
La Venganza de Una Idiota
Capítulo 3
El silencio cayó sobre el salón. Todas las miradas se clavaron en mí. Mi padre me miró, confundido. Santiago frunció el ceño, una sombra de irritación cruzando su rostro.
Respiré hondo, saboreando la sensación de tener el control por primera vez en mi vida adulta.
"Padre", dije, y mi voz sonó clara y firme, sin el balbuceo infantil que todos esperaban.
Don Alejandro parpadeó.
"Hija, ¿qué ocurre? Siéntate".
"Padre, aprecio tu amor y tu preocupación por mi futuro", continué, ignorando su petición. "Pero no puedo aceptar este matrimonio".
Un jadeo colectivo recorrió la sala. La sonrisa de Camila se congeló en su rostro. La cara de Santiago se ensombreció, pasando de la irritación a una furia helada.
"¿Qué estás diciendo, Isabela?", siseó Santiago en voz baja, para que solo yo lo oyera. "¿Has perdido el poco juicio que te quedaba?".
Lo ignoré y mantuve la mirada fija en mi padre. Sus ojos, antes confundidos, ahora mostraban una chispa de asombro y esperanza.
"Mi mente está clara, padre. Más clara que nunca".
Me volví hacia los invitados, hacia Santiago y Camila.
"De hecho, creo que hay una unión mucho más adecuada que celebrar esta noche".
Caminé lentamente alrededor de la mesa, mi vestido de seda susurrando contra el suelo de mármol. Me detuve detrás de Santiago y Camila.
"Todos sabemos del profundo afecto y la conexión intelectual que Don Santiago comparte con la señorita Camila", anuncié. "Sus almas parecen hechas la una para la otra".
La cara de Camila se puso pálida. Santiago se puso rígido, como si lo hubieran golpeado.
"Padre", dije, volviéndome de nuevo hacia Don Alejandro, "en lugar de forzar un matrimonio sin amor sobre mí, te ruego que bendigas la unión de estos dos amantes. Dales la felicidad que ambos anhelan".
Mi padre me miró fijamente durante un largo momento. Vi las lágrimas brotar en sus ojos. No eran lágrimas de decepción, sino de un alivio abrumador.
"Isabela...", susurró, su voz quebrada por la emoción. "¿Tú... estás bien?".
"Estoy perfectamente, padre".
Él asintió lentamente, una enorme sonrisa extendiéndose por su rostro. Levantó su copa de nuevo.
"¡Un brindis!", exclamó, su voz retumbando con una alegría genuina. "¡Por mi hija, Isabela, que ha recuperado su ingenio! ¡Y por la futura unión de Don Santiago y la señorita Camila!".
Los invitados, aunque desconcertados, aplaudieron, siguiendo el ejemplo del hombre más poderoso de la región.
Santiago me miró, su rostro una máscara de incredulidad y furia. Camila no sabía dónde meterse, su triunfo se había convertido en una humillación pública.
Les había dado exactamente lo que querían.
Pero se lo había dado de una manera que nunca olvidarían.
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