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Portada de la novela La Venganza De La Esposa

La Venganza De La Esposa

Tras despertar en medio del alcohol y la traición de su esposo Ricardo, un mariachi infiel, la protagonista comprende que ha regresado al pasado. En su vida previa, un incendio impulsado por su furia contra la amante, Esmeralda, terminó con la vida de sus padres y de su hija Luna. Ahora, sin cicatrices y con una oportunidad de redención, decide ejecutar una venganza gélida y astuta para arrebatarle su música y orgullo, salvando así a su familia.
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Capítulo 3

Mi cuerpo temblaba, pero no de rabia, sino del residuo del trauma, un fantasma de las llamas que todavía sentía en mi piel. Me obligué a calmarme, a respirar lenta y profundamente. Cada inhalación era una confirmación: estaba viva. Mi hija estaba viva. Mis padres estaban vivos. Eso era todo lo que importaba.

Me levanté de la cama en silencio, mis pies descalzos no hacían ruido en el suelo de cemento pulido. Fui a la cuna y miré a mi hija, Luna. Su pecho subía y bajaba con una regularidad pacífica. Su carita era un capullo de inocencia. Un amor feroz, casi violento, me inundó el pecho. Por ella, sería capaz de cualquier cosa.

Los ruidos en la sala finalmente cesaron. Escuché el sonido de la puerta principal cerrándose suavemente, y luego los pasos de Ricardo caminando de regreso hacia nuestra habitación.

Me metí en la cama rápidamente y cerré los ojos, fingiendo estar dormida. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas.

La puerta se abrió con un chirrido.

"Sofía, ¿estás despierta?"

Su voz, la misma voz que me cantaba serenatas bajo la luna, ahora sonaba pastosa y culpable. No respondí.

"Oye, Sofi," insistió, acercándose. "Necesito un favor. Las cosas están un poco apretadas. Con lo del bautizo de la niña y todo, necesito algo de lana. Los muchachos y yo tenemos una tocada importante fuera de la ciudad, una oportunidad de oro, ¿entiendes? Pero necesito para el camión y para vernos presentables."

Abrí los ojos lentamente, como si acabara de despertar. Lo miré. Su cabello estaba revuelto, y tenía una marca roja en el cuello que trató de ocultar torpemente con el cuello de su camisa de mariachi. La bilis me subió por la garganta.

En mi vida anterior, le habría dado hasta el último centavo sin hacer preguntas. Creía en su sueño. Creía en él.

"¿Cuánto necesitas?", pregunté, mi voz plana, sin emoción.

"Pues... con unos cinco mil pesos la armamos. Es una inversión, mi amor. Te juro que en cuanto nos paguen, te lo devuelvo al doble."

Cinco mil pesos. Eran todos mis ahorros. El dinero que había juntado vendiendo flores en el mercado de Jamaica, pétalo a pétalo, desde antes del amanecer. El dinero que guardaba para cualquier emergencia de Luna.

En mi otra vida, se los di. Y él los usó para llevar a Esmeralda a un fin de semana en Acapulco. Lo supe después, cuando ya era demasiado tarde.

"Están en la lata de galletas, en la alacena," dije, sin mirarlo a los ojos.

Vi un destello de alivio en su cara. Ni siquiera se preguntó por qué no protestaba, por qué no le preguntaba para qué era realmente. Su egoísmo era un abismo sin fondo.

"¡Gracias, mi vida! ¡Sabía que podía contar contigo! Eres la mejor," dijo, dándome un beso rápido en la frente. Su aliento apestaba a tequila y al perfume barato de Esmeralda. Me contuve para no vomitar.

Se fue a la cocina, escuché el ruido de la lata abriéndose, y luego el sonido de sus botas saliendo de la casa.

Me quedé mirando el techo, las grietas parecían un mapa de mi vida rota. En mi vida pasada, mi sumisión, mi amor ciego, había sido mi sentencia de muerte. Le di todo, mi amor, mi cuerpo, mi dinero, y él lo quemó todo.

Esta vez, mi sumisión era un arma.

Le di el dinero, sí. Pero no era un regalo. Era la soga con la que él mismo se iba a ahorcar.

Me levanté de la cama, esta vez con una determinación de acero. Fui a la cocina y vi la lata de galletas vacía sobre la mesa. A su lado, un vaso sucio con una mancha de labial rojo. El de Esmeralda. Lo había traído hasta mi cocina. La desfachatez. La humillación.

Cogí el vaso y lo apreté con tanta fuerza que sentí que mis huesos iban a romperse. Pero no lo rompí. Lo lavé con cuidado, borrando toda evidencia de su presencia.

No iba a dejar que la ira me cegara. La ira era ruidosa y estúpida. El odio, en cambio, era paciente. Y mi odio apenas comenzaba a florecer.

Salí de la cocina, cargué a Luna con cuidado de no despertarla, y empaqué una pequeña maleta con nuestras cosas. Un par de cambios de ropa, los pañales, el poco dinero que me quedaba escondido en un viejo zapato.

No podía quedarme aquí. Este lugar ya no era un hogar, era una tumba esperando a ser cerrada. Tenía que proteger a mi hija y a mis padres.

Mi venganza necesitaba distancia. Necesitaba un plan.

Y necesitaba ayuda.

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