie al frente, con una copa en la mano.
"Amigos, familia", su voz resonaba con orgullo, "hoy es un día de gran alegría".
Mi mente, antes una niebla confusa, ahora era aguda y clara. El dolor de cabeza había desaparecido. El velo que cubría mi entendimiento se había levantado.
Tenía diez años de recuerdos infantiles atrapados en el cuerpo de una mujer de veinte, pero ahora, recordaba todo. Recordaba la caída del caballo para salvar a mi padre. Recordaba el golpe en mi cabeza.
Y recordaba mi muerte.
Miré a mi lado. Santiago estaba allí, impecable con su traje, una sonrisa cortés en su rostro. Pero vi el ligero temblor de impaciencia en su mandíbula, el desdén apenas oculto en sus ojos cuando pensó que nadie miraba.
Al otro lado de la mesa, Camila, la hija del nuevo rico, me sonreía. Era una sonrisa llena de lástima fingida y triunfo secreto. Ella y Santiago intercambiaron una mirada rápida, una mirada que en mi vida anterior no habría entendido.
Ahora, la entendía perfectamente.
"Y por eso", continuó mi padre, "con el corazón lleno de gozo, anuncio el compromiso entre mi amada hija, Isabela, y el hombre que cuidará de ella, el erudito Don Santiago".
Los aplausos estallaron. Santiago se inclinó hacia mí, su aliento olía a vino caro.
"¿Estás feliz, Isabela?", susurró, con un tono que pretendía ser amable pero que sonaba a obligación.
En mi vida anterior, habría sonreído como una tonta, feliz de que mi héroe me hablara.
Pero esta no era mi vida anterior.
Me puse de pie.
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